De mi biblioteca: “Empire of the Summer Moon”

De mi biblioteca: “Empire of the Summer Moon”

Empire of the Summer Moon spans two astonishing stories. The first traces the rise and fall of the Comanches, the most powerful Indian tribe in American history. The second entails one of the most remarkable narratives ever to come out of the Old West: the epic saga of the pioneer woman Cynthia Ann Parker, who was kidnapped by Comanches as a nine-year old girl, and her mixed-blood son Quanah, who became the last and greatest chief of the Comanches.

Although readers may be more familiar with the apache and the Sioux, it was in fact the legendary fighting ability of the Comanches that determined when the American West opened up. Comanche boys became adept bareback riders by age six; full Comanche braves were considered the best horsemen who ever rode. They were so masterful at war that they stopped the northern drive of colonial Spain from Mexico and halted the French expansion westward from Louisiana. White settlers arriving in Texas from the eastern United States were surprised to find the frontier being rolled backward by Comanches incensed by the invasion of their tribal lands.

The war with the Comanches lasted four decades, in effect holding up the development of the new America nation. Gwynne’s exhilarating account delivers a sweeping narrative that encompasses Spanish colonialism, the Civil War, the destruction of the buffalo herds, the arrival of the railroads, and the amazing story of Cynthia Ann Parker and her son Quanah-a historical feast for anyone interested in how the United States came into being. Hailed by critics, Empire of the Summer Moon announces S.C. Gwynne a major new writer of American history. (Back cover)

Empire of the Summer Moon
S. C. Gwynne
Scribner, New York, 2010
374 pages

De mi biblioteca: “La ciudad letrada”

De mi biblioteca: “La ciudad letrada”

“Ángel Rama acuñó un término hoy indispensable en la historia cultural: ciudad letrada, cuyo destino es muy curioso o quizás, muy previsible. En el ámbito de intelectuales y escritores, la ciudad letrada es ya un sinónimo de la vida literaria en las urbes, el espacio relativamente independiente en donde los escritores se han reunido, han disentido, se han peleado, han creado revistas, se han enfrentado a los gobiernos, han pactado con tiranos y caudillos, han buscado el mecenazgo, se han sobrevalorado y minusvalorado. Hoy la ciudad letrada es la expresión que rige el examen del desarrollo histórico de la organización involuntaria o voluntaria de un sector comparativamente privilegiado, en relación cercana o antagónica con el poder.

La intención (clarísima) de Rama es muy otra: examinar el comportamiento orgánico de grupos o personalidades destacadas que durante siglos, y en buena medida aún ahora, han ejercido el poder con resultados con frecuencia ominosos. Rama no se propuso una historia de los sectores literarios y académicos, sino el análisis de un contingente más amplio, el de los encargados de ejercer (interpretar) la palabra en un medio señalado por su rechazo y su temor de la letra escrita y su desconocimiento de las fórmulas jurídicas. Rama inicia su recorrido en siglo XVI porque allí, sin subterfugios, se advierten los procedimientos de una minoría, ocultados o disminuidos por la sujeción a la palabra escrita.

¿Por qué se produce este “cambio de sentido” que modifica o, si se quiere, sigue vías distintas a las trazadas por Rama? Por un lado, Rama, un ensayista libre, no instaura un canon interpretativo, ni su libro es un tratado; por otro, el término ciudad letrada atrae sin remedios, y al circular profusamente va adquiriendo múltiples significaciones. En todo caso, lo más sobresaliente del trabajo de Rama es la originalidad de su acercamiento a un proceso ignorado y menospreciado.   Del prólogo de Carlos Monsiváis”. (Contratapa)

La ciudad letrada
Ángel Rama
Prólogo de Carlos Monsiváis
Tajamar Editores Ltda., Santiago de Chile, 2004.
200 páginas.

La Revolución Rusa – Richard Pipes

La Revolución Rusa – Richard Pipes

En las investigaciones que realizo sobre los movimientos de vanguardia, encontré dos eventos que estuvieron ligados de una u otra manera a los “ismos” de la segunda década del siglo pasado: la Revolución Mexicana y la Revolución Rusa. Sobre esta última despertaron mi interés la lectura de libros de Boris Groys en los que trata el tema de la vanguardia rusa en tiempos de la revolución y, debido a que este año se conmemora el centenario de ese evento, encontré el libro La Revolución Rusa de Richard Pipes, considerado uno de los mejores trabajos sobre ese importante evento.

En la contratapa del libro se lee: “Para conmemorar el centenario de la Revolución rusa, Debate publica por primera vez en español la obra fundamental sobre ese acontecimiento, que marcó decisivamente el siglo xx.

Richard Pipes, historiador de máximo prestigio, especializado en la Rusia contemporánea, publicó en 1992 este volumen que aún no ha sido superado. Monumental y apasionante por la narración de un movimiento cuyo fin era «volver el mundo al revés», tal y como lo pretendía Trotski, el libro de Pipes presenta una revolución intelectual más que de clase, marcada desde el comienzo por el terror y con elementos propios de un golpe de Estado. Una obra imprescindible.”

En la Introducción, el autor señala un aspecto importante sobre la Revolución Rusa, que es necesario considerar para un mejor entendimiento: “Estas consecuencias de largo alcance de la revolución rusa no eran evidentes en 1917-1918, en parte porque Occidente consideraba que Rusia se encontraba en la periferia del mundo civilizado y, en parte, porque la revolución en dicho país se produjo en medio de una guerra mundial de una destructividad sin precedentes. En 1917-1918, casi todos los rusos creían que lo que había ocurrido en Rusia era algo de importancia exclusivamente local, irrelevante para ellos y, en todo caso, destinado a aquietarse una vez que se hubiera restablecido la paz. Pero sucedió lo contrario. Las repercusiones de la Revolución rusa se sentirían en todos los rincones del planeta durante el resto del siglo.”

El libro está dividido en dos partes: La agonía del antiguo régimen y Los bolcheviques conquistan Rusia. Como historiador, el autor presenta los diferentes acontecimientos que fueron dando forma a lo que se convertiría en la Revolución rusa. Pipes escribió: “[…] Lo que puede decirse con certeza es que no comenzó con el derrumbe del zarismo en febrero-marzo de 1917 ni concluyó con la victoria bolchevique en la guerra civil tres años después. El movimiento revolucionario se había convertido en un elemento intrínseco de la historia rusa ya en la década de 1860. […]” Eso da una idea de todos los acontecimientos que presenta y explica el autor de una manera clara y permite apreciar la gestación de esa revolución como resultado de la gestación de muchos hechos sociales y políticos que fueron debilitando el zarismo y propagando las protestas del pueblo ruso en sus diferentes esferas, así como la aparición de personajes y grupos que tuvieron a su cargo esa revolución que, como señala el autor, contó con “[…] el abrumador rechazo por parte de todas las clases sociales, incluidos los trabajadores, de la dominación bolchevique seis meses después de ser instaurada; […]

El libro incluye un glosario de palabras rusas referentes a personas, grupos sociales y políticos; también contiene una amplia cronología de los eventos ocurridos en el período de 1899 hasta 1919; además, el lector encontrará una sección titulada Cien obras sobre la Revolución rusa, en la que el autor brinda información que es de mucha ayuda para los interesados en el tema.

La lectura de este extenso libro resulta muy interesante y capta la atención del lector en cada una de sus páginas. Es un libro que les recomiendo.

LA REVOLUCIÓN RUSA, Richard Pipes, Debate, Barcelona, 2016.

Sobre el autor: Richars Pipes nació en la ciudad polaca de Cieszyn e el mes de julio de 1923. Es considerado uno de los mejores historiadores de la Revolución Rusa. También perteneció al Consejo de Seguridad Nacional sobre Asuntos Soviéticos durante el gobierno del presidente Ronald Reagan, en 1981 y es profesor emérito en la Universidad de Harvard. Dentro de su amplia producción de libros de historia, destaca Russian Revolution 1899-1919 publicada en 1990.

En una entrevista publicada en la edición digital del 27 de enero del 2017 en el Diario El País, por el centenario de la Revolución Rusa, declaró que: “[…] fue uno de los sucesos más trágicos del siglo XX. No hubo absolutamente nada positivo ni grandioso en aquel acontecimiento. Entre otras cosas, arrastró a la humanidad a la II Guerra Mundial. Los sóviets establecieron un régimen de terror sin precedentes. […]”.

Algunas obras del autor:

  • Russian Revolution 1899-1919 (1990).
  • Russia Under the Bolshevik Regime 1919-1924 (1993).
  • Russia Under the Old Regime (1974).
  • A Concise History of the Russian Revolution (1995).
  • Three “ways” of the Russian Revolution (1996).
  • The formation of the Soviet Union (1954).
  • Communism: A History (1994).
  • Alexander Yakovlev: The Man Whose Ideas Delivered Russia from Communism (2015).

 

Carlos E. Tupiño
Marzo, 2017

De mi biblioteca: “Apuntes en voz alta”

De mi biblioteca: “Apuntes en voz alta”

“Apuntes en voz alta es un conjunto de ensayos escritos por Yolanda Westphalen, la mayoría de los cuales fueron leídos en coloquios y presentaciones de libros. El título reivindica esa fuente de oralidad, así como el carácter de borrador permanente de la lectura crítica, pero sobre todo, muestra que se trata de una voz que enuncia con firmeza su discurso, consciente de que se trata de un punto de vista emitido desde un lugar de enunciación específico. El Ulises de Joyce es un espléndido ensayo elaborado por la autora a partir de una relectura de la novela con intención de suprimir los considerandos previos a otras lecturas y plasmar su propia mirada. Lo presenta con tres títulos: El Ulises o la vida en borrador / El Ulises o la épica del hombre promedio / La modernidad del texto fragmentario en el Ulises de James Joyce /, señalando que ‘un solo título no basta para sintetizar las múltiples aristas del texto’. En Memorias de Adriano de Margarite Yourcenar estudia cómo esta escritora, que figura entre las más importantes del siglo XX, logra descentrar los parámetros de la novela histórica y de la novela realista, haciendo que el gran fresco social y la reconstrucción épica de los acontecimientos sean reemplazados por la fusión de la vida pública y privada, mediante el diálogo con la historia en una relación intertextual. Y así como estos ensayos, los textos siguientes –con predilección por el tema de la mujer–, tienen objetivos de análisis distintos y recursos teóricos que por su amplitud logran responder a los retos planteados por cada obra, donde se interrelacionan varias disciplinas y se apela a os actuales problemas de teoría textual. Sin duda alguna, el más valioso aporte de la autora en este libro es la lectura histórica del universo estudiado al mismo tiempo que centra su atención en la especialidad literaria, concepto o mirada que no es muy frecuente encontrar en el Perú de los últimos años.” (Contratapa)

Apuntes en voz alta
Yolanda Westphalen
Universidad Nacional Mayor de San Marcos, Facultad de Letras y Ciencias Humanas / Asociación Civil Universidad de Ciencias y Humanidades, Fondo Editorial, Lima, 2014.
264 páginas.

Eine Bretzel bitte

Eine Bretzel bitte

Me gusta disfrutar el sabor de un buen pan. Cuando viajo, veo una oportunidad de probar los panes en las ciudades que visito. El viaje a Alemania no fue la excepción.

Desde el primer paseo en las ciudades alemanas, que se inició en Hamburgo, llamó mi atención la gran variedad de panes que se pueden encontrar y saborear en los diferentes establecimientos: panes con almendras, con semilla de girasol, con nueces, de cebada, es decir, una exquisita variedad, como preparados pensando en satisfacer no sólo los paladares más exigentes sino, también, los más diversos; sin embargo, dentro de toda esa espectacular variedad, uno de los que me fascinó fue el Bretzel. Empecé a saborearlo desde el primer paseo. Recuerdo que el precio era de €0.50 y los podía encontrar en los establecimientos que hay en el metro, en los centros comerciales, en el puerto, en las estaciones de los buses, y en cada café que uno pueda encontrar en las ciudades, donde aparte de saborear los deliciosos panes, se puede disfrutar de un excelente café.

En cada ciudad, las panaderías eran una visita obligada y siempre las encontraba en mi camino, tal como sucedió en Heidelberg, Bergedorf, Ahrensburg, Trier, Berlin, Lübeck. En todas esas ciudades tenían el mismo sabor… tan especial. Era como si todos esos Bretzel hubieran sido hechos con una misma receta y por un mismo panadero.

Una tarde de invierno del mes de enero, que podía confundirse fácilmente con la noche –a las cuatro de la tarde estaba oscuro–, estábamos en Ahrensburg, ubicada al noreste de Hamburgo, y decidimos ir a tomar un café al Caligo-Coffee –acogedora y elegante cafetería, con fama de preparar un delicioso café– ubicado en la calle Rondeel, una vía peatonal en la que se encuentran diferentes establecimientos comerciales en el centro mismo de esa pequeña, hermosa y acogedora ciudad. Dentro del local se podía leer: KAFFEE SPEZIALITÄTEN ZUM GENIESSEN. Lo primero que pedí no fue precisamente el café sino un jugo de ciruelas con banana; no recuerdo el nombre en alemán pero no olvido esa extraña y deliciosa mezcla de sabores. Luego de disfrutar ese jugo, pedí el café –la especialidad de la casa–. Como ya había aprendido la lección en otros cafés visitados anteriormente, solo me limité a pedir un kaffee. Si se pide un café americano o simplemente un americano, la persona que toma el pedido preguntará: “¿qué es eso?”, y luego que uno le da la explicación nos responderán que eso se llama Kaffee –simplemente café con agua. Mientras esperaba el café y miraba por la ventana la escena de los paseantes con gruesas y coloridas ropas, alumbrados por las luces amarillas provenientes de los faroles ubicados a lo largo de la zona peatonal, llenando ese ambiente invernal con una agradable calidez; de pronto, vi una panadería, exactamente frente al lugar en que nos encontrábamos; en el letrero encendido se leía: Junge Die Bäckerei. Les pedí a mi esposa y a mi cuñada que me enseñaran la frase en alemán para pedir el Bretzel. Inmediatamente la repetí: Hallo, eine Bretzel bitte. Acto seguido, me dirigí a la panadería, listo para pronunciar esa frase y obtener el delicioso pan para acompañar el café que estaba esperando. Entré en la panadería y empecé a mirar las diferentes canastas conteniendo toda esa variedad de panes; hasta que mis ojos vieron la ansiada canasta con el pequeño cartel que decía Bretzel… pero,… estaba vacía… era la única canasta vacía. Cuando la señorita que atiende me saludó, simplemente pregunté: ¿Bretzel? Ella respondió: nein, moviendo la cabeza como queriendo no dejar dudas acerca de su respuesta. Simplemente, di media vuelta y regresé por el café que ya había sido servido.

“Luego” de ese suceso, en la penúltima noche de nuestro viaje, nos habíamos quedado a dormir en la casa de mi cuñada y, en la mañana me di el gusto de ir a comprar –yo solo– el pan para el desayuno con la familia. Mientras caminaba hacia la panadería, en medio de la lluvia y el viento helado que daban un aspecto especial a esa mañana que forma parte de mis gratos recuerdos, pensaba en cómo pediría la variedad de panes que deseaba comprar para el desayuno. Luego de caminar unas cuadras llegué a la panadería. En medio de la calefacción del local y el calor emanado por los hornos elegí diversos panes entre toda esa variedad que ofrecían al público. Simplemente los señalaba con la mano, indicando con los dedos cuantos quería comprar. Cuando tuve que cancelar los panes, le señalaba a la cajera los tipos de pan y cuántos había comprado, luego me dijo la cantidad total; se dio cuenta que no entendí y con toda amabilidad escribió la cantidad de Euros en un papel. Al salir con mi compra, vi en un costado del mostrador una canasta repleta de Bretzels –estaba casi escondida por otras canastas de pan– y pensé: “ahora o nunca”. Volví a entrar, me dirigí a la señorita del mostrador y le dije: eine Bretzel bitte, ella me lo entregó y me dijo con mucha cordialidad: vielen dank; sonriendo le contesté: tchüss, mientras abandonaba la tienda, no sólo con el Bretzel, sino también con el pan para el desayuno, previo a nuestro regreso de tierras alemanas.

 

Carlos E. Tupiño
Febrero, 2017

De mi biblioteca: “Arte en flujo”

De mi biblioteca: “Arte en flujo”

“A comienzos del siglo XX, el arte y sus instituciones fueron sometidos a la crítica de un nuevo espíritu democrático e igualitario. El suprematismo de Malévich, el futurismo de Marinetti y el trabajo de los artistas de la Bauhaus desacreditaron tanto la noción de la obra de arte como objeto sagrado, como la función preservativa de los museos y las promesas de eternidad materialista que estos auguraban. En términos de Boris Groys, esto sentó las bases para el desarrollo de un ‘realismo directo’: un arte sin producto, que no produce objetos sino prácticas destinadas a no sobrevivir, como las performances, las instalaciones y el arte relacional. Con ello, se cumple uno de los objetivos más radicales de las vanguardias: el arte abandona su distinción y sus privilegios, y se entrega a la corriente del tiempo, a la disolución que pesa sobre el flujo de todas las fuerzas materiales.

En continuidad con las líneas de reflexión abiertas en Volverse público, Groys examina en estos ensayos con sutileza la intensificación de estos procesos en el contexto de la migración masiva de las prácticas y las instituciones culturales a Internet, donde el impulso inicial de las vanguardias históricas pareciera encontrar su culminación. En el ámbito de la Web, podría decirse que no hay arte sino información sobre arte, que opera en el mismo espacio que la estrategia militar, el negocio turístico y los flujos de capital, como una más entre todas las cosas de este mundo, como una entre tantas señales evanescentes de un presente transitorio.” (Contratapa)

Arte en flujo
Ensayos sobre la evanescencia del presente
Boris Groys
Caja Negra Editora, Buenos aires, 2016
224 páginas

Dos ciudades y un café que hace la diferencia

Dos ciudades y un café que hace la diferencia

En el libro La eternidad de un día, que incluye una extraordinaria muestra del periodismo alemán entre 1823-1934, figura El ritmo de Nueva York de Stefan Zweig. En esas líneas escritas en 1911, el escritor vienés describe una serie de situaciones y detalles que muestran a esa ciudad como el lugar en el que el descanso parece haber sido absorbido por todo lo que ofrece al visitante.

En medio del movimiento de esa heterogénea masa humana, en el que se escuchan diferentes idiomas, se aprecian diferentes vestimentas y se ven personas que provienen de todas partes del planeta, como si fuera una muestra de las naciones del mundo en ese lugar, Zweig recuerda París –ciudad de la que había arribado– y hace una comparación entre ambas metrópolis, entre lo que el visitante puede encontrar en ellas. Aquí un fragmento del texto:

“[…] Trate usted de quedarse quieto un instante en Broadway y contemplar lo que le rodea, aunque sólo sea hacer una fotografía: enseguida lo apartan hacia un lado, lo empujan, lo arrastran y ya está de nuevo integrado en el flujo de la masa. No hay espacio para el sosiego: la ciudad no tiene intención de conceder una pausa. Esto llama aún más la atención si se acaba de llegar de París. En febrero, en pleno invierno, uno se topa allí por todas partes con las mesas redondas, las sillas y los bancos que los cafés han sacado a la calle; cada esquina es una invitación a sentarse, a hacer una pausa, a contemplar. Y uno no se arrepiente si cae en la tentación de tomar asiento, porque ante él se proyecta, cual película sin final, el espectáculo cinematográfico de la calle. […]” (*)

Lo que escribió Zweig en 1911 sigue siendo actual; la vorágine en la Gran Manzana y la quietud en la Ciudad Luz, estrechamente ligada a los cafés que son parte importante de la cultura y sociedad europea, son aspectos que diferencian a Nueva York de París. En las novelas, relatos y crónicas de los escritores centroeuropeos, como Stefan Zweig, Joseph Roth, Arthur Schnitzler, Alfred Polgar y otros, los cafés están presentes en esas páginas.

La lectura del artículo de Zweig, me hizo recordar una crónica que escribí en un café de París, una tarde cualquiera de un mes de enero, en el que se podía sentir el viento frío del invierno mientras tomaba un esperesso. A continuación, el texto que titulé:

Un café en París.

Era mi última tarde en París, y estaba haciendo algo que había deseado desde que llegué a la Ciudad Luz… tomar una taza de café en un típico café parisino con mesitas en la vereda. Allí me encontraba, en un café ubicado en la Quai St. Michel, nada menos que frente a la catedral de Notre Dame; también tenía frente a mí los edificios de la Conciergerie –en la que eran recluidos los condenados a la guillotina- y del Palais de Justice. Además pensaba en la cultura, el arte y  la bohemia que forman parte de la atmósfera de esa ciudad que ha albergado a muchos filósofos, intelectuales, escritores y pintores, y que ha servido de marco para muchas novelas, cuentos y pinturas.

Una joven camarera me trajo un espresso, el cual minutos antes le había pedido. Era un café cargado, muy aromático y, por supuesto, caliente para esa fría tarde de invierno que había sido precedida por una mañana muy soleada. Fue uno de los cafés más deliciosos que tomé ese mes que estuve en Europa.

Desde mi ubicación podía ver también un grupo de los tradicionales vendedores de libros usados, entre los que se pueden encontrar verdaderas joyas de la literatura; estos vendedores también forman parte del ambiente parisino que ha servido de inspiración a muchos artistas, el mismo que se puede disfrutar si uno está dispuesto a percibirlo, si uno está en la misma frecuencia. Mientras saboreaba los primeros sorbos de aquel delicioso café, la atmósfera del lugar me invitaba no sólo a observar todo aquello que me rodeaba, sino también a poder gozar de una buena lectura y, por qué no, de poder inspirarme para crear algún relato, de sentirme cual escritor en un café parisino.

Era el lugar y el momento propicio para recordar todos los escenarios que había conocido hasta ese momento y, uno de los que vino principalmente a mi memoria fue el paseo en el Bateau Parisien. Evoqué el recorrido por el río Sena, en el que se podían apreciar desde la cubierta de la embarcación diferentes lugares de interés de la Ciudad Luz, y mientras eso sucedía se dejaba escuchar La vie en rose cantada por la inolvidable Edith Piaff. ¡Realmente el arte y la historia están en cada lugar de París! Aún en los puentes que cruzan el Sena, como el Pont-Neuf por el que transitaron la señorita Pross y el señor Cruncher, personajes de la novela Historia de dos ciudades del gran Dickens. Luego, casi al terminar el recorrido se podían escuchar las notas del Can Can en honor al pintor Toulusse Lautrec, mientras explicaban aspectos de su vida y la historia de las modelos que posaron para los afiches que él pintó.

Continuaba saboreando ese delicioso espresso y pensaba en la visita al barrio latino –famoso por los sucesos de Mayo del 68-, el cual es mencionado muchas veces en las obras de Bryce Echenique; también pensaba en los ultra pequeños departamentos para estudiantes, uno de los cuales podía ver desde mi habitación en el hotel ubicado en la rue de Strassbourg; en los hoteles antiguos y clásicos; y en la Maison de Victor Hugo, la cual resulta un verdadero deleite para el amante de la literatura y la historia, donde se pueden apreciar, entre otras cosas de interés: los afiches que se hicieron para las primeras versiones de la película Les Misérables, siendo el más elaborado el de la versión que protagonizó Jean Gabin.

También pasaba por mi mente el paseo a la Tour Eiffel y las notas de El cóndor pasa que se escuchaban en ese lugar y me hacían recordar a Bryce cuando escribió: “En fin, que acababa de estallar el boom de la literatura latinoamericana, en París y donde se le pusiera, y acaba también de alzar su vuelo mundial El cóndor pasa.” Definitivamente, esa canción se ha convertido en parte del lugar y es para todos los turistas.

Igualmente desfilaban por mi memoria la extensa avenue des Champs Élisées; que une a la Place de la Concorde –en la que se levanta el Obélisque de Louxor, un legado de la tierra de los faraones con la Place de Charles de Gaulle en la que se encuentra el Arc de Triomphe; además, el Musée du Louvre que sirvió de residencia a los reyes durante los siglos XVI y XVII; y tantos otros lugares y monumentos que han hecho famosa a la ciudad que influyó al mundo con las corrientes del pensamiento humanista y las innovaciones en la novela.

Estando en ese momento de tranquilidad en medio de la ciudad y con la segunda tasa de espresso en mi mano, no pudo faltar en mi memoria un texto que escribió Julio Ramón Ribeyro en sus Prosas apátridas: “Hay tardes de primavera en París, como esta de hoy, soleada, dorada, que no se viven, sino que se desgajan y manducan como una mandarina. Y para ello nada mejor que una taza de café, una bebida tonificante, una vacancia de la atención, un dejar que nuestra mirada en reposo reciba las imágenes del mundo, sin preocuparse de encontrar en ellas orden ni sentido ni prioridad. Ser solamente el cristal a través del cual nos penetra intacta la vida.”

Fue la oportunidad para recordar todo lo conocido, para sentir el espíritu bohemio y artístico que flota en el ambiente parisino; simplemente percibir lo que nos rodea, o como dice Ribeyro: “Ser solamente el cristal a través del cual nos penetra intacta la vida” mientras se disfruta de un delicioso café.

 

Carlos E. Tupiño
Enero, 2017

 

(*) Stefan Zweig. «El ritmo de Nueva York». En La eternidad de un día. Clásicos del periodismo alemán (1823-1934).Barcelona Acantilado, Barcelona, 2016, p.170

Nota: Un café en París, lo publiqué originalmente el 27 de marzo del 2014. El texto incluido en este post ha sido revisado y corregido.