Los judíos vieneses en la Belle Époque – Jacques Le Rider

Los judíos vieneses en la Belle Époque – Jacques Le Rider

Jacques Le Rider recibe al lector con estas palabras: «Si Viena, en la época de Sigmund Freud y de Arthur Schnitzler, se convierte en una capital de la modernidad se debe en parte a que es una metrópoli de la Europa Central danubiana y a que los cambios demográficos del último cuarto del siglo XIX la han transformado en una “Jerusalén del exilio”».

Los judíos vienes en la Belle Époque da cuenta del acucioso análisis realizado por Le Rider en el que se muestra el papel de los judíos no solo en la intelectualidad vienesa sino en todos los campos de la sociedad. Su influencia se aprecia en la medicina, las finanzas y la banca, el comercio, la música, teatro, periodismo y literatura.

El autor inicia su recorrido con el Edicto de tolerancia de 1781 en el imperio de los Habsburgo, con la finalidad de mostrar la lucha contra el rechazo y marginación que experimentaron los judíos. Esa situación permitió que las familias judías se fueran asimilando, con el transcurrir de los años, a la cultura alemana que imperaba en esa época. Le Rider también muestra datos sobre el incremento de la población judía en Viena desde mediados del siglo XIX hasta las primeras décadas del siglo XX.

Ese incremento explica las medidas que aparecieron para tratar de frenar la inmigración judía, especialmente de la zona Este. El autor escribe: «Hasta 1880, las regiones que aportan inmigración judía a Viena son básicamente Bohemia y Moravia por un lado y Hungría por otro. A partir de 1880, los judíos del Este, en particular los de Galitzia, son mayoritarios en los flujos migratorios que se dirigen hacia Viena, […] En 1914, los judíos originarios de Galitzia representan una cuarta parte de la población judío vienesa; […].» Le Rider muestra lo diferentes que son los judíos del Este en comparación a los ya vivían en Viena, asimilados a la cultura.

Esa masiva afluencia de judíos del Este será uno de los factores del antisemitismo aún entre los judíos, tema que también ocupa la atención del autor, quien cita las palabras del escritor Jakob Wassermann: «[…] Estaba acostumbrado, con los judíos alemanes, a modales más burguesamente refinados y socialmente más discretos. Aquí siempre me sentía un poco avergonzado. Me avergonzaba su comportamiento, me avergonzaba su actitud. [….]». El caso de Wassermann, en cuya producción literaria la situación de los judíos está presente, es un claro ejemplo de la lucha interna que tuvieron muchos judíos. Los judíos establecidos en Viena no veían con agrado a aquellos que llegaban con costumbres (vestimenta, idioma, tradiciones) que posiblemente ya habían olvidado en su nueva ciudad, o que les recordaban el pasado del que habían escapado. Era para ellos algo que rechazaban. Este conflicto se halla presente a lo largo de toda la investigación y análisis realizado por Le Rider.

Los judío vienes en la Belle Époque está dividido en dos partes. La primera, titulada «Las posiciones políticas y los discursos sociales», contiene capítulos dedicados al liberalismo austríaco, a cómo Viena se convirtió en la ciudad de los judíos que emigraron del Este, al antisemitismo como parte de la cultura reinante en esos años; también dedica un capítulo a la trayectoria del rabino Joseph Samuel Bloch que estuvo comprometido en la lucha contra el antisemitismo. En esos capítulos está presente el análisis de los conflictos originados por el encuentro de las posiciones entre los judíos: los asimilados y los sionistas Fue un encuentro de dos mundos.

La segunda parte ofrece ensayos sobre la vida y obra de nueve personajes importantes en la Viena de esos años. En cada uno de ellos, Le Rider se encarga de presentar la ciudad de nacimiento, padres, estudios, así como la posición que tuvieron con relación a la asimilación de los judíos a la cultura o su opción por el sionismo, los partidos políticos como el nacionalsocialismo uno de los propulsores del antisemitismo reinante, sus relaciones con otros intelectuales de la época, el grupo de la Joven Viena con sus reuniones en el café Griensteidl y aquello que los hizo destacar y convertirse en los personajes que fueron.

En el ensayo dedicado a Sigmund Freud, el autor cita las declaraciones del psicoanalista en una entrevista que le hicieron en 1928: «Mi lengua es la alemana. Mi cultura, mis vínculos son alemanes. Me consideraba intelectualmente alemán hasta que me di cuenta del aumento creciente de los prejuicios antisemitas en la Alemania y en la Austria alemana. Desde entonces ya no me considero alemán. Prefiero denominarme judío.» Le Rider analiza la posición antisionista del fundador del psicoanálisis, en los años previos y posteriores a 1900 y su relación con el filósofo Theodor Gomperz, también contrario al sionismo, señalando a ambos como ejemplo de la asimilación judía a la cultura. En esas líneas también se ocupa de algunas de las obras de los mencionados, como El libro de los sueños y Pensadores griegos, así como de algunos personajes ligados a Freud.

El escritor vienés Arthur Schnitzler es otro de los escogidos por Le Rider. Este texto muestra un análisis meticuloso sobre la vida y obra del médico que dejó la profesión para convertirse en escritor y dramaturgo. Muestra la situación de Schnitzler en medio de un antisemitismo que lo afecta; cita palabras que dan cuenta de su sentir: «No nos cuentan entre ellos. De todos modos, prefiero que no lo hagan. Consideran que no soy un austríaco como ellos. Ante todo, yo soy yo, y con eso me basta, y que haya venido al mundo en Austria, nadie puede discutírmelo. […]»

La obra de Schnitzler ocupa un lugar principal en este ensayo; Le Rider examina principalmente dos obras del autor vienés: la novela En busca de horizontes y la obra de teatro El profesor Bernhardi, que señala como una de las grandes obras en las que trata la «cuestión judía». También está presente el estilo crítico de Schnitzler hacia obras de otros autores y su amistad con Theodor Herzl. Es un recorrido intenso en la vida, obra de uno de los grandes autores judíos de Viena.

Tres autores son analizados en el capítulo «La joven Viena literaria y la identidad judía». El primero es Hugo von Hofmannsthal, considerado el príncipe de los poetas de la Joven Viena, a quien le enfurecía ser considerado «un escritor judío vienés». Este aspecto es analizado por Le Rider, examinando textos de diferentes autores, como el escritor Hermann Broch, el periodista Moritz Goldstein, el filósofo Martin Buber y otros, sobre la persona y obra de von Hofmannsthal.

Continúa en ensayo sobre Richard Beer-Hofmann; formó parte del grupo de la Joven Viena. El autor nos presenta un breve análisis de sus relatos, poesía y teatro de quien considera un «asimilado a la cultura alemana y ‘desjudaizado’» y su amistad con Theodor Herzl. También están presentes los comentarios críticos por parte de von Hofmannsthal y Hermann Bahr.

El tercer escritor incluido en este capítulo es Felix Salten, otro de los integrantes de la Joven Viena. En este ensayo está presente su paso por importantes publicaciones, entre ellas la sionista Die Welt de Theodor Herzl, Die Zeit, Berliner Tageblatt, Neue Freie Presse de Viena, Berliner Zeitung y Berliner Morgenpost, de estos dos últimos llegó a ser redactor jefe. Le Rider analiza su paso como director del Pen Club de Austria y el motivo de su renuncia a dicho cargo.

Continúa el ensayo sobre Karl Kraus, considerado « uno de los críticos más lúcidos y despiadados de la prensa». Jacques Le Rider señala expresamente que en el capítulo dedicado al fundador, director y redactor de La antorcha (Die Fackel), repasará sus opiniones «sobre la “cuestión judía” que, también en este caso fueron a menudo paradójicas y tan duramente críticas que algunos lectores de Karl Kraus prefieren ponerlas entre paréntesis.» En este trabajo el autor logra ofrecer un exhaustivo análisis del trabajo de Kraus y, también muestra opiniones de otros intelectuales como Theodor Lessing y Walter Benjamin sobre el «anti-periodista» de La antorcha.

En ese capítulo Le Rider también examina la influencia del filósofo Otto Weininger en Kraus y las diferentes opiniones que origino el caso Dreyfus en el medio intelectual y periodístico de la época. Es importante señalar cómo el autor percibe el periodismo de Karl Kraus: «Su principal blanco es la prensa, que él describe como una industria lucrativa que se apoya en la publicidad, en la connivencia del poder económico y en las plumas dóciles de la redacción.»

Stefan Zweig, es otro de los elegidos por Le Rider. Analiza el pensamiento judío del autor vienés en sus obras El almanaque judío (1904), En la nieve (1901), Jeremías (1917), Mendel el de los libros (1929) considerada como el producto de su viaje a Galitzia, El candelabro enterrado, La impaciencia del corazón y Montaigne. También se ocupa de la información que proporciona su gran obra El mundo de ayer.
A lo largo del capítulo está presente el cosmopolitismo del escritor vienés; Le Rider se refiere a él de la siguiente manera: «En Zweig, la identidad vienesa y austríaca está ante todo ligada a la cultura alemana y mira hacia la cultura occidental. […] En su mapa mental como ciudadano de Austria-Hungría y como europeo, los límites orientales serán un continente exótico y casi desconocido.»

La segunda parte finaliza con un capítulo dedicado a dos personajes de la «música e identidad judía». En el ensayo sobre Gustav Mahler, Le Rider analiza la “complejidad del universo intelectual” de quien llegó a ser director de la Ópera de Viena y no pierde vista la carga antisemita en la obra del músico y compositor nacido en Moravia. Está presente su paso por la Sociedad Wagner (Wiener Akademischer Wagner-Verein) y la admiración que tuvo por Richard Wagner, conocido por su antisemitismo.

A lo largo de las páginas, aparecen los nombres del compositor Hugo Wolf, Engelbert Pernerstorfer, periodista y político; Victor Adler, quien junto con Mahler pertenecieron al Círculo Pernerstorfer, uno de los más influyentes en el campo intelectual y cultural en los inicios del siglo XX. También muestra las críticas provenientes del musicólogo Richard Specht, de los críticos musicales Ludwig Karpath y Rudolf Louis y del historiador Carl E. Schorske, entre otros.

Sobre Arnold Schönberg, el autor analiza los cambios ocurridos en el músico con relación a su confesión de fe: abandona el judaísmo en 1898 para convertirse en protestante; en 1934 volvería al judaísmo. Están presentes las coincidencias entre Schönberg y su amigo Karl Kraus. También desfilan los nombres de personajes que se relacionaron con el músico: el pintor Kandinsky, el compositor Alexander Zemlinsky, el pianista Viktor Holländer y muchos más. Le Rider rescata un detalle importante en la investigación sobre Schönberg: «En su biografía hay algunos detalles que confirman las características de la sociología histórica de los judíos vieneses […]».

El autor cierra con un epílogo cuyo título es un reflejo de su contenido: «De la Primera Guerra Mundial al Anschluss: hacia una “ciudad sin judíos”». Después de la lectura de las páginas precedentes, en el final del libro se encuentra todo aquello que fue formando el destino de la Viena de esos años que sirvieron de marco a una ciudad que no volvió a ser la misma: el imperio Austro-Húngaro, la protección a los judíos, la llegada del antisemita Karl Lueger a la alcaldía de Viena, el auge del antisemitismo, la Primera Guerra Mundial y el Anschluss que determinó la anexión de Austria al III Reich. En ese texto final, el autor analiza La ciudad sin judíos de Hugo Bettauer y Auto de fe de Elías Canetti. Como escribe Le Rider: «A partir de 1938, “el mundo de ayer” que evocaba Stefan Zweig se desvanece.»

La lectura de Los judíos vieneses en la Belle Époque, da una muestra de la calidad del trabajo realizado por Jacques Le Rider. Es, sin lugar a dudas, uno de los mejores libros de ensayo que he leído.

Los judíos vieneses en la Belle Époque, Jacques Le Rider, traducción de Laura Claravall, Ediciones del Subsuelo, Barcelona, 2016.
Las citas han sido tomadas del mencionado libro.

Algunas obras de Jacques Le Rider sobre el tema comentado:
Arthur Schnitzler ou la Belle Époque viennoise, Paris, Éditions Belin, 2003.
Hugo von Hofmannsthal. Historicisme et modernité, Paris, PUF, coll. «Perspectives germaniques», 1995.
Le cas Otto Weininger. Racines de l’antiféminisme et de lántisemitisme, Paris, PUF, 1982.
Modernité viennoise et crisis de l’identité, Paris, Presses Universitaires de France, coll. «Perspectives Critiques», 1990.
Journaux intimes viennois, PUF, coll. «Perspectives Critiques», 2000
La Mitteleuropa, Paris, PUF, coll. «Que sais-je?» 1994.
Wien als »Das neue Ghetto«? Arthur Schnitzler und Theodor Herzl im Dialog, Vienne, Wiener Vorlesungen – Picus, 2014.

Libros en colaboración con otros autores:
La Galicie au temps des Habsbourg (1772-1918). Histoire, société, cultures en contact, (avec Heinz Raschel), Presses Universitaires François Rabelais, Tours 2010 (Perspectives historiques), 404 p.
“Les Journalistes” d’Arthur Schnitzler. Satire de la presse et des journalistes dans le théâtre allemand et autrichien contemporain, (Édition de Jacques Le rider en collaboration avec Renée Wentzig), Tusson (Charente), Du Lérot Editeur, 1995.

Nota: Este es el texto revisado del post publicado en el blog de la Librería Sur el 24.06.2017

Carlos Tupiño Bedoya
Septiembre, 2017

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El teniente Gustl – Arthur Schnitzler y el diálogo interior

El teniente Gustl – Arthur Schnitzler y el diálogo interior

Al internarnos en la obra del médico, escritor y dramaturgo Arthur Schnitzler (Viena, 1862-1931), no deja de sorprender la maestría con la que explora la naturaleza humana mediante los personajes que ha creado y en las historias que desarrolla. El teniente Gustl, novela corta escrita en 1900 y cuya trama se desarrolla en Viena, es considerada no solo como una de sus mejores creaciones sino, además, como la primera novela escrita en alemán que utiliza el diálogo interior, una técnica que supo desarrollar de manera sorprendente y luego, fue utilizada también por escritores como Joseph Roth y Stefan Zweig.

En El teniente Gustl podemos percibir desde el inicio todo ese bagaje de sentimientos, dudas, temores e inconformismos que llenan la vida del protagonista y que se manifiestan por medio de la voz interior del personaje, una voz que capta la atención del lector hasta el final de la historia.

En las páginas de la novela, Arthur Schnitzler muestra el panorama de Viena en el período de transición entre dos siglos (XIX y XX), considerada como la época dorada a pesar de los cambios que se avecinaban sobre Europa Central. En ese ambiente se encuentran los teatros, óperas, conciertos de música clásica y los salones de café como parte de la vida social en la que las tradiciones, la cultura y la defensa del honor tienen un papel importante. Es en este contexto que se desarrolla la historia del teniente Gustl.

La novela empieza en un teatro, en el que el protagonista –el teniente Gustl–– asiste a un concierto. Su impaciencia para que acabe la función se muestra desde el inicio de la novela: “¿Cuánto más durará esto? Debo mirar el reloj… aunque tal vez no esté bien en un concierto tan serio. Pero ¿quién se dará cuenta? Si alguien me ve, es porque pone tan poca atención como yo, y ante él no debo avergonzarme…” En esa impaciencia del protagonista se deja ver su preocupación por lo que los demás puedan pensar de él, de su comportamiento, de lo que hace, la cual será el eje sobre el que gira la personalidad del teniente. Finalizada la función, un incidente en el guardarropa será el inicio de la situación que se convertirá en el hilo conductor que llevará a Gustl hasta el inesperado desenlace final.

En el guardarropa el teniente tiene un intercambio de palabras con un hombre gordo; cuando se le acerca lo reconoce y, además, por su pensamiento podemos conocer cómo considera a ese hombre: “Ahora se vuelve hacia mí… ¡Pero si lo conozco! Caramba, es el pastelero que siempre va al café… ¿Pero qué hace aquí? Seguramente tiene una hija o algo así en la academia de canto… Y ahora, ¿qué es esto? Sí, ¿qué está haciendo? Parece que… sí… ¡Santo Dios!, ha tomado la empuñadura de mi sable… Sí. ¿Estará loco?… […] El pastelero le gritará que se calle y le lanza esta amenaza: “Señor teniente: a la menor provocación, saco el sable de la funda, lo parte en dos y mando los trozos a su regimiento. ¿Entendido, imbécil?”

Es estos dos fragmentos, Schnitzler presenta algunos aspectos que formaban parte del contexto social y se mantienen a lo largo de la novela; aparece una de las tantas menciones a los cafés que eran el centro de reunión de intelectuales, escritores, artistas; tenían importancia en la sociedad vienesa y la siguen teniendo en la actualidad. También se aprecia una muestra de lo que podría considerarse como segregación social, por la manera en que se pregunta qué hace el panadero en el concierto. Esa actitud la veremos en varios momentos de la novela pero, dirigida a los judíos, como una muestra del antisemitismo que ya se daba en esos años en la Europa Central. Luego tenemos las palabras del panadero amenazándolo con romperle el sable; palabras que no tienen el mismo significado que podrían tener hoy. En los años del contexto de la novela, cuando un oficial era degradado su espada era partida delante de todos.

Esto nos da una idea de cómo debió sentirse Gustl: por los gritos recibidos, por haber permitido que un extraño coja su sable, amenace con partirlo y, finalmente, lo llame imbécil. A todo esto habría que añadir su preocupación por lo que los demás piensen de él, tal como se aprecia en las palabras que dan inicio a la novela. El teniente empieza a hacer suposiciones que solo están en su imaginación, producidas por la humillación que había pasado. Esas palabras interiores del teniente nos dicen que piensa matar al panadero y, si no lo hace, se enterarán en los cafés cómo ha sido tratado en público; también piensa en un duelo que ni siquiera se ha pactado y del que se siente indigno para batirse con el panadero. Esas cavilaciones que brotan del interior del personaje, Schnitzler las utiliza para darnos una muestra de su destreza en el manejo del diálogo interior que se da en el abrumado Gustl.

A partir de ese momento empezará el deambular del teniente Gustl por las calles de Viena, dialogando consigo mismo y teniendo presente en todo momento el “por qué y las dudas” que lo atormentan. Una pregunta parece estar presente en todo momento en el interior del protagonista: ¿se habrían dado cuenta de la forma en que le habló el pastelero?  Piensa en el suicidio como la única vía de escape para desaparecer de la humillación en que se encuentra. En esas palabras que brotan dentro de él y para él, en medio de su tormento emocional piensa en diferentes maneras de avisar a alguien el motivo de la decisión de quitarse la vida. Una de esas opciones es dejar una carta a su amigo Kopetzky que fue por quién terminó asistiendo al concierto.

Conforme se avanza en la lectura del texto se puede apreciar la manera en que Schnitzler explora y desmenuza los sentimientos que anidan en lo profundo del ser humano, dando una muestra de observador de las emociones y de aquello que sólo puede salir del interior de una persona como reflejo de lo que es, cómo se siente consigo mismo y con la sociedad que lo rodea. Con el manejo del diálogo interior hace “visible” lo que anida en el interior de su personaje.

Sigmund Freud supo apreciar esa cualidad del escritor y médico vienés; en una carta le escribió: “Su determinismo, su escepticismo –que la gente llama pesimismo–, su sensibilidad ante las verdades del inconsciente, ante la naturaleza pulsional del hombre, su disección de nuestras certidumbres culturales convencionales, el examen minucioso de la polaridad del amor y de la muerte, todo ello despertaba en mí un extraño sentimiento de familiaridad (…) Tuve así la impresión de que usted sabía intuitivamente –o más bien como efecto de una sutil observación– todo lo que yo descubrí gracias a un laborioso trabajo efectuado sobre los demás–. Sí, creo que en el fondo usted es un investigador de las profundidades psicológicas, tan honestamente imparcial e intrépido como ninguno y que si no hubiese sido, sus capacidades artísticas, su arte del idioma y su poder creador habrían tenido libre curso y habrían hecho de usted un escritor mucho más adaptado al gusto de la multitud (…) Muy cordialmente suyo Freud.” [i]

Durante su errar nocturno, el protagonista cita nombres de lugares y calles de la ciudad de Viena; aparecen nuevamente los cafés, que están muy ligados a la ciudad de Viena, en los que también se reunían para jugar a las cartas u otros juegos de apuestas. Gustl menciona: “La Ringstrasse. Muy pronto estaré en mi café… […]”; más adelante: “[…] Ahí está mi café… […].” La Ringstrasse en una céntrica calle de Viena en la que hay cafés muy antiguos: El Café Schwarzenberg que funciona desde 1861 (en sus inicios se llamó Café Hochleitner) y el Café Landtmann que atiende desde 1873 y era uno de los lugares favoritos de reunión de Sigmund Freud: “En el café Landtmann, Freud adoctrinaba durante horas sobre la histeria femenina, la normalidad de la práctica del incesto y otros elementos de su pensamiento, mientras Schnitzler escribía sobre sobre la conciencia y le daba forma en su Relato soñado y el escritor y dramaturgo Hugo von Hofmannsthal buscaba ideas para completar su Jedermann (Cada cual) obra de teatro que se representa cada año en el Festival de Salzburgo, […]” [ii] “[…] Para los vieneses, el café es, además, un derecho adquirido, algo así como la prolongación de su domicilio, un anejo de su habitación privada, aunque en realidad se trate de un espacio público. […].” [iii] El significado de los cafés proporciona una idea de la dimensión del problema en el interior del teniente Gustl.

Entre los cafés mencionados en la novela figuran el Hochleiter –tal vez se refiera al Hochleitner– y el Leidinger que tuvo entre sus clientes a los músicos Johannes Brahms y Gustav Mahler.

Cuando Gustl llega a su café, la historia nos tiene preparado un giro magistral que mostrará la esencia del protagonista y, también, la maestría de Schnitzler para conducir la historia a ese final. Los invito a leer El teniente Gustl y llegar a conocer ese final sorprendente.

Es uno de las mejores creaciones literarias que Arthur Schnitzler dejó para la posteridad.

 

Bibliografía:
El teniente Gustl, Arthur Schnitzler, Acantilado, Barcelona, 2006

Otras obras de Arthur Schnitzler.
Apuesta al amanecer. Barcelona: Acantilado, 2007. Primera edición en Acantilado Bolsillo.
El destino del barón Von Leisenbohg. Barcelona: Acantilado, 2003.
Juventud en Viena (una autobiografía). Barcelona: Acantilado 2004.
Relato soñado. Barcelona: Acantilado, 2012.

Algunas obras en donde están presentes los cafés y la narrativa austriaca.
BONET CORREA, Antonio. Los cafés históricos. Madrid: Ediciones Cátedra, 2012.
ROTH, Joseph. Primavera de café. Barcelona: Acantilado, 2010.
WEBER, Herwig (Ed). Historias del espejo. Narrativa austríaca poskafkiana. México, D.F.: Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, 2012.
ZWEIG, Stefan. Mendel el de los libros. Barcelona: Acantilado, 2009.

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Notas:

[i] WEBER, Herwig. «Introducción: gran patria, antipatria, nueva patria». En Historias del espejo. Narrativa austríaca poskafkiana. México, D.F.: Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, 2012, nota al pie de página 21.

[ii] TORRIJOS, Gloria. «Los cafés de Viena, patrimonio [sic] la humanidad». El País. Sección Cultura. España. 18 de noviembre del 2011. Fecha de consulta: 20 de noviembre del 2011.
http://cultura.elpais.com/cultura/2011/11/18/actualidad/1321570805_850215.html

[iii] BONET CORREA, Antonio. «Viena y Centroeuropa». En Los cafés históricos. Madrid: Ediciones Cátedra, 2012, p. 153.

 

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Carlos Tupiño Bedoya
Diciembre, 2016

Nota: Esta es la versión revisada y corregida del texto que se publicó, como colaboración, en el blog de la Librería Sur el 27.11.2016.

 

 

 

 

 

Liberación – Sándor Márai

Liberación – Sándor Márai

Sándor Márai fue un escritor que supo recorrer, en sus novelas, los intrincados rincones de la naturaleza humana. Aún recuerdo El último encuentro y  La herencia de Eszter, historias que nos hacen pensar hasta dónde puede llegar una persona.

Liberación no es la excepción. Esta novela fue escrita entre julio y septiembre de 1945, poco después de los hechos históricos narrados, y permaneció inédita hasta el año 2000. […] Escrita con la urgencia que imponía la situación política y un tono premonitorio de la gran intensidad dramática, Liberación  narra la devastación moral causada por la guerra y demuestra que Márai, ya en septiembre de 1945, cuando ponía punto final a este breve libro, no albergaba ninguna ilusión sobre la nueva época que se iniciaba en su país con la llegada de las tropas rusas. (Contratapa).

Esta historia tiene como escenario la ciudad de Budapest en los días finales de la Segunda Guerra Mundial. Su protagonista es Erzsébet, una mujer que, tras conseguir un refugio para su padre, se refugia con un grupo de personas a la espera de la llegada de los soldados soviéticos quiénes –pensaba Erzsébet– traerían la liberación de los nazis.

A lo largo de esta novela corta, Sándor Márai nos hace espectadores de un grupo humano hacinado en un refugio, expectantes de un asedio que les traería la ansiada liberación. En medio de esa atmósfera, el autor nos muestra las diferentes facetas que se presentan en los seres humanos en momentos difíciles, angustiantes, en los que los valores de la sociedad parecen desaparecer. Entonces, nos preguntamos ¿Qué queda en el ser humano en situaciones como esas?

El tema del asedio está presente de principio a fin y vemos que se hace parte de la vida de esos refugiados en medio de la cuidad:

“Porque huele, ya al cabo del primer día flota un espeso acre y rancio tufo a humanidad. Sin embargo, en aquel encierro hay un elemento tranquilizador, como en toda realidad para la que uno se conciencia durante largo tiempo y luego, cuando llega, resulta distinta de la imaginada, aunque no demasiado. Saben que eso es el asedio. […] (p.55)  […] Sólo existe una unidad para medir el tiempo, una sola dimensión: el asedio. (p.57)  […] En esta guerra no se usan gases, y una bomba no mata a todo el personal. Así pues, hay que esperar tumbado y relajado, sin consumir más oxígeno y agua de lo necesario, sin trajinar mucho, soportando la pestilencia de las letrinas, la maloliente promiscuidad… Sí, eso es el asedio.” (p. 58)

En medio de la situación que viven esos personajes, tratando de sobrevivir mientras esperan su liberación, el autor se encarga de mostrar que una actitud de resignación puede estar presente:

“Muchos esperan a los sitiadores con castañeteo de dientes, aterrorizados, furiosos y desesperados, creyendo que los aguarda un destino terrible… y sin embargo, lo esperan. […]” (p.62)

Cuando la resignación ha invadido las almas de esos seres humanos, surgen situaciones que los sacan de ese estado para ponerlos alertas ante lo desconocido:

“Porque el vigésimo cuarto día del asedio, Erzsébet y los demás habitantes del sótano despiertan por la noche a causa de unos ruidos y gritos. […] los despiertan chillidos y un haz luminoso. Entre los colchones y las tumbonas de la parte central abovedada, en pleno desorden, en la oscuridad apestosa por el hedor de las secreciones humanas, de la cocina, del efluvio de cuerpos sucios, entre gente arrebujada en el desorden de edredones y mantas, aturdida por el mal olor de su propio cuerpo, acongojada por el miedo a la muerte y los nervios destrozados, que duerme entre gemidos y ronquidos, entre todo eso ha aparecido de pronto un extraño grupo.” (p.77-78)

La discriminación y marginación parece quedar de lado, o por lo menos cubierta, por el entorno que rodea a los refugiados; los cargos y las posiciones poco o nada valen; nos podríamos preguntar ¿qué tipo de convivencia se daba?

“[…] Porque allí convive toda clase de gente, nobles, ricos, cultivados, pequeñoburgueses, un sastre, un bombero, un profesor de universidad cuyo rostro le suena a Erzsébet, un comerciante, […] toda clase de personas. […] En otro rincón también hay un cerrajero tísico, con cinco hijos y sin mujer. […]” (p.72)

La comunicación, como algo inherente al ser humano, permanece tratando de establecer esos vínculos necesarios:

“[…] Erzsébet ha aprendido que uno no precisa palabras para comunicarse con la gente. En diez meses y en el caos de los últimos veinticuatro días y noches ha aprendido un modo de entrar en contacto más sensible y fiable que las palabras, hecho de miradas, silencios, gestos y mensajes aún más sutiles; es el modo en que lo íntimo de un ser humano reacciona a la llamada de otro, esa complicidad silenciosa que en momentos de peligro da a la mutua pregunta una respuesta más inequívoca que cualquier confesión o explicación y cuyo significado es: estoy contigo, pienso lo mismo que tú, me tortura el mismo problema, estamos de acuerdo…” (p.90)

La voz del narrador nos hace meditar acerca del lugar en el que se encuentra la guerra; esas palabras se extienden desde esas páginas hacia el presente. Nos muestra una situación que nos invita a mirar nuestro interior:

“Porque la guerra no ha sido sólo bombas y proyectiles, peligro mortal, decretos odiosos, persecuciones crueles, no. La guerra también estaba en su alma. Hace un instante aún seguía allí, como una sensación, un sentimiento, […] Hace un instante la guerra todavía habitaba en el alma de Erzsébet, no sólo en los campos de batalla, en el aire o bajo los mares. […]
Ahora lo comprende y sabe que la guerra tiene lugar no solamente en las fábricas de armamentos, los cuarteles y los campos de batalla, sino también en el alma de la gente. […]” (p.122)

Son textos que hablan por sí mismos. Los invito a buscar Liberación y a recorrer cada una de sus páginas. Es una novela que nos permite apreciar el estilo de uno de los grandes escritores centroeuropeos.

 

 

Bibliografía:

Liberación, Sándor Márai, Publicaciones y Ediciones Salamandra, S.A., Barcelona, 2012

Los textos citados han sido tomados de la mencionada obra.

 

Carlos Tupiño Bedoya

Marzo, 2015

Mendel el de los libros – Stefan Zweig

Mendel el de los libros – Stefan Zweig

Hace unos meses, mientras buscaba en los estantes de una librería autores que no había leído, encontré unos libros de Stefan Zweig. Me atrajo la breve información que leí acerca de ese autor que desconocía y que, sin embargo, tenía una extraordinaria producción literaria. Empecé leyendo Entre el ayer y el mañana. Memorias de un europeo, y fue ese libro el que me animó a continuar con el resto de su obra.

Quiero compartirles acerca de Mendel el de los libros, escrito en 1929. Se trata de uno de los extraordinarios relatos escritos por Stefan Zweig. Nos narra la historia de un judío que era librero de viejo y su lugar de trabajo era en una de las mesas de un café de Viena, en el que pasaba los días y los años revisando y leyendo libros e inmerso en una concentración tal, que se apartaba de cualquier interferencia que intentara distraerlo o hacerle perder la concentración.

El narrador dice: En Jakob Mendel, aquel pequeño librero de viejo de Galitzia, contemplé por primera vez, siendo joven, el vasto misterio de la concentración absoluta, que hace tanto al artista como al erudito, al verdadero sabio como al loco de remate, esa trágica felicidad y desgracia de la obsesión completa. (Página 13)

Con su extraordinaria prosa y estilo el autor nos sitúa en la atmósfera de un café vienés de los años de la Primera Guerra Mundial y nos describe a ese judío ruso inmigrante que se había establecido en Viena. Podía conseguir cualquier libro del tema que le solicitarán. Su memoria la había desarrollado para guardar los datos de la edición, ilustraciones, precios y lugares en que los encontraría.

Esa concentración excesiva con la que se aislaba del mundo fue la que ocasionó que no se percatara de determinada situación en ese tiempo de conflictos, lo cual hizo que su proceder fuera mal interpretado por las autoridades y originó el problema que desencadenaría en su detención en 1915 para ser enviado a un campo de concentración, sin libros y sin poder ver para leer, pues había roto sus anteojos durante su detención.

Estando en el campo de concentración se presentó una situación que hizo posible su liberación; sin embargo, Mendel ya nunca sería el mismo. Esto es lo que dice el narrador: […] en el fantástico edificio de su memoria debía de haberse derrumbado algún pilar, y toda la estructura se había venido abajo, […] (Página 47) Más adelante, añade: Mendel ya no era Mendel, como el mundo ya no era el mundo. (Página 48). Esta frase contiene la esencia del mensaje de Stefan Zweig que se hace presente en su obra. Puedo entender que Zweig quiere decir que su sociedad –esa sociedad europea en la que creció– ya no era la misma, como el mundo ya no era el mismo.

Es con la historia de ese librero judío ruso que el autor quiere mostrar el sufrimiento y deterioro de la sociedad en que vivió. La atmósfera de cultura libertad que se experimentaba en esos años sufrió un gran golpe cuyos efectos se expandieron, inclusive, a las diferentes expresiones artísticas e intelectuales; sin embargo, todo eso permitió que surgieran escritores como Zweig que pudieron mostrar, mediante su prosa, aquello en lo que creían y defendían en medio de un mundo en caos.

Es, precisamente, con su estilo y su prosa que Stefan Zweig teje la historia de Mendel,  mostrando en todo momento su lado humano como integrante de una sociedad que lo olvida luego de haberlo segregado. Esta situación la muestra con mucha fuerza y resulta estremecedora en la parte en que relata la llegada del librero, luego se su liberación, al café en el que estuvo durante tantos años y, el rechazo que causó en su nuevo dueño que no lo conocía.

En la parte final del texto que aparece en la contratapa se lee: […] Un breve y brillante relato sobre la exclusión en la Europa de la primera mitad del siglo XX.

Bibliografía:

Mendel el de los libros, Stefan Zweig, Acantilado, Barcelona, 2009

 

Carlos Tupiño Bedoya
Abril, 2014

La vida en minúscula – Alfred Polgar

Fue a través de las lecturas de los textos de Joseph Roth que se despertó mi curiosidad e interés por los escritores centroeuropeos. Cuando me recomendaron a Alfred Polgar, escritor nacido en Viena en 1875, no dudé en buscar La vida en minúscula.

El libro contiene treinta relatos. Desde la lectura del primero de ellos quedé impresionado por el estilo del escritor vienés. En cada uno se ocupa de las cosas y situaciones comunes que están presentes en el ser humano, en la sociedad, en el hombre común y, en los relatos hace un uso magistral de las metáforas que emplea para describir, brillantemente, situaciones y personajes que ayudan a transmitir aquello que Polgar ha tejido en cada historia.

En Tratado sobre el corazón, que da inicio al libro, habla acerca del corazón y del uso metafórico que comúnmente las personas le dan; algo que no ha perdido actualidad. En el texto escribe: […] Lo malo de verdad ocurre cuando ya no se habla de él en símiles y metáforas, […] cuando ya no cuenta su melodía, sino tan solo su mero ritmo. En tales momentos le queda ya poca poesía al pobrecito. […] (p.8)

Sus relatos, desde el inicio introducen al lector en el corazón de la historia y lo mantiene atento hasta el final. En La cabina telefónica inicia con estas palabras: Sobre los adoquines yace de espaldas una viejecita. Una ciruela reseca del árbol de la vida. No parece que se haya caído, es más bien como si la hubiesen dejado allí echada. […] (p.15). Con lo que cuenta en esas líneas, mantiene el interés por continuar hasta un final que, en la mayoría de los textos, cierra con una frase que redondea la idea de lo narrado, en muchos casos, con una ironía de la que también hace un buen uso en sus textos.

El libro nos ofrece también una muestra de la cualidad de observador que tenía Polgar. Por ejemplo, en Coche cama, nos hace testigos de los padecimientos de un pasajero en el tren y de todo aquello que es capaz de espantarle el sueño; el escritor vienés nos transmite, por medio de detalles, aquello que percibe el personaje en ciertos momentos de calma: ¡Qué delicia cuando el tren está parado! Los pantalones cuelgan con tranquilizadora tranquilidad en su percha, no hay nada que vibre, nada que resuene, nada que se agite, y yo estoy tan contento como lo estaba en mi casa por la mañana, […] (p.40)  Esta escena contrasta con la que sigue un momento después: […] Hay gente, pienso con envidia, que duerme en el tren como en su casa. Cierran los ojos al salir y al abrirlos de nuevo ya han llegado. Y también hay otros que, aunque no puedan dormir, piensan en cosas valiosísimas, mientras que yo, en mi vigilia, soy como un animal que no para de ir de una punta a la otra de su jaula, con la cabeza y el corazón vacíos. (p.41) ¿No les parece conocida esta situación? ¿No hemos experimentado esas sensaciones, las agradables o desagradables, cuando hemos viajado durante la noche en un tren o en un bus? Eso tiene de particular la narrativa de Alfred Polgar, nos presenta situaciones que no son desconocidas al ser humano.

En el relato El abrigo, Polgar nos lleva a la ciudad de París en tiempos de la ocupación nazi. Es una historia llena de suspenso en la que podemos ver la mano del destino jugando sus cartas en la vida de los personajes hasta llevarnos a un final sorprendente.

En Adiós en el andén de una estación, una despedida entre dos personas da lugar a un relato en el que están presentes detalles que no pasan desapercibidos para el autor y los adorna con metáforas para hacernos testigos de los sentimientos y sensaciones de la pareja en los minutos de la despedida: Estos últimos minutos, antes de que el tren se ponga en movimiento, llevan dentro un veneno capaz de agarrotar en una especie de espasmo los intereses más vitales y los sentimientos más intensos que entrelazan a dos personas (la que se va y la que se queda). Se ponen de manifiesto síntomas de parálisis en el cerebro y en la lengua. […]  (p.26)  Una escena común en un andén de estación es transformado en un relato que se interna en los sentimientos del ser humano ante una separación, aunque sea temporal.

Otro ejemplo de la habilidad del escritor vienés para convertir algo tan simple –como el globo de un niño– en el eje de un relato que muestra las emociones de las personas es, precisamente, El globo. Inicia: El niño de la casa tenía un globo. (p.69)  A partir de ahí, el autor nos contará la procedencia del globo y todo lo que origina cuando ingresa en un salón en que están reunidas personas mayores. Este trabajo es otra muestra de su capacidad de observador del comportamiento humano.

Llamó especialmente mi atención La soledad. Al leer ese texto recordé el estilo de Julio Ramón Ribeyro, especialmente al describir a personajes como el protagonista de su cuento Una aventura nocturna. Es sorprendente el uso del lenguaje metafórico que utiliza el escritor austriaco para describir y transmitirnos la esencia de un personaje como Tobías Klemm. Desde el inicio nos da una tajante presentación del personaje: La soledad de Tobías Klemm, ¡aquello sí que era soledad! (p.83)

Tobías Klemm, el personaje central del relato, es un hombre que detesta a todos los que le rodean y es ignorado por todos, como si no existiera. En un momento, en medio de esa terrible soledad busca, aunque sea, ser odiado con tal de captar algo de algún ser humano, que al menos lo haga sentir que nos es ignorado. Podemos leer algunas de las descripciones que nos ofrece el autor acerca de su personaje que vivía en un mísero cuartucho: […] La vela que le alumbraba por la noche ardía hosca y desabrida, como irritada por haberle de prestar un servicio. El espejo se empañaba adrede para no tener que recoger  claramente el rostro de Klemm. (p.83) […] En la fonda […] era un don nadie. Nadie se sentaba a su mesa. Ningún camarero lo trataba con familiaridad. Se quedaba en su rincón del mismo modo que las telarañas, llegadas a la fonda más o menos al mismo tiempo que él. […] (p.84)  […] Él mismo no era más que un grumo de tiempo endurecido, destinado a disolverse poco a poco y sin dejar huella en el infinito. (p.85)

Sin embargo, la vida le tendría preparada una sorpresa que lo hará imaginarse parte de la sociedad y que lo conducirá a un sorprendente final muy acorde con su existencia. Es, sin desmerecer al resto, uno de los mejores relatos que he leído en este extraordinario libro.

Sólo me he referido a algunos de los relatos pero, en cada uno de ellos podremos encontrar una excelente muestra del estilo de Alfred Polgar. La vida en minúscula es un libro que les recomiendo.

La vida en minúscula

 

Bibliografía:

La vida en minúscula, Alfred Polgar, Acantilado, Barcelona, 2005.

 

Carlos Tupiño Bedoya

 

Primavera de café – Joseph Roth

Primavera de café – Joseph Roth

Un maestro para utilizar las metáforas en sus escritos. Así calificaría a Joseph Roth, escritor judío nacido el año 1894 en Brody, en ese entonces perteneciente al imperio Austrohúngaro. Al verlo en una librería, me dio curiosidad y, al revisar algunas hojas, decidí que tenía que leer esos textos.

El libro lleva por título Primavera de café. Un libro de lecturas vienesas. Este escritor se inició como periodista en el diario Der Neue Tag en abril de 1919. En el prefacio, Helmut Peschina escribió: Es el principio de su trabajo periodístico regular y de su carrera como uno de los autores más cotizados del articulismo alemán. […] Desde el principio, su tarea fue describir la vida cotidiana en la Viena de la posguerra, […]. Y acerca de esto es precisamente cada uno de sus artículos, lo que se convierten, para el lector, en un recorrido de esos tiempos posteriores a la Primera Guerra Mundial.

En la contratapa se lee: […] El presente libro, compendio de sus mejores crónicas publicadas en 1919, traza un cautivador retrato de la ciudad de Viena después de la Gran Guerra. Como el mismo afirma: “Mirando estas terrazas abandonadas de la mano de Dios, a uno le viene casi involuntariamente a la memoria la comparación con unos sueños de paz jamás cumplidos, unas expectativas pasadas por agua y una situación internacional resfriada”.  Observador acucioso y maestro en el manejo de las metáforas, construye crónicas que transmiten la atmósfera y el sentir de la Viena de esos años y de los diferentes personajes que hace desfilar en sus textos, convirtiendo al lector en testigo de todo lo que nos presenta.

El libro tiene cinco partes y en cada una de ellas, se agrupan las crónicas en relación al título, guardando una unidad. La primera parte lleva por título Primavera de café, y las crónicas allí incluidas tienen como escenario algún café de Viena. en Síntomas vieneses, la segunda parte, los textos giran alrededor de diferentes aspectos relacionados a la vida en Viena, como el arte, celebraciones, transporte, etcétera.

La tercera parte, titulada Tipos vieneses, nos presenta crónicas que nos muestran diferentes personajes de las calles de esa ciudad que sufría las secuelas de la guerra y de la caída del imperio. Una cuarta parte, Escenarios vieneses, sirve para llevarnos por lugares en los Roth observa, en muchos de ellos, los estragos de una sociedad que lucha por sobrevivir. La última parte, Viaje por el país de Heanzen, nos muestra las crónicas que Roth escribió acerca de ciudades o poblados fuera de Viena.

En sus crónicas Joseph Roth muestra y denuncia el sufrimiento, la lucha por seguir adelante, el abandono o tal vez la resignación, las escasas posibilidades es una ciudad en tiempos de posguerra y de caída de un imperio; sus escritos son, en muchos casos, una denuncia social. En su crónica Una terraza de café, y otra más, hace referencia a un café que tiene Una terraza con huéspedes presentables en sociedad […] Delante de esta terraza hay una un poco más elemental […]. En esta última hace referencia a niños que juegan cartas en la vía pública y fuman mientras la opinión pública vagabundea sin prestar atención ante estos chicos… Más adelante se refiere a esos chicos como “huérfanos de guerra”.

Otro ejemplo lo tenemos en el artículo El cambista de dinero blanco que lo cierra escribiendo: ¡sigue viva la internacional del dinero blanco y de la especulación!…

En sus textos, aparte de lo que puede mostrar y denunciar en esa sociedad, también nos permite apreciar su creatividad en la escritura. Aquí una muestra: Las casas son como niños sucios en una ciudad desconocida, que se avergüenzan de sus malos vestidos y se apiñan tímidos. No se atreven a salir a la calle mayor, sino que se apretujan en los callejones. A una de esas casas –está justo en la esquina– está pegado, un poquito demasiado visible, como un nido de golondrinas en un alero, un pequeño café. (Primer párrafo de la crónica Café popular).

Otra muestra. En su crónica El bar del pueblo, luego de describir “un auténtico bar” con puerta giratoria y portero, escribe: Pero no quiero hablar de ese bar, sino del otro que hay en la bocacalle de la Schulerstrasse.

La puerta abierta. Cacharros de lata entrechocan. A la izquierda de la entrada se encuentra el grifo de una conducción de agua. No cierra bien. A intervalos regulares, la boca de la conducción escupe gotas en el fregadero. ¡Clinc! ¡Clinc! Si se escucha un rato, suena como una música. Muy pobre, primitiva, pero música al fin y al cabo. Se aprende a distinguir las gotas. La una es fuerte, repentina, y no cae, sino que se precipita de cabeza al fregadero. Y la otra es joven y tierna y tímida, y no se atreve a caer en el centro, sino que tintinea levemente en el borde. Y todas juntas forman una música muy ingenua, infantil, y suena como si a pequeños intervalos pulsaran las siete teclas de un piano de juguete. Ésta es la música de los pobres.

Esa descripción del sonido de las gotas de agua, al leerla se ve acentuada por las descripciones de los sonidos y tintineos que se dan en el café lujoso. Luego la descripción continuará en una atmósfera impregnada de la pobreza y miseria de sus habitantes. Las metáforas que utiliza dan fuerza a su descripción y envuelven al lector en ese ambiente que observa y registra con sus palabras para la posteridad. La pobreza de esa gente salta en cada renglón. Más adelante añade, refiriéndose a una niña: Sus cabellos estaban retorcidos en rabitos de ratón indeciblemente finos, dispuestos alrededor de su cabeza. Era un cabello de claridad acuosa, de esa coloración que sólo los pobres pueden tener.

Cada una de las crónicas incluidas en esta excelente selección, son una muestra de la fuerza y talento de Joseph Roth para evocar los diferentes aspectos de la vida en la ciudad de Viena de 1919. Es un libro que recomiendo para disfrutar de la prosa y el estilo del mencionado escritor. Es, además, un libro imprescindible para conocer y entender su obra.

Los fragmentos de los textos han sido tomados de Primavera de café. Un libro de lecturas vienesas, Joseph Roth, Editorial Acantilado, Barcelona, 2010.

 

Bibliografía:

Primavera de café. Un libro de lecturas vienesas, Joseph Roth, Editorial Acantilado, Barcelona, 2010.

 

Carlos Tupiño Bedoya