Tocar los libros – Jesús Marchamalo

Tocar los libros – Jesús Marchamalo

Cuando encontré Tocar los libros sólo bastó que diera una revisada a sus páginas para darme cuenta que tenía en las manos un pequeño libro que, además de interesante, sería muy entretenida su lectura. Según su autor, Jesús Marchamalo, esas páginas se originaron de una conferencia que dio en Valladolid en el año 2001.

El texto que figura en la contratapa nos dice claramente qué clase de libro estamos por leer: […] Los libros hablan del carácter, los intereses y la personalidad de sus propietarios, y también la forma de ordenarlos en nuestras personales bibliotecas aporta datos significativos. Hay quien dice que las bibliotecas definen a sus dueños, y estoy seguro de que es cierto. Como en los estratos geológicos de un yacimiento arqueológico, los libros permiten ir desenterrando los restos de todos nuestros particulares naufragios.

Pero sobre todo, hay que reconocer a los libros una sorprendente capacidad colonizadora: se extienden por los sofás, toman las repisas, los cabeceros de las camas, las mesillas… Como un ejército victorioso ganan los altillos, los aparadores, las cestas de mimbre donde duermen los gatos. Hay libros indispensables que nos obligan a poseerlos, a conservarlos para hojearlos de vez en cuando, tocarlos, apretarlos bajo el brazo. Libros de los que es imposible desprenderse porque contienen fragmentos del mapa del tesoro.

Después de leer esas líneas ¿les ha sucedido algo parecido con sus libros? En mi caso, sí. Recuerdo que tenía una caja de madera con algunos libros y luego, con el tiempo, empezaron a aparecer más libros y la caja fue cambiada por un pequeño librero; luego, en ese pequeño librero ya no entraban los nuevos libros que habían llegado; los libros ya mostraban su capacidad colonizadora. Hasta ese momento no había mucho que pensar para mantener el orden en mi pequeña biblioteca de esos años.

Mientras leía el libro pensaba en mi biblioteca, ahora con medio millar de ejemplares, muchos de los cuales no tienen un espacio definido o tratan de hacerse un lugar en medio de los que han llegado antes. Necesitaba ordenar los libros pero, también estaba leyendo en esas líneas acerca de las diferentes situaciones que se presentan cuando se quiere ordenar una biblioteca. Entonces surgió la pregunta: ¿En qué orden?

Definitivamente el orden que tenga el propietario de la biblioteca es algo muy personal. Tengo inclusive un grupo de libros en espera de ser leídos. Acerca del resto estoy pensando seriamente en volver a ordenarlos, pero ¿cómo?

El autor del libro cuenta anécdotas que tuvieron algunos propietarios con sus bibliotecas al querer ordenarlas y pensé cómo sería en mi biblioteca; por ejemplo, si todo va alfabéticamente (cito primero el apellido y luego el nombre), no me gustaría tener el libro de cuentos de McCullers Carson junto a los ensayos literarios de poesía de Martos Marco; tal vez Rulfo Juan y Ribeyro Julio Ramón queden bien uno junto al otro pero, no vería nada bien los relatos de O’Connors Flannery junto a los ensayos de Oviedo José Miguel, o al periodista y escritor norteamericano Talese Gay junto al novelista ruso y clásico Tolstoi Lev.

En fin, ya estoy ideando un orden y creo que será por grupos y, dentro de ellos, en orden alfabético. En uno de esos grupos podrán ir las obras de Flaubert junto a Barnes Julian con el ensayo The Flaubert’s Parrot y otros ensayos acerca del escritor francés; y lo mismo se puede aplicar al resto de autores. Tarea nada fácil cuando hay variedad de libros. Esto originará que las novelas Eco Umberto vayan separadas de los ensayos literarios del mismo autor y así sucesivamente.

Dentro de esa capacidad colonizadora de los libros, tendría que considerar, a los e-books. Ya no sólo en el ordenador sino, también, en el kindle que ya ha empezado a archivar  libros en su biblioteca virtual. Ahí simplemente llegan y se archivan por orden alfabético según el autor. Me imagino cómo sería en ese orden mi biblioteca. Seguiré trabajando para llevar a cabo el orden que me estoy planeando. Sólo veo los libros y pienso: hay mucho por hacer.

En las páginas de Tocar los libros encontraremos interesantes casos acerca de los libros y sus dueños y, también, datos de las bibliotecas de muchos escritores conocidos que nos darán gratas e interesantes sorpresas.

Los animo a leer Tocar los libros, es un libro en pequeño formato pero, estoy seguro, que los hará pensar con respecto al orden de sus bibliotecas, sin importar el tamaño y, también, en ese poder colonizador de los libros. Estoy seguro que disfrutarán con la lectura y pensando en los cambios que harán en sus bibliotecas.

 

Bibliografía:

Tocar los libros, Jesús Marchamalo, Fórcola Ediciones, Madrid, 2010.

 

Carlos Tupiño Bedoya

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DE LAS LIBRERIAS,… – Fray Diego de Arze

Durante una visita a Librería Sur, encontré una edición facsimilar de un libro publicado en 1888 y escrito por Fray Diego de Arze. Este libro, de formato pequeño, lleva un título bastante largo: DE LAS LIBRERIAS, DE SU ANTGUEDAD Y PROVECHO, DE SU SITIO, DE LA ESTIMACION QUE DE ELLAS DEBEN HACER LAS REPÚBLICAS, Y DE LA OBLIGACION QYE LOS PRÍNCIPES, ASSI SEGLARES COMO ECLESIASTICOS, TIENEN DE FUNDARLAS AUGMENTARLAS Y CONSERVARLAS. (*)

Para quienes nos gustan los libros y vemos cómo poco a poco crecen nuestra biblioteca, encontraremos, en este libro, una importante e interesante información acerca de las bibliotecas desde los tiempos antiguos y, más aún si consideramos la antigüedad de la publicación y las fuentes que el autor tuvo a la mano para su investigación.

En el desarrollo del libro, Fray Diego de Arze utiliza “librería” que proviene de su equivalente en latín y que se utilizaba para designar a las “bibliotecas”, que proviene del griego. Desde el título del primer capítulo se puede ver que desea aclarar el uso de los términos: De los nombres con que diversas Naciones llaman las librerías, y en especial los nombres de que usamos los latinos. En el desarrollo del capítulo podemos leer: […] Los hebreos las llaman BETH SEPHARIM, esto es, casa de los libros, […] Los griegos usan la voz Bibliotheca, que quiere decir depósito, ó lugar de libros, […] La voz propiamente latina que significa librería es Libraria, […] …de donde vino librarium, un armario, ó caxon de libros, […] (Páginas 11-12)

Luego vendrán los capítulos que tratan de la antigüedad de las librerías (de ahora en adelante emplearé bibliotecas); de los motivos por lo que se crearon las bibliotecas y de la relación que encuentra entre reyes y libros; las bibliotecas en Roma, la biblioteca del Vaticano, la relación de la Iglesia Católica y las bibliotecas; la imagen de poder que daban las bibliotecas a sus dueños, y muchos temas más que resultan sorprendentes.

A lo largo del libro se ocupa de hacer un recorrido por el tiempo y comenta lo que se sabía en esos años acerca de la biblioteca de Alejandría; también nos habla de la biblioteca de Aristóteles, la de Atenas, de las que hubo en diferentes lugares de Roma y las que pertenecieron a una serie de personajes que van desfilando ante nosotros, dándonos un testimonio de lo que los libros significaban para ellos, es decir, de los que los libros han significado para la humanidad a través de la historia.

Es un libro que nos hace pensar en la laboriosa y exhaustiva investigación que debe haber realizado el fraile para dejarnos estas líneas. Es interesante que en todos los capítulos encontremos citas de textos en latín que contienen el sustento de lo que Fray Diego de Arze escribió. Gracias a los traductores que podemos encontrar en la web nos es posible, para quienes nos interesa, traducir esos textos y leer lo que escribieron los antiguos acerca de las bibliotecas y los libros.

Como fraile franciscano, el libro está escrito desde un punto de vista que resalta la importancia de la Iglesia de Roma en relación con las bibliotecas y su difusión. Como ejemplo encontramos lo que escribe en el título del capítulo VII: Que el fundar librerías es mas propio de Prelados y Obispos, que de otros Principes… […] (Página 69)

Acerca de este tema también les recomendaría leer el libro escrito por Alfonso Reyes, el cual he comentado en este blog: Libros y libreros en la ANTIGVEDAD.

(*) En las citas he conservado la ortografía según aparece en el texto.

delaslibrerias

 

Bibliografía:

De las librerías,…, Fray Diego de Arze, Biblioteca Nacional, Ms. Bb-222, 1888, edición facsimilar publicada por Editorial Maxtor, Valladolid, España, 2012.

 

Carlos Tupiño Bedoya

 

Libros y libreros en la ANTIGVEDAD – Alfonso Reyes

Libros y libreros en la ANTIGVEDAD – Alfonso Reyes

Una joya literaria escrita por alguien que supo de libros.

Estaba en la inauguración de la Librería Sur, el público que se hallaba presente rodeaba los estantes, revisaba los libros, iban seleccionando los que comprarían esa noche inaugural; me acerqué a un estante en el que las personas habían dejado un espacio libre y, mientras revisaba los títulos, atrajo mi atención un pequeño libro con dos letras minúsculas que resaltaban en la portada: ar. Debajo de ellas se leía el nombre que representaban esas dos letras: Alfonso Reyes. Debajo del nombre: LIBROS Y LIBREROS EN LA ANTIGVEDAD. Sólo me bastó dar una breve ojeada al texto y ya había comprado el libro.

En la contratapa se lee: Este pequeño libro es una magnífica introducción, no exenta de erudición a pesar de su brevedad, a la arqueología del libro y las bibliotecas, privadas y públicas, desde los papiros, cuyo material se importaba de Egipto, a la vitela, en la que se comenzó a copiar en el siglo IV todos los textos de la Antigüedad.

El libro se inicia con un extraordinario prólogo escrito por Juan Malpartida, acerca de Alfonso Reyes y los libros. A él se refiere con estas palabras: El poeta y erudito Alfonso Reyes (Monterrey, 1889- Ciudad de México, 1959) desarrolló a lo largo de su vida una obra de dimensiones enciclopédicas. Luego hace mención de su biblioteca personal, actualmente convertida en la Casa Museo Alfonso Reyes; menciona que a dicha biblioteca la llamaron “Capilla Alfonsina”. Qué mejor personaje para que nos cuente acerca de lo que dice el título del libro.

Desde el inicio, el autor nos transporta hacia los tiempos del papiro y como fue llevado, desde Egipto, a otros lugares y escribe: El material del libro clásico era el “volumen” o rollo de papiro. (Página 19). Pasará luego a la cultura griega en la que nos explicará acerca de la abundante producción literaria de los griegos y aquella que ha podido resistir el paso del tiempo hasta nuestros días. Por toda la edad clásica, el rollo de papiro fue el vehículo de la cultura griega. (Página 21).

Al leer la explicación que hace Alfonso Reyes acerca del uso del rollo de papiro, tanto para su escritura como para la lectura, me sentí testigo del manejo de uno de esos rollos. Al leer esas líneas era como si lo estuviera viendo. Muy didáctico. Así, conforme leemos el texto, nos encontramos con sucesos históricos y personajes que nos animan a seguir investigando.

También cuenta del uso de los rollos entre los romanos y las referencias a ellos en la literatura romana, así como las características de las obras de los grandes autores que, estoy seguro, captarán nuestra atención y admiración. Alfonso Reyes menciona una cita de Plinio que nos da una idea de la manera en que eran considerados los libros: A no ser por los libros, la cultura humana sería tan efímera como lo es el hombre.

Luego escribe: Más florece la literatura de un pueblo, más se ensancha el círculo de sus escritores y sus lectores… (Página 33) Esas palabras dan inicio a la parte del Comercio del libro entre los griegos. Aquí nos hace testigos del comercio de los rollos, de las librerías y bibliotecas; también nos muestra los nombres de los dueños de algunas bibliotecas, de algunos encargados de hacer las copias, es decir, del mercado de libros que ya existía en esos tiempos.

En las páginas de ese libro, también nos habla de la propagación de las obras de Homero. Casi en todos los fondos de papiros que se van descubriendo se hallan pedazos de Ilíadas y de Odiseas. […] Homero era la propiedad común y el emblema del helenismo, […] (Página 38). Igualmente, hace mención de Demóstenes como otro de los muy leídos; nos cuenta acerca de la biblioteca de Pérgamo y del alto nivel cultural de la época. Esta parte del libro también contiene una rica referencia de nombres y lugares que enriquecen el texto.

Luego se encargará de los Editores romanos, haciendo una didáctica y detallada explicación de los editores romanos y el funcionamiento de esas editoriales, así como su relación con los autores a los que hacían las copias de sus obras. Igualmente interesante resulta la cantidad de nombres, lugares y fechas que incluye, las cuales logran despertar la curiosidad y el interés del lector. En medio de ese auge en el comercio de los libros, también se hace presente la destrucción de muchos libros, aún bibliotecas enteras por acciones que emprendieron hombres como Domiciano y otros. Es triste pensar en todas las obras que fueron destruidas y que, en la actualidad, sólo hay referencias de que existieron; esto sin considerar toda esa cantidad de libros de los que simplemente no quedó rastro. ¿Qué habrían contenido cada uno de ellos?

Luego nos contará acerca de Las librerías en Atenas y en Roma y, entre otras cosas, nos enteraremos que ya existía la venta de libros viejos. Una parte muy interesante en el libro.

Para finalizar se ocupa de Las antiguas bibliotecas y los antiguos bibliófilos. Es un grato paseo por la historia y sabremos los nombre de aquellos coleccionistas y cómo organizaban sus bibliotecas. Encontraremos casos muy interesantes y asombrosos.

Al terminar de leer el libro, sólo pude pensar en las palabras de Juan Malpartida, autor del prólogo, las cuales se reproducen en la contratapa y las he citado arriba. No deja de sorprenderme que un libro pequeño pueda contener toda una excelente introducción a un tema tan amplio. Les aseguro que al leerlo podrán realizar ese viaje a través de la historia y la cultura y disfrutar con los libros y libreros en la antigüedad. Mejor título para el libro, imposible.

 

Bibliografía:

LIBROS Y LIBREROS EN LA ANTIGVEDAD, Alfonso Reyes, Fórcola Ediciones, Madrid, 2011.

 

Carlos Tupiño Bedoya