Eine Bretzel bitte

Eine Bretzel bitte

Me gusta disfrutar el sabor de un buen pan. Cuando viajo, veo una oportunidad de probar los panes en las ciudades que visito. El viaje a Alemania no fue la excepción.

Desde el primer paseo en las ciudades alemanas, que se inició en Hamburgo, llamó mi atención la gran variedad de panes que se pueden encontrar y saborear en los diferentes establecimientos: panes con almendras, con semilla de girasol, con nueces, de cebada, es decir, una exquisita variedad, como preparados pensando en satisfacer no sólo los paladares más exigentes sino, también, los más diversos; sin embargo, dentro de toda esa espectacular variedad, uno de los que me fascinó fue el Bretzel. Empecé a saborearlo desde el primer paseo. Recuerdo que el precio era de €0.50 y los podía encontrar en los establecimientos que hay en el metro, en los centros comerciales, en el puerto, en las estaciones de los buses, y en cada café que uno pueda encontrar en las ciudades, donde aparte de saborear los deliciosos panes, se puede disfrutar de un excelente café.

En cada ciudad, las panaderías eran una visita obligada y siempre las encontraba en mi camino, tal como sucedió en Heidelberg, Bergedorf, Ahrensburg, Trier, Berlin, Lübeck. En todas esas ciudades tenían el mismo sabor… tan especial. Era como si todos esos Bretzel hubieran sido hechos con una misma receta y por un mismo panadero.

Una tarde de invierno del mes de enero, que podía confundirse fácilmente con la noche –a las cuatro de la tarde estaba oscuro–, estábamos en Ahrensburg, ubicada al noreste de Hamburgo, y decidimos ir a tomar un café al Caligo-Coffee –acogedora y elegante cafetería, con fama de preparar un delicioso café– ubicado en la calle Rondeel, una vía peatonal en la que se encuentran diferentes establecimientos comerciales en el centro mismo de esa pequeña, hermosa y acogedora ciudad. Dentro del local se podía leer: KAFFEE SPEZIALITÄTEN ZUM GENIESSEN. Lo primero que pedí no fue precisamente el café sino un jugo de ciruelas con banana; no recuerdo el nombre en alemán pero no olvido esa extraña y deliciosa mezcla de sabores. Luego de disfrutar ese jugo, pedí el café –la especialidad de la casa–. Como ya había aprendido la lección en otros cafés visitados anteriormente, solo me limité a pedir un kaffee. Si se pide un café americano o simplemente un americano, la persona que toma el pedido preguntará: “¿qué es eso?”, y luego que uno le da la explicación nos responderán que eso se llama Kaffee –simplemente café con agua. Mientras esperaba el café y miraba por la ventana la escena de los paseantes con gruesas y coloridas ropas, alumbrados por las luces amarillas provenientes de los faroles ubicados a lo largo de la zona peatonal, llenando ese ambiente invernal con una agradable calidez; de pronto, vi una panadería, exactamente frente al lugar en que nos encontrábamos; en el letrero encendido se leía: Junge Die Bäckerei. Les pedí a mi esposa y a mi cuñada que me enseñaran la frase en alemán para pedir el Bretzel. Inmediatamente la repetí: Hallo, eine Bretzel bitte. Acto seguido, me dirigí a la panadería, listo para pronunciar esa frase y obtener el delicioso pan para acompañar el café que estaba esperando. Entré en la panadería y empecé a mirar las diferentes canastas conteniendo toda esa variedad de panes; hasta que mis ojos vieron la ansiada canasta con el pequeño cartel que decía Bretzel… pero,… estaba vacía… era la única canasta vacía. Cuando la señorita que atiende me saludó, simplemente pregunté: ¿Bretzel? Ella respondió: nein, moviendo la cabeza como queriendo no dejar dudas acerca de su respuesta. Simplemente, di media vuelta y regresé por el café que ya había sido servido.

“Luego” de ese suceso, en la penúltima noche de nuestro viaje, nos habíamos quedado a dormir en la casa de mi cuñada y, en la mañana me di el gusto de ir a comprar –yo solo– el pan para el desayuno con la familia. Mientras caminaba hacia la panadería, en medio de la lluvia y el viento helado que daban un aspecto especial a esa mañana que forma parte de mis gratos recuerdos, pensaba en cómo pediría la variedad de panes que deseaba comprar para el desayuno. Luego de caminar unas cuadras llegué a la panadería. En medio de la calefacción del local y el calor emanado por los hornos elegí diversos panes entre toda esa variedad que ofrecían al público. Simplemente los señalaba con la mano, indicando con los dedos cuantos quería comprar. Cuando tuve que cancelar los panes, le señalaba a la cajera los tipos de pan y cuántos había comprado, luego me dijo la cantidad total; se dio cuenta que no entendí y con toda amabilidad escribió la cantidad de Euros en un papel. Al salir con mi compra, vi en un costado del mostrador una canasta repleta de Bretzels –estaba casi escondida por otras canastas de pan– y pensé: “ahora o nunca”. Volví a entrar, me dirigí a la señorita del mostrador y le dije: eine Bretzel bitte, ella me lo entregó y me dijo con mucha cordialidad: vielen dank; sonriendo le contesté: tchüss, mientras abandonaba la tienda, no sólo con el Bretzel, sino también con el pan para el desayuno, previo a nuestro regreso de tierras alemanas.

 

Carlos E. Tupiño
Febrero, 2017

De mi biblioteca: “Arte en flujo”

De mi biblioteca: “Arte en flujo”

“A comienzos del siglo XX, el arte y sus instituciones fueron sometidos a la crítica de un nuevo espíritu democrático e igualitario. El suprematismo de Malévich, el futurismo de Marinetti y el trabajo de los artistas de la Bauhaus desacreditaron tanto la noción de la obra de arte como objeto sagrado, como la función preservativa de los museos y las promesas de eternidad materialista que estos auguraban. En términos de Boris Groys, esto sentó las bases para el desarrollo de un ‘realismo directo’: un arte sin producto, que no produce objetos sino prácticas destinadas a no sobrevivir, como las performances, las instalaciones y el arte relacional. Con ello, se cumple uno de los objetivos más radicales de las vanguardias: el arte abandona su distinción y sus privilegios, y se entrega a la corriente del tiempo, a la disolución que pesa sobre el flujo de todas las fuerzas materiales.

En continuidad con las líneas de reflexión abiertas en Volverse público, Groys examina en estos ensayos con sutileza la intensificación de estos procesos en el contexto de la migración masiva de las prácticas y las instituciones culturales a Internet, donde el impulso inicial de las vanguardias históricas pareciera encontrar su culminación. En el ámbito de la Web, podría decirse que no hay arte sino información sobre arte, que opera en el mismo espacio que la estrategia militar, el negocio turístico y los flujos de capital, como una más entre todas las cosas de este mundo, como una entre tantas señales evanescentes de un presente transitorio.” (Contratapa)

Arte en flujo
Ensayos sobre la evanescencia del presente
Boris Groys
Caja Negra Editora, Buenos aires, 2016
224 páginas

Dos ciudades y un café que hace la diferencia

Dos ciudades y un café que hace la diferencia

En el libro La eternidad de un día, que incluye una extraordinaria muestra del periodismo alemán entre 1823-1934, figura El ritmo de Nueva York de Stefan Zweig. En esas líneas escritas en 1911, el escritor vienés describe una serie de situaciones y detalles que muestran a esa ciudad como el lugar en el que el descanso parece haber sido absorbido por todo lo que ofrece al visitante.

En medio del movimiento de esa heterogénea masa humana, en el que se escuchan diferentes idiomas, se aprecian diferentes vestimentas y se ven personas que provienen de todas partes del planeta, como si fuera una muestra de las naciones del mundo en ese lugar, Zweig recuerda París –ciudad de la que había arribado– y hace una comparación entre ambas metrópolis, entre lo que el visitante puede encontrar en ellas. Aquí un fragmento del texto:

“[…] Trate usted de quedarse quieto un instante en Broadway y contemplar lo que le rodea, aunque sólo sea hacer una fotografía: enseguida lo apartan hacia un lado, lo empujan, lo arrastran y ya está de nuevo integrado en el flujo de la masa. No hay espacio para el sosiego: la ciudad no tiene intención de conceder una pausa. Esto llama aún más la atención si se acaba de llegar de París. En febrero, en pleno invierno, uno se topa allí por todas partes con las mesas redondas, las sillas y los bancos que los cafés han sacado a la calle; cada esquina es una invitación a sentarse, a hacer una pausa, a contemplar. Y uno no se arrepiente si cae en la tentación de tomar asiento, porque ante él se proyecta, cual película sin final, el espectáculo cinematográfico de la calle. […]” (*)

Lo que escribió Zweig en 1911 sigue siendo actual; la vorágine en la Gran Manzana y la quietud en la Ciudad Luz, estrechamente ligada a los cafés que son parte importante de la cultura y sociedad europea, son aspectos que diferencian a Nueva York de París. En las novelas, relatos y crónicas de los escritores centroeuropeos, como Stefan Zweig, Joseph Roth, Arthur Schnitzler, Alfred Polgar y otros, los cafés están presentes en esas páginas.

La lectura del artículo de Zweig, me hizo recordar una crónica que escribí en un café de París, una tarde cualquiera de un mes de enero, en el que se podía sentir el viento frío del invierno mientras tomaba un esperesso. A continuación, el texto que titulé:

Un café en París.

Era mi última tarde en París, y estaba haciendo algo que había deseado desde que llegué a la Ciudad Luz… tomar una taza de café en un típico café parisino con mesitas en la vereda. Allí me encontraba, en un café ubicado en la Quai St. Michel, nada menos que frente a la catedral de Notre Dame; también tenía frente a mí los edificios de la Conciergerie –en la que eran recluidos los condenados a la guillotina- y del Palais de Justice. Además pensaba en la cultura, el arte y  la bohemia que forman parte de la atmósfera de esa ciudad que ha albergado a muchos filósofos, intelectuales, escritores y pintores, y que ha servido de marco para muchas novelas, cuentos y pinturas.

Una joven camarera me trajo un espresso, el cual minutos antes le había pedido. Era un café cargado, muy aromático y, por supuesto, caliente para esa fría tarde de invierno que había sido precedida por una mañana muy soleada. Fue uno de los cafés más deliciosos que tomé ese mes que estuve en Europa.

Desde mi ubicación podía ver también un grupo de los tradicionales vendedores de libros usados, entre los que se pueden encontrar verdaderas joyas de la literatura; estos vendedores también forman parte del ambiente parisino que ha servido de inspiración a muchos artistas, el mismo que se puede disfrutar si uno está dispuesto a percibirlo, si uno está en la misma frecuencia. Mientras saboreaba los primeros sorbos de aquel delicioso café, la atmósfera del lugar me invitaba no sólo a observar todo aquello que me rodeaba, sino también a poder gozar de una buena lectura y, por qué no, de poder inspirarme para crear algún relato, de sentirme cual escritor en un café parisino.

Era el lugar y el momento propicio para recordar todos los escenarios que había conocido hasta ese momento y, uno de los que vino principalmente a mi memoria fue el paseo en el Bateau Parisien. Evoqué el recorrido por el río Sena, en el que se podían apreciar desde la cubierta de la embarcación diferentes lugares de interés de la Ciudad Luz, y mientras eso sucedía se dejaba escuchar La vie en rose cantada por la inolvidable Edith Piaff. ¡Realmente el arte y la historia están en cada lugar de París! Aún en los puentes que cruzan el Sena, como el Pont-Neuf por el que transitaron la señorita Pross y el señor Cruncher, personajes de la novela Historia de dos ciudades del gran Dickens. Luego, casi al terminar el recorrido se podían escuchar las notas del Can Can en honor al pintor Toulusse Lautrec, mientras explicaban aspectos de su vida y la historia de las modelos que posaron para los afiches que él pintó.

Continuaba saboreando ese delicioso espresso y pensaba en la visita al barrio latino –famoso por los sucesos de Mayo del 68-, el cual es mencionado muchas veces en las obras de Bryce Echenique; también pensaba en los ultra pequeños departamentos para estudiantes, uno de los cuales podía ver desde mi habitación en el hotel ubicado en la rue de Strassbourg; en los hoteles antiguos y clásicos; y en la Maison de Victor Hugo, la cual resulta un verdadero deleite para el amante de la literatura y la historia, donde se pueden apreciar, entre otras cosas de interés: los afiches que se hicieron para las primeras versiones de la película Les Misérables, siendo el más elaborado el de la versión que protagonizó Jean Gabin.

También pasaba por mi mente el paseo a la Tour Eiffel y las notas de El cóndor pasa que se escuchaban en ese lugar y me hacían recordar a Bryce cuando escribió: “En fin, que acababa de estallar el boom de la literatura latinoamericana, en París y donde se le pusiera, y acaba también de alzar su vuelo mundial El cóndor pasa.” Definitivamente, esa canción se ha convertido en parte del lugar y es para todos los turistas.

Igualmente desfilaban por mi memoria la extensa avenue des Champs Élisées; que une a la Place de la Concorde –en la que se levanta el Obélisque de Louxor, un legado de la tierra de los faraones con la Place de Charles de Gaulle en la que se encuentra el Arc de Triomphe; además, el Musée du Louvre que sirvió de residencia a los reyes durante los siglos XVI y XVII; y tantos otros lugares y monumentos que han hecho famosa a la ciudad que influyó al mundo con las corrientes del pensamiento humanista y las innovaciones en la novela.

Estando en ese momento de tranquilidad en medio de la ciudad y con la segunda tasa de espresso en mi mano, no pudo faltar en mi memoria un texto que escribió Julio Ramón Ribeyro en sus Prosas apátridas: “Hay tardes de primavera en París, como esta de hoy, soleada, dorada, que no se viven, sino que se desgajan y manducan como una mandarina. Y para ello nada mejor que una taza de café, una bebida tonificante, una vacancia de la atención, un dejar que nuestra mirada en reposo reciba las imágenes del mundo, sin preocuparse de encontrar en ellas orden ni sentido ni prioridad. Ser solamente el cristal a través del cual nos penetra intacta la vida.”

Fue la oportunidad para recordar todo lo conocido, para sentir el espíritu bohemio y artístico que flota en el ambiente parisino; simplemente percibir lo que nos rodea, o como dice Ribeyro: “Ser solamente el cristal a través del cual nos penetra intacta la vida” mientras se disfruta de un delicioso café.

 

Carlos E. Tupiño
Enero, 2017

 

(*) Stefan Zweig. «El ritmo de Nueva York». En La eternidad de un día. Clásicos del periodismo alemán (1823-1934).Barcelona Acantilado, Barcelona, 2016, p.170

Nota: Un café en París, lo publiqué originalmente el 27 de marzo del 2014. El texto incluido en este post ha sido revisado y corregido.

De mi biblioteca: “Volverse público”

De mi biblioteca: “Volverse público”

“Recordemos la conocida frase de Joseph Beuys: ‘Todo ser humano es un artista’. Esta máxima tiene una larga tradición que se remonta al marxismo temprano y a la vanguardia rusa. Lo que se entendía en ese momento como utopía se ha convertido hoy en una obligación: todo ser humano tiene que asumir una responsabilidad estética por su apariencia frente al mundo, por el diseño de sí. Aunque no todos producen obras, todos son una obra.

A fines del siglo XX, el arte entró en una nueva era: la de la producción artística masiva. Mientras que el anterior fue un período signado por el consumo del arte, en nuestra época la situación se modificó al compás de los avances técnicos y de los cambios en los criterios que utilizamos para identificar qué es arte y qué no lo es. El acceso relativamente fácil a variados dispositivos para la producción de imágenes combinado con Internet como plataforma de distribución global alteró la relación tradicional entre productores y espectadores: las redes sociales y los sitios como Facebook, Twitter, YouTube y Second Life ofrecen a la población global una oportunidad de mostrar sus fotos, videos y textos de un modo que no puede distinguirse de cualquier otra obra de arte conceptualista o post-conceptualista. Asistimos a la sustitución del campo unificado de la cultura de masas por un escenario de fragmentación en el que millones de productores generan textos e imágenes para un espectador que no tiene suficiente tiempo para leer y ver. En los ensayos que componen Volverse público, Boris Groys describe diversos aspectos de esta transformación radical del campo del arte, desde sus manifestaciones embrionarias en los proyectos de artistas de vanguardia como Duchamp, Kandinsky y Malevich hasta la actualidad, en la que la actividad artística pareciera no ser más un destino sino un gesto débil, una tarea que asumimos cotidianamente en el nuevo ágora mediática.” (Contratapa)

Volverse público
Las transformaciones del arte en el ágora contemporánea
Boris Groys
Caja Negra Editora, Buenos Aires, 2016
208 páginas

Una mirada a mis lecturas del 2016

Una mirada a mis lecturas del 2016

Cada fin de año aparecen diferentes listas de los libros recomendados, de los más vendidos, los que ha elegido algún grupo de críticos, revistas, etcétera. El pasado 2016 no fue la excepción. Es cierto que resulta interesante dar una mirada a esas listas en las que hay para todos los gustos.

Sin embargo, el año pasado lo finalicé disfrutando las lecturas de dos excelentes libros: Los judíos vienes de la Belle Époque de Jacques Le Rider y La eternidad de un día. Clásicos del periodismo literario alemán (1823-1934), además de dedicar un buen tiempo a catalogar y ordenar mi biblioteca.

En estos primeros días del 2017, efectué una revisión de los libros que llegaron a mi biblioteca el año pasado. A continuación, comparto con ustedes algunos de los títulos que tuve el placer de leer. Esta lista no sigue un orden específico.

Debido al trabajo de investigación que estoy haciendo, pude encontrar en Librería Sur una variedad de libros de la Universidad Nacional del Altiplano (UNA) sobre los años de la vanguardia y el indigenismo en Puno, libros muy difíciles de hallar fuera de la ciudad del Altiplano. Entre ellos figuran: La vanguardia puneña (U.N.A., Puno, 2013) una edición que pone al alcance del lector los facsimilares de nueve poemarios pertenecientes a siete poetas vanguardistas que fueron publicados en la segunda y tercera década del siglo pasado; Orgullo aymara (U.N.A., Puno, 2013) reúne la poesía de Carlos Dante Nava (Lima, 1898 – Puno, 1958); Vanguardia plebeya del Titicaca. Gamaliel Churata y otras beligerancias estéticas en los Andes (U.N.A., Puno, 2015) una amplia investigación de Elizabeth Monasterios que recorre las diferentes manifestaciones vanguardistas y estéticas en los años 20 del siglo pasado y El intolerable fuego de la palabra (U.N.A., Puno, 2013) de José Luis Ayala.

De esa misma casa de estudios, encontré Mateo Jaika. Narrativa completa (U.N.A., Puno, 2015), una importante edición que rescata el trabajo de este importante escritor puneño, cuyo verdadero nombre fue Víctor Enríquez Saavedra. Su época más fecunda fue en la década de 1920.

Otro hallazgo en mis búsquedas bibliográficas fue el libro editado por Fondo Editorial del Congreso del Perú (Lima, 2016); lleva por título Ezequiel Urviola y el indigenismo puneño. Esta edición reúne cuatro obras del historiador puneño Augusto Ramos Zambrano: la que da título al libro, luego siguen Tormenta altiplánica, Rumi Maqui y La rebelión de Huancané.

Junto con los temas de la vanguardia, estuvieron los relacionados a las revistas literarias de las décadas de los años 20 y 30. Buenos aportes para estos temas fueron la Revista de Crítica Literaria Latinoamericana, Año XX, Nº 62, segundo semestre 2005 [Latinoamericana Editores (Lima-Berkeley)] y la Revista Iberoamericana Números 208-209, julio-diciembre 2004, (Instituto Internacional de Literatura Iberoamericana, Pittsburgh), en una edición dedicada a las Revistas literarias/culturales latinoamericanas del siglo XX.

En mis visitas a la biblioteca del Centro de Estudios Literarios Antonio Cornejo Polar (CELACP) pude adquirir Escribir en el aire. Ensayo sobre la heterogeneidad socio-cultural en las literaturas andinas de Antonio Cornejo Polar (CELACP, Lima / Latinoamericana Editores, Berkeley, 2003). Los textos que incluye el libro permiten dar una mirada a la heterogeneidad socio-cultural en los diferentes espacios socio-culturales del Perú. Sobre este mismo encontré Heterogeneidad y Literatura en el Perú (CELACP, Lima, 2003). En este libro, James Higgins reúne las ponencias de doce autores presentadas en el seminario sobre Heterogeneidad y Literatura en el Perú que se realizó en Lima (2001) y Liverpool (2002).

Otro importante libro que pude conseguir fue Indigenismo y nación. Los retos a la representación de la subalternidad aymara y quechua en el Boletin Titikaka (1926-1930), de Ulises Juan Zevallos Aguilar (Universidad Nacional del Altiplano, Puno, 2013. La primera edición hecha por el Instituto Francés de Estudios Andinos y el Banco Central de Reserva del Perú, en el 2002, se agotó hace mucho y resultó imposible conseguir un ejemplar. Afortunadamente la universidad puneña publicó la segunda edición. Este libro, junto con el de Cynthia Vich, son dos de los principales trabajos que analizan al Boletin Titikaka de Puno.

Pasando a otros temas, tuve la oportunidad de conocer al filósofo, crítico de arte y teórico de los medios Boris Groys en un evento que organizó la Librería Sur. Conseguí tres de sus obras: Volverse público. Las transformaciones del arte en el ágora contemporánea (Caja Negra Editora, Buenos Aires, 2016), Arte en flujo. Ensayos sobre la evanescencia del presente (Caja Negra Editora, Buenos Aires, 2016) y Obra de arte total Stalin (Pre-Textos, Valencia, 2008), aún pendiente de lectura. Los dos primeros, sencillamente extraordinarios, lecturas nada fáciles pero que captan la atención del lector interesado. La filosofía está presente en cada una de sus páginas, así como importante información y análisis de las vanguardias europeas y sus manifestaciones, principalmente en el aspecto relacionado al arte. En los textos aparecen los nombres de personajes vinculados a la vanguardia rusa y otros “ismos” europeos.

Durante mi visita a la FIL de Lima, encontré una “joya”: Los Contemporáneos en EL UNIVERSAL. Jorge Cuesta / Salvador Novo, Jaime Torres Bodet / Xavier Villaurrutia (El Universal, Compañía Periodística Nacional, S.A. de C.V. / Fondo de Cultura Económica, México, D.F., 2016); es una edición que contiene una selección de textos publicados en el diario mexicano entre 1919 y 1935 e incluye un excelente prólogo de Vicente Quiriarte que presenta a esa joven generación de escritores que fue conocida como Los Contemporáneos. Los artículos abarcan temas como la cultura, literatura, cine, política y, sobre todo, permite apreciar el estilo de cada uno de los escritores mencionados.

El año pasado también pude encontrar un libro que venía buscando hacía tiempo: Cómo leer un poema de Terry Eagleton. Leer esas páginas es como asistir a una clase del maestro Eagleton, con la calidad mostrada en sus demás obras.

La editorial Siglo XXI de Buenos Aires publicó una nueva edición de Ensayos Argentinos. De Sarmiento a la vanguardia, que contiene textos de Carlos Altamirano y Beatriz Sarlo; fue un libro que disfrute desde la primera página. En la contratapa del libro se lee: “Decir que Ensayos argentinos es ya un clásico dista de ser una exageración. Testimonio de trabajo conjunto de dos intelectuales decisivos en la conformación de la crítica literaria y cultural actual en el país, se convirtió muy rápidamente en una obra de referencia para generaciones de investigadores, estudiantes, docentes, lectores en general. […]”. De la pluma de Beatriz Sarlo, Plan de operaciones. Sobre Borges, Benjamin, Barthes y Sontag (Ediciones Universidad Diego Portales, Santiago, Chile, 2013) fue uno de los libros con los que inicié al año pasado; ensayos de la autora argentina que ilustran diferentes aspectos de la vida y obra de los personajes indicados en el título del libro.

También llegaron a mis manos libros de poesía peruana: Entre cielo y suelo de Carlos Germán Belli (Editorial Point de Lunettes, Sevilla, 2016, Colección Los avisos de Point), Simio meditando (ante una lata oxidada de aceite de oliva) de Mario Montalbetti (Mangos de Hacha, S.A. de C.V., México, D.F., 2016), Poesía reunida (1949-2000) de Blanca Varela (Casa de Cuervos / SUR Librería Anticuaria, Lima, 2016).

Un libro de uno de mis poetas y ensayistas favoritos, Octavio Paz, llegó a mi biblioteca el pasado 2016: Los hijos del limo (Tajamar Editores Ltda., Santiago, Chile, 2008). Paz efectúa un análisis crítico de la poesía; sin embargo: “No es un trabajo de literatura comparada, sino la reflexión de un lector animado por la poesía como forma de vida.” (Contratapa)

El periodismo literario también formó parte de mis mejores lecturas: La ciudad como utopía. Artículos periodísticos sobre Lima 1953-1965 de Sebastián Salazar Bondy (Universidad de Lima, Lima, 2016), Reportero. Los mejores artículos del director del New Yorker de David Remnick (Penguin Random House Grupo Editorial S.A.U., Barcelona, 2015) y la ya mencionada La eternidad de un día. Clásicos del periodismo alemán (1823-1934) (Acantilado, Barcelona, 2016).

Los trabajos que presentaron en el VII Coloquio Internacional de Historia Literaria. La prensa en el devenir literario (Lima, 2015), fueron reunidos en el libro Prensa, literatura y cultura. Aproximaciones desde Argentina, Colombia, Chile y México (Centro de Estudios Literarios Antonio Cornejo Polar, Lima / Universidad de Antioquia / Grupo de investigación Colombia. Tradiciones de la palabra, Medellín, 2016). Textos que permiten apreciar las diferentes investigaciones académicas en los grupos de los países indicados.

Otro libro relacionado con la cultura ha sido El sentido social del gusto. Elementos para una sociología del gusto de Pierre Bourdieu (Siglo Veintiuno Editores Argentina S.A., Buenos Aires, 2010). En los ensayos que incluye el libro, Bourdieu analiza la configuración de cada uno de los campos de producción cultural.

De Miguel Ángel Huamán Villavicencio pude leer Literatura y cultura. Una introducción (Mantaraya S.R.L., para su sello Dedo Crítico Editores, Lima, 2016. Cito unas palabras de la contratapa del libro: “[…] permite a sus lectores comprender que la literatura es parte de un sistema mucho mayor que obviamente incluye a la sociedad, pero de una manera mucho más definida y definible incluye a la cultura. […]”

A mediados de año apareció la edición facsimilar del Boletín Titikaka (Centro de Estudios Literarios Antonio Cornejo Polar, Mauro Mamani Macedo, Lluvia Editores, S.R.L., Lima, 2016). En esas páginas pude dar una nueva leída a los treinta y cuatro números de la publicación puneña. Los textos introductorios a cargo de Mauro Mamani y Helena Usandizaga resultan de mucho provecho para el lector.

Un pequeño, conciso e interesante libro captó mi atención: Estética. Historia y fundamentos de Monroe C. Beardsley y John Hospers (Cátedra, Colección Teorema, Madrid, 2007); sus páginas ofrecen un panorama de la historia de la estética desde los clásicos griegos hasta las teorías contemporáneas.

Un libro que adquirí por una recomendación fue La vida sin dueño de Fernando de Szyszlo (Penguin Random House Grupo Editorial, sello Alfaguara, Lima, 2016). Lo recomiendo. Leerlo es como escuchar hablar al autor, una persona cuya pasión es la pintura, y la cultura está presente como parte de su vida. Esas páginas contienen parte de la historia cultural peruana, en la pintura, literatura, poesía, etcétera. El lector ve desfilar personajes como Octavio Paz, José María Arguedas y un sinfín de personalidades que estuvieron presentes en la vida del autor, tanto en Lima como en París y otras ciudades. Es un libro que disfruté de principio a fin.

Si bien la mayor parte del tiempo de lecturas fue ocupada por el ensayo, pude dar un tiempo a la narrativa; fueron principalmente autores centroeuropeos lo que captaron mi atención y están entre mis favoritos. Por ejemplo: Robert Walser con sus Historias (Ediciones Siruela, Madrid, 2010); Joseph Roth con El jefe de estación Fallmerayer (Acantilado, Barcelona, 2010), El busto del Emperador (Acantilado, Barcelona, 2011), La Cripta de los Capuchinos (Acantilado, Barcelona, 2010); de Arthur Schnitzler pude leer: Relato soñado (Acantilado, Barcelona, 1999), El teniente Giustl (Acantilado, Barcelona, 2012); del infaltable Stefan Zweig, su Correspondencia con Hermann Hesse (Acantilado, Barcelona, 2009), Carta de una desconocida (Acantilado, Barcelona, 2012) y la biografía que escribió sobre Montaigne (Acantilado, Barcelona, 2014). Cada uno de estos libros permite apreciar el estilo de estos escritores centroeuropeos y las historias que cuentan, en las que están presentes las diferentes manifestaciones de la naturaleza humana.

Otra de las obras que disfruto de a poco, son las historias de Las mil noches y una noche (Ediciones Cátedra, Madrid, 2007, tomos I y II). Es una hermosa edición y en sus páginas disfruto de las historias que cuenta Schahrazada, el personaje central de esta monumental obra que muestra, además, la esencia del cuento.

Este 2017 lo he iniciado con una novela, también de un escritor centroeuropeo: Adiós, Shanghai del búlgaro Angel Wagenstein (Libros del Asteroide, S.L.U., Barcelona, 2011). Ya estaré compartiendo una reseña de este libro.

Aparte de estar atentos a las novedades editoriales para este año, también aconsejo visitar las librerías en busca de aquellos libros viejos que no han vuelto a ver una nueva edición y que en sus páginas encierran interesantes ensayos, novelas, cuentos, poesía y están a la espera de ser hallados por un lector.

 

Carlos E. Tupiño
Enero, 2017

 

El teniente Gustl – Arthur Schnitzler y el diálogo interior

El teniente Gustl – Arthur Schnitzler y el diálogo interior

Al internarnos en la obra del médico, escritor y dramaturgo Arthur Schnitzler (Viena, 1862-1931), no deja de sorprender la maestría con la que explora la naturaleza humana mediante los personajes que ha creado y en las historias que desarrolla. El teniente Gustl, novela corta escrita en 1900 y cuya trama se desarrolla en Viena, es considerada no solo como una de sus mejores creaciones sino, además, como la primera novela escrita en alemán que utiliza el diálogo interior, una técnica que supo desarrollar de manera sorprendente y luego, fue utilizada también por escritores como Joseph Roth y Stefan Zweig.

En El teniente Gustl podemos percibir desde el inicio todo ese bagaje de sentimientos, dudas, temores e inconformismos que llenan la vida del protagonista y que se manifiestan por medio de la voz interior del personaje, una voz que capta la atención del lector hasta el final de la historia.

En las páginas de la novela, Arthur Schnitzler muestra el panorama de Viena en el período de transición entre dos siglos (XIX y XX), considerada como la época dorada a pesar de los cambios que se avecinaban sobre Europa Central. En ese ambiente se encuentran los teatros, óperas, conciertos de música clásica y los salones de café como parte de la vida social en la que las tradiciones, la cultura y la defensa del honor tienen un papel importante. Es en este contexto que se desarrolla la historia del teniente Gustl.

La novela empieza en un teatro, en el que el protagonista –el teniente Gustl–– asiste a un concierto. Su impaciencia para que acabe la función se muestra desde el inicio de la novela: “¿Cuánto más durará esto? Debo mirar el reloj… aunque tal vez no esté bien en un concierto tan serio. Pero ¿quién se dará cuenta? Si alguien me ve, es porque pone tan poca atención como yo, y ante él no debo avergonzarme…” En esa impaciencia del protagonista se deja ver su preocupación por lo que los demás puedan pensar de él, de su comportamiento, de lo que hace, la cual será el eje sobre el que gira la personalidad del teniente. Finalizada la función, un incidente en el guardarropa será el inicio de la situación que se convertirá en el hilo conductor que llevará a Gustl hasta el inesperado desenlace final.

En el guardarropa el teniente tiene un intercambio de palabras con un hombre gordo; cuando se le acerca lo reconoce y, además, por su pensamiento podemos conocer cómo considera a ese hombre: “Ahora se vuelve hacia mí… ¡Pero si lo conozco! Caramba, es el pastelero que siempre va al café… ¿Pero qué hace aquí? Seguramente tiene una hija o algo así en la academia de canto… Y ahora, ¿qué es esto? Sí, ¿qué está haciendo? Parece que… sí… ¡Santo Dios!, ha tomado la empuñadura de mi sable… Sí. ¿Estará loco?… […] El pastelero le gritará que se calle y le lanza esta amenaza: “Señor teniente: a la menor provocación, saco el sable de la funda, lo parte en dos y mando los trozos a su regimiento. ¿Entendido, imbécil?”

Es estos dos fragmentos, Schnitzler presenta algunos aspectos que formaban parte del contexto social y se mantienen a lo largo de la novela; aparece una de las tantas menciones a los cafés que eran el centro de reunión de intelectuales, escritores, artistas; tenían importancia en la sociedad vienesa y la siguen teniendo en la actualidad. También se aprecia una muestra de lo que podría considerarse como segregación social, por la manera en que se pregunta qué hace el panadero en el concierto. Esa actitud la veremos en varios momentos de la novela pero, dirigida a los judíos, como una muestra del antisemitismo que ya se daba en esos años en la Europa Central. Luego tenemos las palabras del panadero amenazándolo con romperle el sable; palabras que no tienen el mismo significado que podrían tener hoy. En los años del contexto de la novela, cuando un oficial era degradado su espada era partida delante de todos.

Esto nos da una idea de cómo debió sentirse Gustl: por los gritos recibidos, por haber permitido que un extraño coja su sable, amenace con partirlo y, finalmente, lo llame imbécil. A todo esto habría que añadir su preocupación por lo que los demás piensen de él, tal como se aprecia en las palabras que dan inicio a la novela. El teniente empieza a hacer suposiciones que solo están en su imaginación, producidas por la humillación que había pasado. Esas palabras interiores del teniente nos dicen que piensa matar al panadero y, si no lo hace, se enterarán en los cafés cómo ha sido tratado en público; también piensa en un duelo que ni siquiera se ha pactado y del que se siente indigno para batirse con el panadero. Esas cavilaciones que brotan del interior del personaje, Schnitzler las utiliza para darnos una muestra de su destreza en el manejo del diálogo interior que se da en el abrumado Gustl.

A partir de ese momento empezará el deambular del teniente Gustl por las calles de Viena, dialogando consigo mismo y teniendo presente en todo momento el “por qué y las dudas” que lo atormentan. Una pregunta parece estar presente en todo momento en el interior del protagonista: ¿se habrían dado cuenta de la forma en que le habló el pastelero?  Piensa en el suicidio como la única vía de escape para desaparecer de la humillación en que se encuentra. En esas palabras que brotan dentro de él y para él, en medio de su tormento emocional piensa en diferentes maneras de avisar a alguien el motivo de la decisión de quitarse la vida. Una de esas opciones es dejar una carta a su amigo Kopetzky que fue por quién terminó asistiendo al concierto.

Conforme se avanza en la lectura del texto se puede apreciar la manera en que Schnitzler explora y desmenuza los sentimientos que anidan en lo profundo del ser humano, dando una muestra de observador de las emociones y de aquello que sólo puede salir del interior de una persona como reflejo de lo que es, cómo se siente consigo mismo y con la sociedad que lo rodea. Con el manejo del diálogo interior hace “visible” lo que anida en el interior de su personaje.

Sigmund Freud supo apreciar esa cualidad del escritor y médico vienés; en una carta le escribió: “Su determinismo, su escepticismo –que la gente llama pesimismo–, su sensibilidad ante las verdades del inconsciente, ante la naturaleza pulsional del hombre, su disección de nuestras certidumbres culturales convencionales, el examen minucioso de la polaridad del amor y de la muerte, todo ello despertaba en mí un extraño sentimiento de familiaridad (…) Tuve así la impresión de que usted sabía intuitivamente –o más bien como efecto de una sutil observación– todo lo que yo descubrí gracias a un laborioso trabajo efectuado sobre los demás–. Sí, creo que en el fondo usted es un investigador de las profundidades psicológicas, tan honestamente imparcial e intrépido como ninguno y que si no hubiese sido, sus capacidades artísticas, su arte del idioma y su poder creador habrían tenido libre curso y habrían hecho de usted un escritor mucho más adaptado al gusto de la multitud (…) Muy cordialmente suyo Freud.” [i]

Durante su errar nocturno, el protagonista cita nombres de lugares y calles de la ciudad de Viena; aparecen nuevamente los cafés, que están muy ligados a la ciudad de Viena, en los que también se reunían para jugar a las cartas u otros juegos de apuestas. Gustl menciona: “La Ringstrasse. Muy pronto estaré en mi café… […]”; más adelante: “[…] Ahí está mi café… […].” La Ringstrasse en una céntrica calle de Viena en la que hay cafés muy antiguos: El Café Schwarzenberg que funciona desde 1861 (en sus inicios se llamó Café Hochleitner) y el Café Landtmann que atiende desde 1873 y era uno de los lugares favoritos de reunión de Sigmund Freud: “En el café Landtmann, Freud adoctrinaba durante horas sobre la histeria femenina, la normalidad de la práctica del incesto y otros elementos de su pensamiento, mientras Schnitzler escribía sobre sobre la conciencia y le daba forma en su Relato soñado y el escritor y dramaturgo Hugo von Hofmannsthal buscaba ideas para completar su Jedermann (Cada cual) obra de teatro que se representa cada año en el Festival de Salzburgo, […]” [ii] “[…] Para los vieneses, el café es, además, un derecho adquirido, algo así como la prolongación de su domicilio, un anejo de su habitación privada, aunque en realidad se trate de un espacio público. […].” [iii] El significado de los cafés proporciona una idea de la dimensión del problema en el interior del teniente Gustl.

Entre los cafés mencionados en la novela figuran el Hochleiter –tal vez se refiera al Hochleitner– y el Leidinger que tuvo entre sus clientes a los músicos Johannes Brahms y Gustav Mahler.

Cuando Gustl llega a su café, la historia nos tiene preparado un giro magistral que mostrará la esencia del protagonista y, también, la maestría de Schnitzler para conducir la historia a ese final. Los invito a leer El teniente Gustl y llegar a conocer ese final sorprendente.

Es uno de las mejores creaciones literarias que Arthur Schnitzler dejó para la posteridad.

 

Bibliografía:
El teniente Gustl, Arthur Schnitzler, Acantilado, Barcelona, 2006

Otras obras de Arthur Schnitzler.
Apuesta al amanecer. Barcelona: Acantilado, 2007. Primera edición en Acantilado Bolsillo.
El destino del barón Von Leisenbohg. Barcelona: Acantilado, 2003.
Juventud en Viena (una autobiografía). Barcelona: Acantilado 2004.
Relato soñado. Barcelona: Acantilado, 2012.

Algunas obras en donde están presentes los cafés y la narrativa austriaca.
BONET CORREA, Antonio. Los cafés históricos. Madrid: Ediciones Cátedra, 2012.
ROTH, Joseph. Primavera de café. Barcelona: Acantilado, 2010.
WEBER, Herwig (Ed). Historias del espejo. Narrativa austríaca poskafkiana. México, D.F.: Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, 2012.
ZWEIG, Stefan. Mendel el de los libros. Barcelona: Acantilado, 2009.

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Notas:

[i] WEBER, Herwig. «Introducción: gran patria, antipatria, nueva patria». En Historias del espejo. Narrativa austríaca poskafkiana. México, D.F.: Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, 2012, nota al pie de página 21.

[ii] TORRIJOS, Gloria. «Los cafés de Viena, patrimonio [sic] la humanidad». El País. Sección Cultura. España. 18 de noviembre del 2011. Fecha de consulta: 20 de noviembre del 2011.
http://cultura.elpais.com/cultura/2011/11/18/actualidad/1321570805_850215.html

[iii] BONET CORREA, Antonio. «Viena y Centroeuropa». En Los cafés históricos. Madrid: Ediciones Cátedra, 2012, p. 153.

 

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Carlos E. Tupiño
Diciembre, 2016

Nota: Esta es la versión revisada y corregida del texto que se publicó, como colaboración, en el blog de la Librería Sur el 27.11.2016.

 

 

 

 

 

De mi biblioteca: “Los miserables”

De mi biblioteca: “Los miserables”

Jean Vajean, un exconvicto al que encerraron durante veinte años por robar un pedazo de pan, se convierte en un hombre ejemplar que lucha contra la miseria y la injusticia y que desempeña su vida en cuidar de la hija de una mujer que ha debido prostituirse para salvar a la niña. Así, Jean Valjean se ve obligado a cambiar varias veces de nombre, es apresado, se fuga y reaparece. Al mismo tiempo, debe eludir al comisario Javert, un policía inflexible que lo persigue convencido de que tiene cuentas pendientes con la justicia. El enfrentamiento entre ambos se produce durante la revuelta de 1832 en París, donde, en las barricadas, un grupo de jóvenes idealistas planta cara al ejército en defensa de la libertad. Y, entre todo ello, historias de amor, de sacrificio, de redención, de amistad…

Porque el progreso, la ley, el alma, Dios, la Revolución francesa, la prisión, el contrato social, el crimen, las cloacas de París, el idilio amoroso, el maltrato, la pobreza, la justicia… todo tiene cabida en la más extensa y famosa obra de Victor Hugo (1802-1885): Los miserables. Con esta novela magistral crónica de la  historia de Francia de la primera mitad del XIX, Victor Hugo buscó voluntariamente un género literario a la medida del hombre y del mundo moderno, una novela total. No en balde, concluye así: «… mientras haya en la tierra ignorancia y miseria, libros como éste podrían no ser inútiles». (Contratapa)

Los miserables
Victor Hugo
Edhasa, Barcelona / Buenos Aires, 2013
1214 páginas