Los judíos vieneses en la Belle Époque – Jacques Le Rider

Los judíos vieneses en la Belle Époque – Jacques Le Rider

Jacques Le Rider recibe al lector con estas palabras: «Si Viena, en la época de Sigmund Freud y de Arthur Schnitzler, se convierte en una capital de la modernidad se debe en parte a que es una metrópoli de la Europa Central danubiana y a que los cambios demográficos del último cuarto del siglo XIX la han transformado en una “Jerusalén del exilio”».

Los judíos vienes en la Belle Époque da cuenta del acucioso análisis realizado por Le Rider en el que se muestra el papel de los judíos no solo en la intelectualidad vienesa sino en todos los campos de la sociedad. Su influencia se aprecia en la medicina, las finanzas y la banca, el comercio, la música, teatro, periodismo y literatura.

El autor inicia su recorrido con el Edicto de tolerancia de 1781 en el imperio de los Habsburgo, con la finalidad de mostrar la lucha contra el rechazo y marginación que experimentaron los judíos. Esa situación permitió que las familias judías se fueran asimilando, con el transcurrir de los años, a la cultura alemana que imperaba en esa época. Le Rider también muestra datos sobre el incremento de la población judía en Viena desde mediados del siglo XIX hasta las primeras décadas del siglo XX.

Ese incremento explica las medidas que aparecieron para tratar de frenar la inmigración judía, especialmente de la zona Este. El autor escribe: «Hasta 1880, las regiones que aportan inmigración judía a Viena son básicamente Bohemia y Moravia por un lado y Hungría por otro. A partir de 1880, los judíos del Este, en particular los de Galitzia, son mayoritarios en los flujos migratorios que se dirigen hacia Viena, […] En 1914, los judíos originarios de Galitzia representan una cuarta parte de la población judío vienesa; […].» Le Rider muestra lo diferentes que son los judíos del Este en comparación a los ya vivían en Viena, asimilados a la cultura.

Esa masiva afluencia de judíos del Este será uno de los factores del antisemitismo aún entre los judíos, tema que también ocupa la atención del autor, quien cita las palabras del escritor Jakob Wassermann: «[…] Estaba acostumbrado, con los judíos alemanes, a modales más burguesamente refinados y socialmente más discretos. Aquí siempre me sentía un poco avergonzado. Me avergonzaba su comportamiento, me avergonzaba su actitud. [….]». El caso de Wassermann, en cuya producción literaria la situación de los judíos está presente, es un claro ejemplo de la lucha interna que tuvieron muchos judíos. Los judíos establecidos en Viena no veían con agrado a aquellos que llegaban con costumbres (vestimenta, idioma, tradiciones) que posiblemente ya habían olvidado en su nueva ciudad, o que les recordaban el pasado del que habían escapado. Era para ellos algo que rechazaban. Este conflicto se halla presente a lo largo de toda la investigación y análisis realizado por Le Rider.

Los judío vienes en la Belle Époque está dividido en dos partes. La primera, titulada «Las posiciones políticas y los discursos sociales», contiene capítulos dedicados al liberalismo austríaco, a cómo Viena se convirtió en la ciudad de los judíos que emigraron del Este, al antisemitismo como parte de la cultura reinante en esos años; también dedica un capítulo a la trayectoria del rabino Joseph Samuel Bloch que estuvo comprometido en la lucha contra el antisemitismo. En esos capítulos está presente el análisis de los conflictos originados por el encuentro de las posiciones entre los judíos: los asimilados y los sionistas Fue un encuentro de dos mundos.

La segunda parte ofrece ensayos sobre la vida y obra de nueve personajes importantes en la Viena de esos años. En cada uno de ellos, Le Rider se encarga de presentar la ciudad de nacimiento, padres, estudios, así como la posición que tuvieron con relación a la asimilación de los judíos a la cultura o su opción por el sionismo, los partidos políticos como el nacionalsocialismo uno de los propulsores del antisemitismo reinante, sus relaciones con otros intelectuales de la época, el grupo de la Joven Viena con sus reuniones en el café Griensteidl y aquello que los hizo destacar y convertirse en los personajes que fueron.

En el ensayo dedicado a Sigmund Freud, el autor cita las declaraciones del psicoanalista en una entrevista que le hicieron en 1928: «Mi lengua es la alemana. Mi cultura, mis vínculos son alemanes. Me consideraba intelectualmente alemán hasta que me di cuenta del aumento creciente de los prejuicios antisemitas en la Alemania y en la Austria alemana. Desde entonces ya no me considero alemán. Prefiero denominarme judío.» Le Rider analiza la posición antisionista del fundador del psicoanálisis, en los años previos y posteriores a 1900 y su relación con el filósofo Theodor Gomperz, también contrario al sionismo, señalando a ambos como ejemplo de la asimilación judía a la cultura. En esas líneas también se ocupa de algunas de las obras de los mencionados, como El libro de los sueños y Pensadores griegos, así como de algunos personajes ligados a Freud.

El escritor vienés Arthur Schnitzler es otro de los escogidos por Le Rider. Este texto muestra un análisis meticuloso sobre la vida y obra del médico que dejó la profesión para convertirse en escritor y dramaturgo. Muestra la situación de Schnitzler en medio de un antisemitismo que lo afecta; cita palabras que dan cuenta de su sentir: «No nos cuentan entre ellos. De todos modos, prefiero que no lo hagan. Consideran que no soy un austríaco como ellos. Ante todo, yo soy yo, y con eso me basta, y que haya venido al mundo en Austria, nadie puede discutírmelo. […]»

La obra de Schnitzler ocupa un lugar principal en este ensayo; Le Rider examina principalmente dos obras del autor vienés: la novela En busca de horizontes y la obra de teatro El profesor Bernhardi, que señala como una de las grandes obras en las que trata la «cuestión judía». También está presente el estilo crítico de Schnitzler hacia obras de otros autores y su amistad con Theodor Herzl. Es un recorrido intenso en la vida, obra de uno de los grandes autores judíos de Viena.

Tres autores son analizados en el capítulo «La joven Viena literaria y la identidad judía». El primero es Hugo von Hofmannsthal, considerado el príncipe de los poetas de la Joven Viena, a quien le enfurecía ser considerado «un escritor judío vienés». Este aspecto es analizado por Le Rider, examinando textos de diferentes autores, como el escritor Hermann Broch, el periodista Moritz Goldstein, el filósofo Martin Buber y otros, sobre la persona y obra de von Hofmannsthal.

Continúa en ensayo sobre Richard Beer-Hofmann; formó parte del grupo de la Joven Viena. El autor nos presenta un breve análisis de sus relatos, poesía y teatro de quien considera un «asimilado a la cultura alemana y ‘desjudaizado’» y su amistad con Theodor Herzl. También están presentes los comentarios críticos por parte de von Hofmannsthal y Hermann Bahr.

El tercer escritor incluido en este capítulo es Felix Salten, otro de los integrantes de la Joven Viena. En este ensayo está presente su paso por importantes publicaciones, entre ellas la sionista Die Welt de Theodor Herzl, Die Zeit, Berliner Tageblatt, Neue Freie Presse de Viena, Berliner Zeitung y Berliner Morgenpost, de estos dos últimos llegó a ser redactor jefe. Le Rider analiza su paso como director del Pen Club de Austria y el motivo de su renuncia a dicho cargo.

Continúa el ensayo sobre Karl Kraus, considerado « uno de los críticos más lúcidos y despiadados de la prensa». Jacques Le Rider señala expresamente que en el capítulo dedicado al fundador, director y redactor de La antorcha (Die Fackel), repasará sus opiniones «sobre la “cuestión judía” que, también en este caso fueron a menudo paradójicas y tan duramente críticas que algunos lectores de Karl Kraus prefieren ponerlas entre paréntesis.» En este trabajo el autor logra ofrecer un exhaustivo análisis del trabajo de Kraus y, también muestra opiniones de otros intelectuales como Theodor Lessing y Walter Benjamin sobre el «anti-periodista» de La antorcha.

En ese capítulo Le Rider también examina la influencia del filósofo Otto Weininger en Kraus y las diferentes opiniones que origino el caso Dreyfus en el medio intelectual y periodístico de la época. Es importante señalar cómo el autor percibe el periodismo de Karl Kraus: «Su principal blanco es la prensa, que él describe como una industria lucrativa que se apoya en la publicidad, en la connivencia del poder económico y en las plumas dóciles de la redacción.»

Stefan Zweig, es otro de los elegidos por Le Rider. Analiza el pensamiento judío del autor vienés en sus obras El almanaque judío (1904), En la nieve (1901), Jeremías (1917), Mendel el de los libros (1929) considerada como el producto de su viaje a Galitzia, El candelabro enterrado, La impaciencia del corazón y Montaigne. También se ocupa de la información que proporciona su gran obra El mundo de ayer.
A lo largo del capítulo está presente el cosmopolitismo del escritor vienés; Le Rider se refiere a él de la siguiente manera: «En Zweig, la identidad vienesa y austríaca está ante todo ligada a la cultura alemana y mira hacia la cultura occidental. […] En su mapa mental como ciudadano de Austria-Hungría y como europeo, los límites orientales serán un continente exótico y casi desconocido.»

La segunda parte finaliza con un capítulo dedicado a dos personajes de la «música e identidad judía». En el ensayo sobre Gustav Mahler, Le Rider analiza la “complejidad del universo intelectual” de quien llegó a ser director de la Ópera de Viena y no pierde vista la carga antisemita en la obra del músico y compositor nacido en Moravia. Está presente su paso por la Sociedad Wagner (Wiener Akademischer Wagner-Verein) y la admiración que tuvo por Richard Wagner, conocido por su antisemitismo.

A lo largo de las páginas, aparecen los nombres del compositor Hugo Wolf, Engelbert Pernerstorfer, periodista y político; Victor Adler, quien junto con Mahler pertenecieron al Círculo Pernerstorfer, uno de los más influyentes en el campo intelectual y cultural en los inicios del siglo XX. También muestra las críticas provenientes del musicólogo Richard Specht, de los críticos musicales Ludwig Karpath y Rudolf Louis y del historiador Carl E. Schorske, entre otros.

Sobre Arnold Schönberg, el autor analiza los cambios ocurridos en el músico con relación a su confesión de fe: abandona el judaísmo en 1898 para convertirse en protestante; en 1934 volvería al judaísmo. Están presentes las coincidencias entre Schönberg y su amigo Karl Kraus. También desfilan los nombres de personajes que se relacionaron con el músico: el pintor Kandinsky, el compositor Alexander Zemlinsky, el pianista Viktor Holländer y muchos más. Le Rider rescata un detalle importante en la investigación sobre Schönberg: «En su biografía hay algunos detalles que confirman las características de la sociología histórica de los judíos vieneses […]».

El autor cierra con un epílogo cuyo título es un reflejo de su contenido: «De la Primera Guerra Mundial al Anschluss: hacia una “ciudad sin judíos”». Después de la lectura de las páginas precedentes, en el final del libro se encuentra todo aquello que fue formando el destino de la Viena de esos años que sirvieron de marco a una ciudad que no volvió a ser la misma: el imperio Austro-Húngaro, la protección a los judíos, la llegada del antisemita Karl Lueger a la alcaldía de Viena, el auge del antisemitismo, la Primera Guerra Mundial y el Anschluss que determinó la anexión de Austria al III Reich. En ese texto final, el autor analiza La ciudad sin judíos de Hugo Bettauer y Auto de fe de Elías Canetti. Como escribe Le Rider: «A partir de 1938, “el mundo de ayer” que evocaba Stefan Zweig se desvanece.»

La lectura de Los judíos vieneses en la Belle Époque, da una muestra de la calidad del trabajo realizado por Jacques Le Rider. Es, sin lugar a dudas, uno de los mejores libros de ensayo que he leído.

Los judíos vieneses en la Belle Époque, Jacques Le Rider, traducción de Laura Claravall, Ediciones del Subsuelo, Barcelona, 2016.
Las citas han sido tomadas del mencionado libro.

Algunas obras de Jacques Le Rider sobre el tema comentado:
Arthur Schnitzler ou la Belle Époque viennoise, Paris, Éditions Belin, 2003.
Hugo von Hofmannsthal. Historicisme et modernité, Paris, PUF, coll. «Perspectives germaniques», 1995.
Le cas Otto Weininger. Racines de l’antiféminisme et de lántisemitisme, Paris, PUF, 1982.
Modernité viennoise et crisis de l’identité, Paris, Presses Universitaires de France, coll. «Perspectives Critiques», 1990.
Journaux intimes viennois, PUF, coll. «Perspectives Critiques», 2000
La Mitteleuropa, Paris, PUF, coll. «Que sais-je?» 1994.
Wien als »Das neue Ghetto«? Arthur Schnitzler und Theodor Herzl im Dialog, Vienne, Wiener Vorlesungen – Picus, 2014.

Libros en colaboración con otros autores:
La Galicie au temps des Habsbourg (1772-1918). Histoire, société, cultures en contact, (avec Heinz Raschel), Presses Universitaires François Rabelais, Tours 2010 (Perspectives historiques), 404 p.
“Les Journalistes” d’Arthur Schnitzler. Satire de la presse et des journalistes dans le théâtre allemand et autrichien contemporain, (Édition de Jacques Le rider en collaboration avec Renée Wentzig), Tusson (Charente), Du Lérot Editeur, 1995.

Nota: Este es el texto revisado del post publicado en el blog de la Librería Sur el 24.06.2017

Carlos Tupiño Bedoya
Septiembre, 2017

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El teniente Gustl – Arthur Schnitzler y el diálogo interior

El teniente Gustl – Arthur Schnitzler y el diálogo interior

Al internarnos en la obra del médico, escritor y dramaturgo Arthur Schnitzler (Viena, 1862-1931), no deja de sorprender la maestría con la que explora la naturaleza humana mediante los personajes que ha creado y en las historias que desarrolla. El teniente Gustl, novela corta escrita en 1900 y cuya trama se desarrolla en Viena, es considerada no solo como una de sus mejores creaciones sino, además, como la primera novela escrita en alemán que utiliza el diálogo interior, una técnica que supo desarrollar de manera sorprendente y luego, fue utilizada también por escritores como Joseph Roth y Stefan Zweig.

En El teniente Gustl podemos percibir desde el inicio todo ese bagaje de sentimientos, dudas, temores e inconformismos que llenan la vida del protagonista y que se manifiestan por medio de la voz interior del personaje, una voz que capta la atención del lector hasta el final de la historia.

En las páginas de la novela, Arthur Schnitzler muestra el panorama de Viena en el período de transición entre dos siglos (XIX y XX), considerada como la época dorada a pesar de los cambios que se avecinaban sobre Europa Central. En ese ambiente se encuentran los teatros, óperas, conciertos de música clásica y los salones de café como parte de la vida social en la que las tradiciones, la cultura y la defensa del honor tienen un papel importante. Es en este contexto que se desarrolla la historia del teniente Gustl.

La novela empieza en un teatro, en el que el protagonista –el teniente Gustl–– asiste a un concierto. Su impaciencia para que acabe la función se muestra desde el inicio de la novela: “¿Cuánto más durará esto? Debo mirar el reloj… aunque tal vez no esté bien en un concierto tan serio. Pero ¿quién se dará cuenta? Si alguien me ve, es porque pone tan poca atención como yo, y ante él no debo avergonzarme…” En esa impaciencia del protagonista se deja ver su preocupación por lo que los demás puedan pensar de él, de su comportamiento, de lo que hace, la cual será el eje sobre el que gira la personalidad del teniente. Finalizada la función, un incidente en el guardarropa será el inicio de la situación que se convertirá en el hilo conductor que llevará a Gustl hasta el inesperado desenlace final.

En el guardarropa el teniente tiene un intercambio de palabras con un hombre gordo; cuando se le acerca lo reconoce y, además, por su pensamiento podemos conocer cómo considera a ese hombre: “Ahora se vuelve hacia mí… ¡Pero si lo conozco! Caramba, es el pastelero que siempre va al café… ¿Pero qué hace aquí? Seguramente tiene una hija o algo así en la academia de canto… Y ahora, ¿qué es esto? Sí, ¿qué está haciendo? Parece que… sí… ¡Santo Dios!, ha tomado la empuñadura de mi sable… Sí. ¿Estará loco?… […] El pastelero le gritará que se calle y le lanza esta amenaza: “Señor teniente: a la menor provocación, saco el sable de la funda, lo parte en dos y mando los trozos a su regimiento. ¿Entendido, imbécil?”

Es estos dos fragmentos, Schnitzler presenta algunos aspectos que formaban parte del contexto social y se mantienen a lo largo de la novela; aparece una de las tantas menciones a los cafés que eran el centro de reunión de intelectuales, escritores, artistas; tenían importancia en la sociedad vienesa y la siguen teniendo en la actualidad. También se aprecia una muestra de lo que podría considerarse como segregación social, por la manera en que se pregunta qué hace el panadero en el concierto. Esa actitud la veremos en varios momentos de la novela pero, dirigida a los judíos, como una muestra del antisemitismo que ya se daba en esos años en la Europa Central. Luego tenemos las palabras del panadero amenazándolo con romperle el sable; palabras que no tienen el mismo significado que podrían tener hoy. En los años del contexto de la novela, cuando un oficial era degradado su espada era partida delante de todos.

Esto nos da una idea de cómo debió sentirse Gustl: por los gritos recibidos, por haber permitido que un extraño coja su sable, amenace con partirlo y, finalmente, lo llame imbécil. A todo esto habría que añadir su preocupación por lo que los demás piensen de él, tal como se aprecia en las palabras que dan inicio a la novela. El teniente empieza a hacer suposiciones que solo están en su imaginación, producidas por la humillación que había pasado. Esas palabras interiores del teniente nos dicen que piensa matar al panadero y, si no lo hace, se enterarán en los cafés cómo ha sido tratado en público; también piensa en un duelo que ni siquiera se ha pactado y del que se siente indigno para batirse con el panadero. Esas cavilaciones que brotan del interior del personaje, Schnitzler las utiliza para darnos una muestra de su destreza en el manejo del diálogo interior que se da en el abrumado Gustl.

A partir de ese momento empezará el deambular del teniente Gustl por las calles de Viena, dialogando consigo mismo y teniendo presente en todo momento el “por qué y las dudas” que lo atormentan. Una pregunta parece estar presente en todo momento en el interior del protagonista: ¿se habrían dado cuenta de la forma en que le habló el pastelero?  Piensa en el suicidio como la única vía de escape para desaparecer de la humillación en que se encuentra. En esas palabras que brotan dentro de él y para él, en medio de su tormento emocional piensa en diferentes maneras de avisar a alguien el motivo de la decisión de quitarse la vida. Una de esas opciones es dejar una carta a su amigo Kopetzky que fue por quién terminó asistiendo al concierto.

Conforme se avanza en la lectura del texto se puede apreciar la manera en que Schnitzler explora y desmenuza los sentimientos que anidan en lo profundo del ser humano, dando una muestra de observador de las emociones y de aquello que sólo puede salir del interior de una persona como reflejo de lo que es, cómo se siente consigo mismo y con la sociedad que lo rodea. Con el manejo del diálogo interior hace “visible” lo que anida en el interior de su personaje.

Sigmund Freud supo apreciar esa cualidad del escritor y médico vienés; en una carta le escribió: “Su determinismo, su escepticismo –que la gente llama pesimismo–, su sensibilidad ante las verdades del inconsciente, ante la naturaleza pulsional del hombre, su disección de nuestras certidumbres culturales convencionales, el examen minucioso de la polaridad del amor y de la muerte, todo ello despertaba en mí un extraño sentimiento de familiaridad (…) Tuve así la impresión de que usted sabía intuitivamente –o más bien como efecto de una sutil observación– todo lo que yo descubrí gracias a un laborioso trabajo efectuado sobre los demás–. Sí, creo que en el fondo usted es un investigador de las profundidades psicológicas, tan honestamente imparcial e intrépido como ninguno y que si no hubiese sido, sus capacidades artísticas, su arte del idioma y su poder creador habrían tenido libre curso y habrían hecho de usted un escritor mucho más adaptado al gusto de la multitud (…) Muy cordialmente suyo Freud.” [i]

Durante su errar nocturno, el protagonista cita nombres de lugares y calles de la ciudad de Viena; aparecen nuevamente los cafés, que están muy ligados a la ciudad de Viena, en los que también se reunían para jugar a las cartas u otros juegos de apuestas. Gustl menciona: “La Ringstrasse. Muy pronto estaré en mi café… […]”; más adelante: “[…] Ahí está mi café… […].” La Ringstrasse en una céntrica calle de Viena en la que hay cafés muy antiguos: El Café Schwarzenberg que funciona desde 1861 (en sus inicios se llamó Café Hochleitner) y el Café Landtmann que atiende desde 1873 y era uno de los lugares favoritos de reunión de Sigmund Freud: “En el café Landtmann, Freud adoctrinaba durante horas sobre la histeria femenina, la normalidad de la práctica del incesto y otros elementos de su pensamiento, mientras Schnitzler escribía sobre sobre la conciencia y le daba forma en su Relato soñado y el escritor y dramaturgo Hugo von Hofmannsthal buscaba ideas para completar su Jedermann (Cada cual) obra de teatro que se representa cada año en el Festival de Salzburgo, […]” [ii] “[…] Para los vieneses, el café es, además, un derecho adquirido, algo así como la prolongación de su domicilio, un anejo de su habitación privada, aunque en realidad se trate de un espacio público. […].” [iii] El significado de los cafés proporciona una idea de la dimensión del problema en el interior del teniente Gustl.

Entre los cafés mencionados en la novela figuran el Hochleiter –tal vez se refiera al Hochleitner– y el Leidinger que tuvo entre sus clientes a los músicos Johannes Brahms y Gustav Mahler.

Cuando Gustl llega a su café, la historia nos tiene preparado un giro magistral que mostrará la esencia del protagonista y, también, la maestría de Schnitzler para conducir la historia a ese final. Los invito a leer El teniente Gustl y llegar a conocer ese final sorprendente.

Es uno de las mejores creaciones literarias que Arthur Schnitzler dejó para la posteridad.

 

Bibliografía:
El teniente Gustl, Arthur Schnitzler, Acantilado, Barcelona, 2006

Otras obras de Arthur Schnitzler.
Apuesta al amanecer. Barcelona: Acantilado, 2007. Primera edición en Acantilado Bolsillo.
El destino del barón Von Leisenbohg. Barcelona: Acantilado, 2003.
Juventud en Viena (una autobiografía). Barcelona: Acantilado 2004.
Relato soñado. Barcelona: Acantilado, 2012.

Algunas obras en donde están presentes los cafés y la narrativa austriaca.
BONET CORREA, Antonio. Los cafés históricos. Madrid: Ediciones Cátedra, 2012.
ROTH, Joseph. Primavera de café. Barcelona: Acantilado, 2010.
WEBER, Herwig (Ed). Historias del espejo. Narrativa austríaca poskafkiana. México, D.F.: Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, 2012.
ZWEIG, Stefan. Mendel el de los libros. Barcelona: Acantilado, 2009.

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Notas:

[i] WEBER, Herwig. «Introducción: gran patria, antipatria, nueva patria». En Historias del espejo. Narrativa austríaca poskafkiana. México, D.F.: Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, 2012, nota al pie de página 21.

[ii] TORRIJOS, Gloria. «Los cafés de Viena, patrimonio [sic] la humanidad». El País. Sección Cultura. España. 18 de noviembre del 2011. Fecha de consulta: 20 de noviembre del 2011.
http://cultura.elpais.com/cultura/2011/11/18/actualidad/1321570805_850215.html

[iii] BONET CORREA, Antonio. «Viena y Centroeuropa». En Los cafés históricos. Madrid: Ediciones Cátedra, 2012, p. 153.

 

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Carlos Tupiño Bedoya
Diciembre, 2016

Nota: Esta es la versión revisada y corregida del texto que se publicó, como colaboración, en el blog de la Librería Sur el 27.11.2016.