Una historia sencilla – Leila Guerriero

Una historia sencilla – Leila Guerriero

Un texto que nos cuenta la historia de los concursantes a un evento de baile en un pueblo apartado en el interior de Argentina, tal vez no despertaría mucho interés; sin embargo, el estilo con que puede ser narrado ese suceso, es lo que hace la diferencia y, lo convierte en una historia real que atrapa la atención del lector desde el inicio y no lo suelta hasta el final.

Eso es lo que sucede con la lectura de Una historia sencilla, una espectacular crónica escrita por la periodista argentina Leila Guerriero. En ella nos cuenta acerca de una competencia de baile folklórico que se lleva a cabo cada año, desde 1966, en la ciudad de Laborde ubicada a varios cientos de kilómetros de Buenos Aires, Argentina. Se trata del Festival Nacional de Malambo de Laborde, un certamen que se convierte en la gloria para el bailarín que es coronado campeón y, también, se convierte en el final de su participación en el certamen y en el baile.

En la contratapa del libro se lee: […] Para resguardar el prestigio del certamen, los campeones han hecho un pacto: una vez que ganan, ya no pueden volver a presentarse en otra competencia. Así, el malambo con el que se coronan es, también, el último de sus vidas. […]

Si bien, a lo largo de la crónica desfilan muchos personajes, sobre todo los concursantes, la historia tiene un personaje central, una persona real: Rodolfo Gonzáles Alcántara.

Durante la lectura, se puede percibir la maestría empleada por Leila Guerriero para construir una crónica, que empieza por la curiosidad o interés acerca de algo y de ahí viene la investigación, en este caso, mediante el vínculo que establece con Rodolfo Gonzáles Alcántara y su entorno.

En el desarrollo de la crónica la periodista está presente y logra transmitir esas emociones de las que es testigo presencial; podemos ver el esfuerzo, las penas, las alegrías, el dejarlo todo con tal de poder entrenar para participar y ganar el primer premio. ¿Qué es lo que motiva a esos hombres? Precisamente, Guerriero se encarga de mostrar aquello que los impulsa a hacer algo que, tal vez, para muchos de nosotros, alejados de ese contexto, no podríamos entender pero que, sin embargo, la periodista argentina se encarga no sólo de mostrarnos el sentir de los concursantes sino de que podamos percibir esa esencia que los mueve, que los arrastra hacia el anhelo que tienen por delante.

Todo eso es posible por el estilo y dedicación que le imprime Leila Guerriero a cada una de las crónicas que pone sobre el papel.

Recuerdo el primer contacto que tuve con los textos de Guerriero; fue por un libro que me prestaron: Frutos prohibidos, en el que pude leer crónicas extraordinarias; luego empecé a buscar su libro Plano americano, actualmente agotado (al momento de esta publicación pude encontrar un ejemplar). Como una muestra de su estilo, pueden leer el perfil del poeta peruano César Moro; el texto fue publicado por la revista Gatopardo. Lleva por título: César Moro, varias veces maldito.

El lenguaje utilizado y la cercanía con las personas que son el centro de su historia, juegan un papel importante. Durante la lectura encontramos metáforas que suele utilizar y que realzan aquello que quiere transmitir, incluyendo lo que ella misma siente durante las conversaciones con los malambistas en las que le dicen su sentir con relación a la competencia: Estoy por insistir, pero desisto. Empiezo a darme cuenta de que es inútil. (p.39). Al finalizar uno de los malambos que ejecuta uno de los bailarines, escribe: […] Después, durante cuatro minutos cincuenta y dos segundos, hizo crujir la noche bajo su puño.

Él era el campo, era la tierra seca, era el horizonte tenso de la pampa, era el olor de los caballos, era el sonido del cielo del verano, era el zumbido de la soledad, era la furia, era la enfermedad y era la guerra, era lo contrario de la paz. Era el cuchillo y era el tajo. Era el caníbal. Era una condena. Al terminar golpeó la madera con la fuerza de un monstruo y se quedó allí, mirando a través de las capas del aire hojaldrado de la noche, cubierto de estrellas, todo fulgor. Y, sonriendo de costado –como príncipe, como un rufíán o como un diablo–, se tocó el ala del sombrero. Y se fue.

Y así fue.

No sé si lo aplaudieron. No me acuerdo. (p.52)

Es una crónica que nos permitirá conocer no sólo a varios de los que concursaron en algún momento, algunos que ganaron, otros que siguen intentando y, además, el entorno que rodea a cada uno de los personajes, en donde la estrechez económica es un común denominador en todos ellos y sus familias.

Es Una historia sencilla contada por una especialista en las crónicas.

La revista Gatopardo ofrece un adelanto del libro y pueden leerlo aquí.

 

Bibliografía:

Una historia sencilla, Leila Guerriero, Editorial Anagrama, Barcelona, 2013
Los textos citados han sido tomados del libro mencionado.

 

Carlos Tupiño Bedoya
Abril, 2014

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El síndrome del viajero. Diario de Florencia – Stendhal

El síndrome del viajero. Diario de Florencia – Stendhal

Stendhal nos ha dado muestras de la manera en que observaba y percibía hasta los mínimos detalles y, luego, los utilizaba con maestría en sus literarios. Sin embargo, al leer El síndrome del viajero Diario de Florencia, nos permite apreciar su sensibilidad para el arte y la cultura.

Cada recorrido descrito en el libro indica la fecha y, a pesar del tiempo transcurrido, pueden servir en gran parte como guía turística para el viajero de hoy, siempre y cuando esté interesado en el arte, la cultura y tenga la disposición de dejarse absorber por esos vestigios del Renacimiento.

La frase Síndrome de Stendhal se ha hecho conocida al ser utilizada como referente a la fascinación que, según dicen, muchos viajeros experimentan al visitar Florencia y, lo cierto es que, luego de leer el libro, no queda la menor duda de la manera en que Stendhal fue impactado por todo lo que vio en esa ciudad que fue el centro del Renacimiento.

Una muestra de lo que experimento el escritor francés, la encontramos en la página 20, al visitar la iglesia de la Santa Croce: […] Estaba ya en una suerte de éxtasis ante la idea de estar en Florencia y por la cercanía de los grandes hombres cuyas tumbas acababa de ver. Absorto en la contemplación de la belleza sublime, la veía de cerca, la tocaba, por así decir. Había alcanzado ese punto de emoción en el que se encuentran las sensaciones celestes inspiradas por las bellas artes y los sentimientos apasionados. Saliendo de la Santa Croce, me latía con fuerza el corazón; sentía aquello que en Berlín denominan nervios; la vida se había agotado en mí y caminaba temeroso de caerme.

Me senté en uno de los bancos de la plaza de Santa Croce, releí con delicia estos versos de Foscolo que llevaba en mi cartera… […] El texto continúa y Stendhal incluye el poema completo a que hace referencia.

Sus palabras describen claramente ese “éxtasis” que experimento en aquella visita efectuada el 19 de enero de 1817; el resto de las crónicas incluidas han sido fechadas entre el 19 de enero y el 4 de febrero de ese mismo año y han sido escritas en Pietramala, Florencia (incluye cinco crónicas), Volterra, Castelfiorentino, Siena, Torrenieri y Acquapendente.

Stendhal también incluye sus contactos con pobladores de algunos de los poblados y experiencias en medio de ellos, lo que nos da una visión de las costumbres y la sociedad en esos lugares y en ese tiempo.

Así como se refiere a lo bello, artístico y cultural, es también directo al describir lo contrario. En una de sus viajes escribe: […] Escribo en la calesa; avanzamos lentamente entre pequeñas colinas volcánicas, cubiertas de viñas y pequeños olivos: no puede haber nada más feo. (Página 75).

Las líneas mostradas son solo una muestra del estilo de Stendhal para hacernos testigos de sus viajes y, en ellas, podemos ver la unión de literatura y crónica viaje en la pluma del escritor francés.

Esta pequeña selección de textos es un extracto de una obra mayor: Roma, Nápoles y Florencia que data del año 1817 y cada uno de ellos nos da una muestra de la clase de viajero que fue Stendhal.

Luego de leerlo siento la necesidad de buscar y encontrar Roma, Nápoles y Florencia para poder disfrutar de cada una de esas crónicas de viaje escritas por uno de los grandes escritores de todos los tiempos.

 

Bibliografía:

El síndrome del viajero Diario de Florencia, Stendhal, Editorial Gadir, Madrid, 2011.

 

Carlos Tupiño Bedoya

 

El Nilo. Cartas de Egipto – Gustave Flaubert

El Nilo. Cartas de Egipto – Gustave Flaubert

Es mucho lo que se podría comentar del autor de Madame Bovari, y otros excelentes trabajos que dejó para la posteridad y que perduran en el tiempo como joyas de la literatura; sin embargo, poco se conoce su faceta como escritor personal; no aquel que crea estructuras narrativas y ficciones, sino aquel que utiliza su pluma para describir sus experiencias, sus viajes, su percepción del mundo;  las cartas hacia su madre y sus amigos más cercanos. En el libro El Nilo Cartas de Egipto nos encontramos, precisamente, con ese Flaubert.

Es un breve libro editado por la editorial española Gadir, para su colección Pequeña Biblioteca Gadir. Cabe mencionar que en esta colección se hallan otros interesantes títulos que comentaré próximamente en este blog.

Las cartas incluidas en esta edición fueron escritas por Gustave Flaubert durante el viaje que hizo a Egipto en compañía de su amigo, el fotógrafo Maxime Du Champ (algunas de las fotografías tomadas durante el viaje se incluyen en el libro); un viaje que duró nueve meses y que se inició en 1849.

En el prólogo se lee: La correspondencia que redacta durante el trayecto por el Nilo va dirigida mayoritariamente a su madre y a Louis Bouilhet, amigo desde la infancia. Embelesado por los exóticos encantos culturales –además de carnales– que ofrece Egipto, es escritor da rienda suelta a su talento y cuenta con gran sentido del humor divertidas anécdotas del viaje. Alejados del estilo habitual de sus novelas, descubrimos en estos textos a un Flaubert cercano, íntimo y desenfadado, que logra perfilar, con pocos trazos, la atmósfera penetrante y singular del Egipto de la época.

Esas cartas son una muestra de la maestría del escritor francés que logra introducirnos a los lugares acerca de los cuales escribe. Me imagino que su madre y su amigo Louis, al leer las cartas, deben haberse sentido transportados –como los que hemos leído esas líneas– a esos parajes del Nilo, al calor abrasador, a las emociones propias del viaje.

En los textos, Flaubert es muy preciso para contar sucesos, mencionar los nombres de las ciudades y aldeas, así como los diferentes personajes que conoce durante su periplo, el cual, luego de abandonar Egipto, lo llevaría a Constantinopla y otras ciudades de Oriente.

Como una muestra, citaré unas palabras que escribió Flaubert en la carta dirigida a su madre, fechada el 16 de mayo de 1850. Acerca de Tebas refiere: Podríamos habernos quedado ahí mucho tiempo, y en un estado de perpetuo asombro. Es, de lejos, lo más hermosos [SIC] que veremos en Egipto, y quizá lo más increíble que veamos en todo el viaje. Sin embargo, conforme avanzamos por los textos, somos testigos de la admiración que también despiertan en él los diferentes lugares, ciudades y aldeas que encuentra en el recorrido por el Nilo.

Por medio de sus descripciones podemos percibir como se encontraban, en esos años, las ruinas de las ciudades que fueron habitadas por los faraones, actualmente convertidas en lugares turísticos. En una de sus cartas, en la que hace mención a uno de sus contactos con ese legado de historia egipcia, escribió: En Karnak, todo parecía estar hecho a la medida de gigantes. Pasé una noche a los pies del coloso de Memmón, devorado por los mosquitos. Ese viejo sinvergüenza del coloso tiene buena pinta, está cubierto de inscripciones; las inscripciones y las cagadas de pájaro, he ahí las dos únicas cosas sobre las ruinas de Egipto que indican que están vivas. La piedra más corroída no tiene una brizna de hierba. Todo se disuelve en puro polvo de momia.

Leer esas cartas escritas, por uno de los grandes de la literatura, en tono personal a su madre y a su amigo Louis Bouilhet nos permiten disfrutar de la habilidad del escritor francés que, aún en textos que pueden parecer tan simples, logra atrapar al lector y llevarlo al lugar de los hechos; en este caso reales y alejados de la ficción.

Un gran acierto el de Gadir Editorial al publicar estos textos.

Bibliografía:

El Nilo Cartas de Egipto, Gustave Flaubert, Gadir Editorial, Madrid, 2011

 

Recuerdos de París – Edmondo De Amicis

Recuerdos de París – Edmondo De Amicis

Como comenté en el post anterior, el libro Recuerdos de París supera largamente, en mi opinión, los Recuerdos de Londres. Tal vez se deba al hecho que en esa visita a la Ciudad Luz, De Amicis se encontró con la Exposición Universal de París de 1878 y, además, conoció personalmente y visitó a Victor Hugo y, también, a Émile Zola. Todas esas experiencias están magníficamente descritas por el escritor italiano.

Su llegada a París tuvo lugar el 28 de junio de 1878 Resulta interesante que en sus descripciones acerca de la ciudad, deja establecido ese refinamiento que caracterizaba a esa urbe que, en esos años, era el centro de diversos movimientos culturales, entre ellos la literatura. Heme aquí, de regreso a esta inmensa red dorada, en la cual hace falta caer de vez en cuando, se quiera o no. […] Aquí comienza a aparecer París. La calle larguísima, la doble fila de árboles, las casas alegres; todo es nítido y fresco, y por todas partes se respira un aire juvenil. Se reconocen a primera vista mil pequeños refinamientos de confort y de elegancia que revelan un pueblo lleno de necesidades y caprichos, para el cual lo superfluo es más indispensable que lo necesario, y que goza la vida con  un arte ingenioso”. (p.67)

de amicis A lo largo del libro, que está dividido en El primer día en París, Una mirada a la Exposición, Victor Hugo,  Émile ZolaParís, De Amicis incluye muchos nombres y referencias a escritores y sus obras, así como a lugares que se relacionan con los hechos narrados, logrando dar un énfasis que hace más perceptible para el lector, las experiencias que nos cuenta.

Para él, la ciudad de Paris era el hábitat de los personajes creados por los escritores que, en ese entonces, ya gozaban de un reconocimiento. […]…la gente no es nueva. Son todo figuras conocidas, que hacen sonreír. Es Gervaise que se asoma a la puerta de la tienda con el hierro en la mano, y Monsieur Joyeuse que va a la oficina fantaseando una gratificación, es Pipelet que lee ‘La Gaceta’, es Frédéric  que pasa bajo las ventanas de Bernerette, es la sastrecilla de Murger, es la comerciante de Kock, es el gamín de Victor Hugo, es el  Prudhomme de Monnier, el l’homme d’affaire  de Balzac, es el obrero de Zola. (p.68 – 69). Todos los nombres citados pertenecen a personajes de novelas de Zola, Daudet, Murger, Victor Hugo, etc. La gran mayoría de las referencias de este tipo, hechas por De Amicis, están explicadas en las abundantes notas de pie de página de esta edición hecha por Páginas de Espuma, Madrid, 2008.

En sus descripciones nos lleva por las diferentes calles de París, por el río Sena y, no podía faltar, Notre Dame, en donde no pierde oportunidad para hacer una referencia literaria a dicho lugar: Aquí mi compañero no puede resistir la tentación de Nôtre Dame… […] Subimos a lo más alto del tejado de la torre de la izquierda, donde Quasimodo deliraba a caballo de la campana, y nos aferramos a la barra de hierro. (p.83). Es como si París y sus personajes literarios fueran –para el cronista- uno sólo.

Poco a poco el escritor nos va mostrando, sin dejar de lado detalles interesantes, el vaivén de la gente en las calles hasta convertirse en la multitud que visitaría la Exposición Universal de París.

En el capítulo correspondiente a este evento, De Amicis nos ofrece una espectacular descripción de su visita a la Exposición, haciéndonos sentir que estamos a su lado recorriendo cada uno de los ambientes del inmenso recinto que alberga lo más variado de diversos países del mundo. Se puede encontrar exposiciones de perfumes, de vegetales, flechas, figuras de arcilla de países africanos, así como los tapices de Persia (hasta hoy las famosas alfombras persas), cristalería, diversas máquinas que habían empezado a revolucionar la industria, las famosas vajillas de Clichy; también está la exposición de perlas y diamantes y hasta la cabeza de la Estatua de la Libertad, que luego sería armada en su lugar actual, frente a las costas de Manhattan en New York. Los tesoros más preciados de la Exposición están casi todos allí dentro. (p.111).

También podemos encontrar una pequeña referencia a los países Sudamericanos y de El Caribe: Un laberinto de salas y galerías, que os conducen desde Perú a Uruguay, de Uruguay a Venezuela, a Nicaragua, a México, a San Salvador, a Haití, a Bolivia, entre los muebles de Buenos Aires y los vestidos de las mujeres de Lima, entre los sombreros de hojas de sen, las telas de alpaca y los tejidos de lana de llamas, en medio de las cañas de azúcar… […] (p.109).  Es una descripción extensa y amena la que realiza el escritor italiano acerca de ese extraordinario evento.

Uno de los capítulos que más me impresionó, fue el dedicado a Victor Hugo. Nos habla de la fama alcanzada por el escritor francés, de su vasta victor hugoobra, de su orgullo y del momento en que pudo conocerlo personalmente y hablar con él, un escritor ya octogenario y que gozaba de fama y reconocimiento. He aquí al hombre del que me propongo escribir hoy. Después de la Exposición Universal, Victor Hugo. Me parece que un tema vale tanto como el otro. (p.152).  […] cada una de sus obras es un inmenso trabajo de excavación al que se asiste leyendo, y en el que se siente el formidable aliento de su respiración. (p.158). […] Victor Hugo es, ciertamente, uno de esos escritores que inspiran un deseo más ardiente de conocerlos; porque sus cien caras de escritor nos hacen preguntarnos a cada momento a cuál de ellas corresponderá su aspecto de hombre. (p.167).

Acerca de su visita a la casa de Victor Hugo, De Amicis empieza desde el día en que se dirigió para que le dieran una cita. Es impresionante la forma en que trasmite todo su nerviosismo y ansiedad por la cita que tendría, por el momento en que llegaría a conocer a ese gran hombre. En ese entonces, contaba con treinta años. Veamos unas pocas líneas acerca de lo que sucede en el escritor italiano al estar en la casa del literato francés y verlo por primera vez: Alguien me sugería al oído, rápidamente, palabras ardientes que yo repetía con la voz temblorosa y sonora, experimentando una inmensa dulzura en el corazón y viendo delante de mí, confusamente, una cabeza blanca que me parecía enorme, y dos pupilas fijas en las mías que poco a poco iban tomando una expresión de curiosidad y benevolencia. De repente me callé, como si una mano me hubiese agarrado la garganta. Y se me cortó la respiración. Entonces, mi afectuosa admiración de veinte años, la constancia de mi ardiente deseo, mis temblores de aquel día, mis inquietudes de los días anteriores, mis terrores de niño, mis vigilias de joven, mis fiebres de hombre, mis humillaciones de escritor, consiguieron una gran compensación. La mano que escribió Nuestra Señora de París y la Leyenda de los Siglos, estrechó la mía. E inmediatamente después, experimenté un segundo sentimiento, tal vez más grande que el primero. La mano izquierda del gran poeta alcanzó la derecha, y mi mano caliente y temblorosa permaneció durante un momento entre las suyas. (p.179 – 180). Creo que el texto lo dice todo.

Así continuará describiendo y transmitiendo su sentir durante la reunión en la Casa de Victor, y seremos testigos de la atmósfera en ese lugar, de las visitas que estaban allí, de lo que conversaron; es decir, también podremos conocer brevemente a Victor Hugo.

Luego vendrá el capítulo dedicado a su encuentro con Émile Zola. En ese texto, De Amicis se encarga de mostrarnos aspectos de la obra del escritor francés y, sobretodo, la manera en que trabajaba para construir sus novelas y para poder utilizar unas descripciones capaces de plasmar en el papel, aquello que estaba en el ambiente mismo de los sucesos creados y narrados. Era una descripción minuciosa, sin dejar de ser interesante y útil para entender mejor sus obras. Por la descripción de una tienda nos hace entender que acaba de sonar la hora del mediodía, o que falta casi una hora para la puesta del sol. Percibe todas las sombras, todas las manchas de sol, todos los matices de color que se suceden hora tras hora sobre la pared, y da cuenta de cada cosa con tan maravillosa evidencia que, cinco años después de la lectura, nos acordaremos de la apariencia que ofrecía una tapicería, hacia las cinco de la tarde, cuando las cortinas de la ventana estaban corridas, y del efecto que ejercía tal apariencia sobre el ánimo de un personaje que estaba sentado en una esquina de aquella habitación. (p.204).

También nos cuentan acerca de la forma en que fueron consideradas, inicialmente, sus novelas, por lo crudas que eran al retratar diferentes escenas de la vida parisiense. Las revistas teatrales de fin de año lo representaron como un barrendero que iba recogiendo las inmundicias con anzuelo por las calles de París. (p.216). Esto nos da una idea acerca del concepto que había acerca de Émile Zola. Todas las críticas no mellaron el ánimo ni las ideas que el escritor francés tenía por delante. El tiempo le daría la razón. Según refiere De Amicis, en ese entonces Zola tenía treinta y siete años.

Durante sus conversaciones, Zola le cuenta a De Amicis acerca de su forma de trabajo; aquí una pequeña muestra: Esta es mi ocupación más importante: estudiar a la gente con la que este personaje tendrá que vérselas, los lugares en los que se encontrará, el aire que deberá respirar, su profesión, sus hábitos, hasta las más insignificantes ocupaciones a las que dedicará las partes de su jornada. Poniéndome a estudiar estas cosas, me viene enseguida a la mente una serie de descripciones que pueden encontrar su sitio en la novela, y que serán como los miliarios del camino que debo recorrer. (p.226). Frecuento yo aquellos lugares por algún tiempo. Observo, interrogo, percibo, adivino. […] hasta el punto de que estoy seguro de dar a mi novela el color y el perfume propio de ese mundo. (p.227).

En este texto, De Amicis nos informa acerca de obras de Zola, tal vez, muy poco conocidas en nuestro medio, acerca de las cuales nos enteramos, por el mismo escritor francés, la manera en que fue desarrollando las historias convertidas en novelas. Causa curiosidad e interés por leer los textos de Émile Zola.

En el último capítulo que lleva por nombre París, De Amicis se prepara para dejar la Ciudad Luz haciendo una serie de recuentos de las experiencias que, a su criterio, tienen los que visitaban esa ciudad y lo que ella va causando en los visitantes con el correr los días de su estadía: Esa inmensa magnificencia postiza termina por seducirnos como la poesía magistralmente camuflada por un ingenioso seicentista; nuestros pasos comienzan a sonar sobre la acera de los boulevards, como dice Zola, avec des familiarités particuliéres; acostumbramos la mente a la riña, el paladar a las salsas, el ojo a los rostros maquillados, el oído a los cantos en falsete; se va formando en nosotros poco a poco una profunda y deliciosa depravación de los gustos, hasta que un buen día nos damos cuenta de que somos parisinos hasta la médula. (p.254 – 255). El enfoque en esta crónica es muy diferente al primer capítulo El primer día en París.

Estos textos han sido pequeñas muestras de lo que encontraran en Recuerdos de Londres y París y, espero que se animen a buscar este interesante y hermoso libro.

 

Carlos E. Tupiño

(Abril, 2011)

Recuerdos de Londres – Edmondo De Amicis

recuerdos de parisPor medio de las crónicas de viajes nos transportamos a lugares, sin importar el tiempo o la distancia, en los que podemos ser testigos de descripciones de ciudades y personas tal como eran en los tiempos del escritor de la crónica. Y, si esas crónicas contienen los detalles y el lenguaje preciso, pueden convertirnos en compañeros de viaje del escritor.

He leído un excelente libro de crónicas de viaje; su autor es Edmondo De Amicis, conocido por Corazón, su obra más célebre. Este escritor italiano nacido en Oneglia, el año 1846, también fue ensayista, periodista y un viajero que aprovechaba cada instante para dejar grabado con su pluma todos los detalles de aquellos lugares que tuvo la oportunidad de conocer.

Producto de aquellos viajes, tiene en su producción obras que llevan por nombre: España, Holanda, Constantinopla, Recuerdos de Londres y Recuerdos de París, escritas en 1873, 1874, 1878, 1874 y 1879 respectivamente. Precisamente, el libro a que hago mención lleva por título Recuerdos de Londres y París, Editorial Páginas de Espuma, Madrid, 2008. Esta edición ha incluido los libros que escribiera De Amicis luego de sus viajes a Londres en 1874 y, París en 1878.

A través de las páginas uno se convierte en compañero de viaje del escritor italiano, de sus penurias, alegrías, admiración por los lugares y personas que llega a conocer. La abundante información cultural y literaria que incluye en las descripciones de los lugares y personas, siempre asociándolos con datos culturales, históricos y literarios, ayudan al lector a una mejor comprensión de lo que el escritor desea transmitir.

En Recuerdos de Londres De Amicis nos hace testigos de sus impresiones en la visita que hace a esa ciudad, que empiezan con las incomodidades del viaje, debido a los mareos producidos en la embarcación en que viajaba, el sentirse aislado en un lugar cuyo idioma no habla y los recorridos por las diferentes zonas de la ciudad.

Dentro de sus primeras impresiones el escritor nos cuenta: Por la mañana, bastante antes de salir el sol, salí y me dirigí hacia el Támesis. Estaba a pocos pasos del Puente de Londres, en el corazón de la City. Se veía a poquísima gente, reinaba un gran silencio, el cielo estaba gris, hacía frío, una tenue niebla se cernía sobre todas las cosas sin esconderlas. (p. 14 – 15).

Sin embargo, esa apreciación cambiaría con el correr de los minutos y horas hasta llegar al momento en el que una ciudad se despierta y empieza su vida. Era el año 1874 y ya se percibía el movimiento de las grandes urbes: Cuando llegué a Fleet Street, el gran movimiento ya había comenzado. Entonces vi Londres. Sobre las dos aceras de la calle, la masa de gente era compacta como a la salida de un teatro, y no se veían carruajes ni a nadie que gritara o que gesticulara; iban todos deprisa y en silencio y cada uno aprovechaba cada pequeño hueco que se hacía en medio del gentío para colarse delante de quien lo precedía. (p.20).

De Amicis nos muestra la muchedumbre de personas que se dirigen a sus trabajos; la forma en que describe esa esas escenas, transmite la premura de la gente por llegar a sus centros de trabajo, una premura que actualmente se ha convertido en el stress que forma parte de nuestra sociedad.  También nos permite ver los trenes que, en esos años, ya circulaban por el centro de Londres: Mientras sigo adelante así, arrastrado por la corriente, oigo un pitido agudísimo sobre mi cabeza; levanto los ojos y veo pasar un tranvía sobre un alto puente que se eleva por encima de la calle. Apenas ha pasado, oigo otro pitido por otra parte y veo que otro tren sobrevuela las chimeneas de las casas laterales. (p.21).

Mediante su pluma, el escritor italiano nos permite confirmar que muchos lugares mantienen esas características que los hacen tan especiales aún en nuestros días. Por ejemplo, al referirse a la vista que tiene desde el puente de Westminster dice que supera todas las vistas desde los puentes del Sena, recordando y comparando lo que vio en su viaje a París, hecho unos años antes. En su recorrido por las calles nos describe esa mezcla especial que reina en la ciudad: El aspecto general de las calles de Londres no se puede decir en realidad cuál es exactamente. […] En la misma calle se alterna lo árabe, lo bizantino, lo gótico y lo grecorromano… […] En cada ángulo se ve algo que lleva la imaginación a miles de millas muy lejanas del sitio en el que uno se encuentra. En un determinado punto hay una reminiscencia confusa de Venecia, en otro un aire de la vieja Roma, aquí se te viene Sevilla a la mente, allá, se te ocurre pensar en Colonia… […]. (p.24).

También nos ofrece la descripción del Palacio de Cristal que fue construido en 1851 y, en 1936 fue destruido por un voraz incendio. Lugares como el mencionado, que ya no existen y han quedado registrados en el recuerdo de la historia, nos es posible visitarlos gracias a las descripciones que hace De Amicis.

Al visitar la Abadía de Westminster, en donde se halla el Panteón en el que reposan los restos de personajes de la historia y cultura, De Amicis menciona los nombres de muchos de esos personajes, de manera tal que transmite lo que para él significó estar en ese lugar: Es un panteón divinamente democrático. Los grandes príncipes duermen junto a los grandes poetas. Junto a Shakespeare hay un pedagogo: Andrés Bello. Junto a Newton, un abanderado. […] En medio de una multitud de chambelanes, de abades y de ministros, entre los que uno pasa indiferente, se encuentran las imágenes queridas y gloriosas que hacen latir al corazón, como amigos a los que se encuentra en  país desconocido: Gray, Milton, Goldsmith, Thompson, Thackeray, Addison, y el último, amado y llorado como los más grandes, Charles Dickens. (p.38). Acerca de los personajes mencionados, la presente edición se ha encargado de incluir las notas a pie de página con la información necesaria para su comprensión.

De Amicis también se encargará de transmitirnos sus sensaciones al visitar lugares como el museo de la Torre de Londres: Estos monumentos execrables de la crueldad y de la desventura humanas me causaron siempre una repulsión mucho mayor que mi curiosidad; pero recordando los nombres de aquellos que murieron entre estos muros, me sentí obligado a entrar. […] los instrumentos de tortura todavía intactos, con los que desgarraban los cuerpos y trituraban los huesos, antes de darles muerte. Gritos que se le escapan a una criatura humana junto con la vida, gemidos escalofriantes, ademanes, palabras de súplica que laceran el corazón  y resistencia sobrehumana de gente que no quiere morir se sienten y se oyen con el pensamiento, vivísimamente, al ir recorriendo los rincones de aquel edificio maldito. (p.41 – 42).

Pero también nos encontramos con descripciones muy distintas y lejanas a las de la Torre de Londres. Nos habla y nos describe el aburrimiento en un domingo cualquiera en la ciudad de Londres de esos años: […] ¡Ah! Quien no ha visto Londres un  domingo, no sabe lo que es el aburrimiento. Las puertas cerradas, las ventanas enrejadas, las calles desiertas, las plazas silenciosas; barrios enteros abandonados, en los que se podría uno morir de hambre sin ser ni socorrido ni visto siquiera;… […]. (p.50).

El cronista italiano continúa llevando al lector por los diferentes museos y barrios de la ciudad, inclusive a aquellos barrios peligros en donde reina la violencia. Dentro de sus descripciones se ocupa de la conocida “hora inglesa”: […] Las diversas funciones de su inmensa vida se desarrollan con la puntualidad y el rigor de un reloj. […]. (p.53). Así continuará hasta el momento de abandonar Londres.

El texto referido a Londres resulta muy breve en comparación con el que dedica a París, en el que incluye su visita no sólo a la Ciudad Luz sino, también, la que efectuó a la Exposición Universal de París en 1878. También cuenta de su experiencia al conocer a Victor Hugo y Émile Zola, las descripciones que hace de esos personajes y lo que sintió al conversar con ellos, convirtiendo ese texto en algo espectacular.

De los Recuerdos de París les contaré en el siguiente post.

 

Carlos E. Tupiño

(Abril, 2011)

París, la literatura y un café

París es una de las ciudades que se han apoderado de un lugar en la literatura, y han quedado grabadas en la mente de innumerables lectores al haber sido el escenario en donde se desarrollaron las más diversas historias, desde un cuento hasta una gran novela,  sin dejar de lado las crónicas de viaje, ensayos, biografías y memorias de escritores en las que siempre, de una u otra manera, está presente.

Al haberse hecho de un lugar dentro de la literatura, nos ha permitido recorrerla y conocerla a través de los siglos como el escenario de historias dramáticas, heroicas o divertidas; en tiempos de guerra y de paz.

Uno de los escritores que me ayudó a descubrir esta hermosa e interesante ciudad fue Alfredo Bryce Echenique. Encontré que la ciudad de París estaba presente en varias de sus obras; inclusive uno de sus libros de cuentos lleva por título: Guía triste de París. Esta ciudad también se hace presente al leer sus antimemorias, anécdotas y artículos publicados en diarios y revistas.

Cuando visité esa ciudad y mientras recorría sus calles y barrios, venía a mi mente lo que había leído de París en los libros de Bryce o, mejor dicho, lo que Bryce me había contado de París en sus libros.

Fue ahí que escribí las líneas que, a continuación, comparto con ustedes y que titulé:

Un café en París

Fotografía por L. Tupiño

Fotografía: L. Tupiño

Era mi última tarde en París, y estaba haciendo algo que había deseado desde que llegué a la Ciudad Luz… tomar una taza de café en un típico café parisino con mesitas en la vereda. Allí me encontraba, en un café ubicado en la Quai St. Michel, nada menos que frente a la catedral de Notre Dame; también tenía frente a mí los edificios de la Conciergerie–en la que eran recluidos los condenados a la guillotina- y del Palais de Justice.  Además pensaba en la cultura, el arte y  la bohemia que forman parte de la atmósfera de esa ciudad que ha albergado a muchos filósofos, intelectuales, escritores y pintores, y que ha servido de marco para muchas novelas, cuentos y pinturas.

Una joven camarera me trajo un espresso, el cual minutos antes le había pedido. Era un café cargado, muy aromático y, por supuesto, caliente para esa fría tarde de invierno que había sido precedida por una mañana muy soleada.

Desde mi ubicación podía ver también a los tradicionales vendedores de libros usados, entre los que se pueden encontrar verdaderas joyas de la literatura; estos vendedores también forman parte del ambiente parisino que ha servido de inspiración a muchos artistas, el mismo que se puede disfrutar si uno está dispuesto a percibirlo, si uno está en la misma frecuencia. Mientras saboreaba los primeros sorbos de aquel delicioso café, la atmósfera del lugar me invitaba no sólo a observar todo aquello que me rodeaba, sino también a poder gozar de una buena lectura y, por qué no, de poder inspirarme para crear algún relato, de sentirme escritor en un café parisino.

Era el lugar y el momento propicio para recordar todos los escenarios que había conocido hasta ese momento y, uno de los que vino principalmente a mi memoria fue el paseo en el Bateau Parisien. Evoqué el recorrido por el río Sena, en el que se podían apreciar desde la cubierta de la embarcación diferentes lugares de interés de la Ciudad Luz, y mientras eso sucedía se dejaba escuchar La vie en rose cantada por la inolvidable Edith Piaff. ¡Realmente el arte y la historia están en cada lugar de París! Aún en los puentes que cruzan el Sena, como el Pont-Neuf por el que transitaron la señorita Pross y el señor Cruncher, personajes de la novela Historia de dos ciudades del gran Charles Dickens. Luego, casi al terminar el recorrido se podían escuchar las notas del Can Can en honor al pintor Toulouse Lautrec, mientras explicaban aspectos de su vida y la historia de las modelos que posaron para los afiches que él pintó.

Continuaba saboreando ese delicioso espresso y pensaba en la visita al barrio latino –famoso por los sucesos de Mayo del 68–, el cual es mencionado muchas veces en las obras de Bryce Echenique; también pensaba en los ultra pequeños departamentos para estudiantes, uno de los cuales podía ver desde mi habitación en el hotel ubicado en la rue de Strassbourg.

También pasaba por mi mente el paseo a la Tour Eiffel y las notas de El cóndor pasa que se escuchaban en ese lugar y me hacían recordar a

Fotografía: L. Tupiño

Fotografía: L. Tupiño

Bryce cuando escribió en sus Antimemorias 2 (El cóndor sigue pasando): “En fin, que acababa de estallar el boom de la literatura latinoamericana, en París y donde se le pusiera, y acaba también de alzar su vuelo mundial El cóndor pasa.” Definitivamente, esa canción se ha convertido en parte del lugar y es para todos los turistas.

Igualmente desfilaban por mi memoria la avenue des Champs Élisées en uno de cuyos extremos se encuentra la Place de la Concorde en la que se levanta l’Obélisque, y en el extremo opuesto el Arc de Triomphe; el Musée du Louvre que sirvió de residencia a los reyes durante los siglos XVI y XVII; y tantos otros lugares y monumentos que han hecho famosa a la ciudad que influyó al mundo con el siglo de la Ilustración.

Estando en ese momento de tranquilidad en medio de la ciudad y con la segunda tasa de espresso en mi mano, no pudo faltar en mi memoria un texto que escribió Julio Ramón Ribeyro en sus Prosas apátridas: “Hay tardes de primavera en París, como esta de hoy, soleada, dorada, que no se viven, sino que se desgajan y manducan como una mandarina. Y para ello nada mejor que una taza de café, una bebida tonificante, una vacancia de la atención, un dejar que nuestra mirada en reposo reciba las imágenes del mundo, sin preocuparse de encontrar en ellas orden ni sentido ni  prioridad. Ser solamente el cristal a través del cual nos penetra intacta la vida.” (Prosa 113)

En fin, esta fue la ocasión para recordar todo lo conocido, para sentir el espíritu bohemio y artístico que flota en el ambiente; simplemente percibir lo que nos rodea, o como escribió Ribeyro: “Ser solamente el cristal a través del cual nos penetra intacta la vida” mientras se disfruta de un delicioso café.

 

Carlos E. Tupiño

(Enero, 2011)

La Maison de Victor Hugo

Durante el Congreso Internacional “Cartografías del poder en la obra de Mario Vargas Llosa”, tuve la oportunidad de conversar con la profesora Marie-Madeleine Gladieu de la Universidad de Reims (Francia) acerca de su ensayo Vargas Llosa y Victor Hugo, incluido en el libro Mario Vargas Llosa escritor, ensayista, ciudadano y político, editado por Roland Forgues (Librería Editorial “Minerva” Miraflores, Lima, 2001).

Después de cambiar opiniones acerca del ensayo mencionado, continuamos hablando de Victor Hugo y me contó que su abuelita le había enseñado, desde muy niña, a leer los poemas escritos por el personaje francés. Llegó a memorizarlos y dijo que a su profesor de los primeros años de colegio le llamaba la atención que una niña pudiera recitar de memoria los poemas de Victor Hugo. Esas lecturas fueron el inicio de la admiración que empezó a sentir por Victor Hugo y ello la llevó a especializarse en su obra.

Esa conversación con la profesora me hizo recordar la visita a la casa de Victor Hugo en París. Al lugar se le conoce como La maison de Victor Hugo y aquí comparto con ustedes una crónica que escribí luego de recorrer ese fascinante lugar.

La Maison de Victor Hugo
Una ciudad es el reflejo de aquello que la formó y que la convirtió en lo que es, en lo que se puede ver y, en el caso de París, en lo que se puede admirar y sentir al estar en medio de ella.

Como amante de la literatura, no podía dejar de visitar un lugar que encierra el espíritu de uno de los genios literarios del siglo XIX. Hacia ese lugar me dirigía. Luego de unos minutos en el metro, llegué a la estación de Saint Paul. Tomé la salida que da al cruce de la Rue de Saint Antoine con la Rue de Rivoli y, con la ayuda de un plano recorrí las diferentes calles hasta cruzar la rue de Turenne e ingresar a la Place des Vosges, la plaza más antigua de Paris, antiguamente llamada Place Royale. Su construcción, ordenada por Henry IV, se inició en 1605 y finalizó en 1612.

Place des VosgesComo recibiendo a los visitantes que llegan a ese lugar, se encuentra la estatua de Louis XIII, esculpida en mármol. Fue puesta en ese sitio el año 1829 en reemplazo de la que erigió el Cardenal Richelieu en 1639, hecha en bronce y que fue destruida durante los turbulentos años de la Revolución Francesa.

Detrás de ese monumento se levanta la hermosa e impresionante arquitectura de l’Hôtel de Rohan Guéménée, en uno de cuyos extremos, en el segundo piso, se halla La Maison de Victor Hugo, nombre con que se le conoce al departamento en el que residió, desde 1832 hasta 1848, el gran poeta, dramaturgo, novelista, político, académico e intelectual.

La arquitectura del hotel es lo más bello en esa place, la cual, en el transcurso de los años, llegó a ser propiedad de Louis de Rohan, príncipe de Guéménée; de ahí el nombre del hotel que se mantiene hasta la actualidad.

Por iniciativa de Paul Meurice, amigo del escritor, fue creado el museo en el mismo lugar que habitó Victor Hugo. Esto sucedió en el año 1902, en el que se conmemoraba el centenario de su nacimiento, pero, la inauguración se realizó el 30 de Junio de 1903. La casa museo se encuentra bajo la administración de la Ville de Paris.

Luego de cruzar la plaza y observar esos jardines de un verde intenso, que resaltaban al contraste con las figuras invernales de los árboles sin hojas, llegué a la maison. Junto a la puerta de ingreso hay una placa metálica, muy sencilla, en la que se lee: La maison de Vicor Hugo. Me sorprendió ver que la entrada no tiene mayores arreglos. Es sobria y se encuentra en muy buen estado. El hecho de que se conserve la arquitectura original, causó en mí la sensación de estar ingresando en el pasado, en una parte de la historia que se hacía presente en el momento que pisaba ese suelo.

Las escaleras, anchas y de madera, reflejan un desgaste natural sin llegar a parecer viejas. Me daba la impresión de estar viéndolas tal como se veían al ser usadas diariamente por sus habitantes. Parecía que, en cualquier momento, me podría cruzar en las escaleras con las personas que habitaron y frecuentaron esa vivienda.

Victor Hugo residió allí desde 1832 hasta 1848. Sin embargo, es como si su espíritu creador perdurara en el tiempo, impregnando la atmósfera de ese lugar. En el descanso de la escalera que da al segundo piso, se pueden apreciar los afiches de las distintas versiones cinematográficas de Les Misérables. Al verlos vienen a la memoria personajes como el célebre Jean Valjean, que luego cambiaría su nombre por el de Monsieur Madeleine, la pequeña Cosette, el policía Javert y todos aquellos que son parte de esa espectacular creación literaria, que empezó a gestarse en Victor Hugo varios años antes de llegar a ese departamento. Acerca de los inicios de esa obra, Mario Vargas Llosa escribió: “que comienza un día cualquiera de 1824 cuando un joven poeta pide informes a un amigo sobre la prisión de Toulon, y termina en Mayo de 1861, en un albergue de la llanura de Waterloo donde Victor Hugo, exiliado y ya glorioso, pone punto final al manuscrito y escribe a Juliette Drouet: ‘Mañana seré libre’ ” (Artículo: En torno a Los Miserables, París, 1 de setiembre de 1964, incluido en Contra viento y marea (1962-1982), p.43, Seix Barral, 1983, Barcelona, 1ª edición).

Al ingresar en la habitación donde el genio trabajaba, quedé fascinado al contemplar cada uno de los objetos en ese lugar de creación Victor Hugo_literaria; era como si esperara que Victor Hugo entrara, se pusiera a trabajar y pudiera ser testigo de la forma en que él escribía, de los gestos que haría al pensar en sus personajes y en la historia que estuviera desarrollando. Ver cuando escribía: Oh! Paris est la cité mère! / Paris est le lieu solennel / Où le tourbillon éphémère / Tourne sur un centre éternel!, versos que componen el inicio de la segunda parte del poema A l’Arc de triomphe, que forma parte del libro Les Voix intérieures, escrito durante su estadía en ese segundo piso.

El departamento también sirvió como lugar de reunión para los ensayos de la obra de teatro Le Roi s’amuse, censurada por las autoridades de la época. A dichas citas acudían los actores y, también, personajes como Dumas, Mérimée, David d’Angers, Balzac. Éste último no sólo fue un gran amigo de Victor Hugo, sino también una fuerte influencia en su obra novelesca a partir de 1841, la que se percibe especialmente en Les Misérables. Todo ese círculo de amistades estuvo perseguido por las autoridades. Por esos años, Victor Hugo ya había sido nombrado miembro de la Acadèmie Française.

Algo que resulta muy atractivo en la maison es la librería que funciona en el segundo piso. En dicho ambiente se encuentran en exhibición las diferentes ediciones de las obras de ese genio francés. También están a la venta las ediciones actuales de una buena parte de su obra. Realmente es un deleite poder adquirir una novela creada por Victor Hugo, nada menos que en la librería instalada en la casa donde vivió. Al comprar uno de los libros, en medio de esa atmósfera, dan ganas de recorrer los ambientes en busca del escritor para pedirle que nos ponga una dedicatoria.

Durante los años de su residencia en ese departamento, Victor Hugo escribió: Lúcrese Borgia, Marie Tudor, Ruy Blas, Les Chants du Crépuscule, Les Voix intérieures, entre muchas otras obras. El 20 de Octubre de 1832 escribió la nota que fue añadida a la edición definitiva de su novela Notre-Dame de Paris, que incluía los tres capítulos que se habían extraviado y fueron encontrados. En ese segundo piso, Victor Hugo también experimentó momentos terribles: su esposa Adèle lo abandonó y, en el año 1843 sufrió la pérdida de su hija Léopoldine. Murió ahogada en el río Sena a la edad de diecinueve años. A su estado de ánimo se sumó, ese mismo año, el fracaso más grande que tuvo en su faceta de dramaturgo con el drama épico Les Burgraves. Esto causó que dejara de presentar obras de teatro durante algunos años.

Estas paredes también guardan momentos muy especiales en la vida del escritor, como la llegada de Juliette Drouet, joven y hermosa actriz, a quien conoció durante la puesta de la obra Lúcrese Borgia; ella interpretaba el papel de la princesa Négroni. Victor Hugo dedicó incontables poemas a esa mujer que amó y que fue su compañera durante muchos años.
La visita al museo me mostró parte de la vida de un hombre que se dedicó a aquello en lo que podía poner todo su ser, dejando en cada obra producida, una marca indeleble, una porción de su existencia. Es por eso que sus obras se encargan de mantenerlo presente sin importar el tiempo transcurrido.

Al salir de la maison, llevando en mí interior una mezcla de satisfacción y asombro por todo lo que había podido ver y sentir, y nostalgia por estar abandonando ese lugar, crucé la Place des Vosges rumbo a la rue de Turenne por dónde me dirigiría a la estación del metro. Antes de abandonar la plaza, me quedé contemplando unos instantes el segundo piso en que vivió el escritor, y miré las ventanas por las que, tal vez, solía asomarse para admirar ese hermoso lugar. Instintivamente, levanté el brazo con el libro Notre-Dame de Paris en la mano, e hice adiós.

Cuando leí el libro Vie de Shakespeare, una extraordinaria obra de Victor Hugo, encontré en el prefacio las siguientes palabras escritas por el autor: “Todo cuanto se vincula con Shakespeare, todos los problemas que se relacionan con el arte, se hicieron presentes a su espíritu.” Estoy convencido que esas mismas palabras son perfectamente aplicables al genio creador que las escribió. No en vano dijo Jorge Luis Borges, comentando ese libro: “De manera que es la biografía de un genio escrita por otro genio.”

 

Carlos E. Tupiño

(Enero, 2011)