Sobre París – Ernest Hemingway

Sobre París – Ernest Hemingway

Hay veces en las que, sin proponérmelo, he encontrado alguno de esos libros que puedo clasificar como excelentes. Eso me sucedió mientras revisaba la página web de una librería y vi un título que me llamó la atención: Sobre París y el autor era nada menos que Ernest Hemingway. Leí el breve texto que habían publicado de la contratapa pero, la verdad, no me decía mucho y me pareció que podría tratarse de crónicas. Separé el libro para revisarlo.

Unos días después estaba en la librería revisándolo y pude ver que se trataba de una selección de artículos que Hemingway escribió para el diario canadiense The Toronto Star. Clara Pastor, autora del Prólogo escribió: “Todos los artículos de la selección que presentamos fueron escritos desde París entre abril de 1922 y abril de 1923, salvo los tres últimos, que Hemingway escribió desde Toronto, […]”

Estos artículos son una excelente oportunidad para deleitarnos en el estilo del joven Hemingway quien, en esos textos periodísticos nos da una muestra de lo que se puede obtener al mezclar, con maestría, el periodismo y la literatura. La mencionada autora del Prólogo da cuenta de esa particularidad: “[…] De hecho, estos textos reflejan perfectamente algo que descubrimos leyendo al Hemingway cuentista que contar las cosas restándoles carga dramática, con una economía de lenguaje y sobriedad muy bien calculadas, tiene el efecto de volverlas sistemáticamente más dramáticas, ya sea por la visión grotesca de individuos que confunden la ebriedad con el conocimiento del verdadero París o por las corruptelas del gobierno con las cuentas públicas.”

Desde el primer artículo Vivir con 1,000 dólares al año en París, publicado el 4 de febrero de 1922 podemos apreciar lo conciso y preciso en su escritura, siempre acompañados de detalles que provienen de la cualidad de observador que caracterizó al escritor norteamericano.

Cada una de sus crónicas nos permite visitar el París de esos años y ser testigos de escenas de la política, sociedad, turismo, arte, música, los inmigrantes rusos y temas de los más diversos. Estos textos son una ventana por la que podemos dar un vistazo a una época de la historia. Por ejemplo, en el artículo París está lleno de rusos, de febrero de 1922, nos da cuenta del exilio de la aristocracia rusa luego de la revolución y la forma en que empezaron a vivir en París.

En el artículo La locura de Poincaré, publicado en febrero de 1922, escribió:  “[…] entonces Francia volverá a ocupar su lugar como una nación que busca lo mejor para los suyos y para el mundo en general, […].” Estas palabras me hicieron recordar las que escribió Victor Hugo con ocasión de la Exposición Universal de París en 1867 acerca de su amado país: “[…] Ya no serás Francia, serás Humanidad; […].” (En Elogio de París, Editorial Gadir, Madrid, 2011, p.115)

Es un libro que recomiendo porque, a través de los veintinueve artículos que contiene, nos permite apreciar los textos periodísticos de Hemingway y ver en ellos no sólo parte de la historia sino, también, los asomos de ese estilo que podemos encontrar en sus cuentos, en los que llegó a ser considerado por muchos como un maestro por esa técnica que revelaba sólo lo necesario y escondía muchos datos dándole al lector la tarea de descubrirlos o imaginarlos.

 

 

Bibliografía:

Sobre París, Ernest Hemingway, Editorial Elba, S.L., Barcelona, 2012

Elogio de París, Victor Hugo, Editorial Gadir, Madrid, 2011

 

Carlos Tupiño Bedoya
Abril, 2014

Advertisements

Recuerdos de París – Edmondo De Amicis

Recuerdos de París – Edmondo De Amicis

Como comenté en el post anterior, el libro Recuerdos de París supera largamente, en mi opinión, los Recuerdos de Londres. Tal vez se deba al hecho que en esa visita a la Ciudad Luz, De Amicis se encontró con la Exposición Universal de París de 1878 y, además, conoció personalmente y visitó a Victor Hugo y, también, a Émile Zola. Todas esas experiencias están magníficamente descritas por el escritor italiano.

Su llegada a París tuvo lugar el 28 de junio de 1878 Resulta interesante que en sus descripciones acerca de la ciudad, deja establecido ese refinamiento que caracterizaba a esa urbe que, en esos años, era el centro de diversos movimientos culturales, entre ellos la literatura. Heme aquí, de regreso a esta inmensa red dorada, en la cual hace falta caer de vez en cuando, se quiera o no. […] Aquí comienza a aparecer París. La calle larguísima, la doble fila de árboles, las casas alegres; todo es nítido y fresco, y por todas partes se respira un aire juvenil. Se reconocen a primera vista mil pequeños refinamientos de confort y de elegancia que revelan un pueblo lleno de necesidades y caprichos, para el cual lo superfluo es más indispensable que lo necesario, y que goza la vida con  un arte ingenioso”. (p.67)

de amicis A lo largo del libro, que está dividido en El primer día en París, Una mirada a la Exposición, Victor Hugo,  Émile ZolaParís, De Amicis incluye muchos nombres y referencias a escritores y sus obras, así como a lugares que se relacionan con los hechos narrados, logrando dar un énfasis que hace más perceptible para el lector, las experiencias que nos cuenta.

Para él, la ciudad de Paris era el hábitat de los personajes creados por los escritores que, en ese entonces, ya gozaban de un reconocimiento. […]…la gente no es nueva. Son todo figuras conocidas, que hacen sonreír. Es Gervaise que se asoma a la puerta de la tienda con el hierro en la mano, y Monsieur Joyeuse que va a la oficina fantaseando una gratificación, es Pipelet que lee ‘La Gaceta’, es Frédéric  que pasa bajo las ventanas de Bernerette, es la sastrecilla de Murger, es la comerciante de Kock, es el gamín de Victor Hugo, es el  Prudhomme de Monnier, el l’homme d’affaire  de Balzac, es el obrero de Zola. (p.68 – 69). Todos los nombres citados pertenecen a personajes de novelas de Zola, Daudet, Murger, Victor Hugo, etc. La gran mayoría de las referencias de este tipo, hechas por De Amicis, están explicadas en las abundantes notas de pie de página de esta edición hecha por Páginas de Espuma, Madrid, 2008.

En sus descripciones nos lleva por las diferentes calles de París, por el río Sena y, no podía faltar, Notre Dame, en donde no pierde oportunidad para hacer una referencia literaria a dicho lugar: Aquí mi compañero no puede resistir la tentación de Nôtre Dame… […] Subimos a lo más alto del tejado de la torre de la izquierda, donde Quasimodo deliraba a caballo de la campana, y nos aferramos a la barra de hierro. (p.83). Es como si París y sus personajes literarios fueran –para el cronista- uno sólo.

Poco a poco el escritor nos va mostrando, sin dejar de lado detalles interesantes, el vaivén de la gente en las calles hasta convertirse en la multitud que visitaría la Exposición Universal de París.

En el capítulo correspondiente a este evento, De Amicis nos ofrece una espectacular descripción de su visita a la Exposición, haciéndonos sentir que estamos a su lado recorriendo cada uno de los ambientes del inmenso recinto que alberga lo más variado de diversos países del mundo. Se puede encontrar exposiciones de perfumes, de vegetales, flechas, figuras de arcilla de países africanos, así como los tapices de Persia (hasta hoy las famosas alfombras persas), cristalería, diversas máquinas que habían empezado a revolucionar la industria, las famosas vajillas de Clichy; también está la exposición de perlas y diamantes y hasta la cabeza de la Estatua de la Libertad, que luego sería armada en su lugar actual, frente a las costas de Manhattan en New York. Los tesoros más preciados de la Exposición están casi todos allí dentro. (p.111).

También podemos encontrar una pequeña referencia a los países Sudamericanos y de El Caribe: Un laberinto de salas y galerías, que os conducen desde Perú a Uruguay, de Uruguay a Venezuela, a Nicaragua, a México, a San Salvador, a Haití, a Bolivia, entre los muebles de Buenos Aires y los vestidos de las mujeres de Lima, entre los sombreros de hojas de sen, las telas de alpaca y los tejidos de lana de llamas, en medio de las cañas de azúcar… […] (p.109).  Es una descripción extensa y amena la que realiza el escritor italiano acerca de ese extraordinario evento.

Uno de los capítulos que más me impresionó, fue el dedicado a Victor Hugo. Nos habla de la fama alcanzada por el escritor francés, de su vasta victor hugoobra, de su orgullo y del momento en que pudo conocerlo personalmente y hablar con él, un escritor ya octogenario y que gozaba de fama y reconocimiento. He aquí al hombre del que me propongo escribir hoy. Después de la Exposición Universal, Victor Hugo. Me parece que un tema vale tanto como el otro. (p.152).  […] cada una de sus obras es un inmenso trabajo de excavación al que se asiste leyendo, y en el que se siente el formidable aliento de su respiración. (p.158). […] Victor Hugo es, ciertamente, uno de esos escritores que inspiran un deseo más ardiente de conocerlos; porque sus cien caras de escritor nos hacen preguntarnos a cada momento a cuál de ellas corresponderá su aspecto de hombre. (p.167).

Acerca de su visita a la casa de Victor Hugo, De Amicis empieza desde el día en que se dirigió para que le dieran una cita. Es impresionante la forma en que trasmite todo su nerviosismo y ansiedad por la cita que tendría, por el momento en que llegaría a conocer a ese gran hombre. En ese entonces, contaba con treinta años. Veamos unas pocas líneas acerca de lo que sucede en el escritor italiano al estar en la casa del literato francés y verlo por primera vez: Alguien me sugería al oído, rápidamente, palabras ardientes que yo repetía con la voz temblorosa y sonora, experimentando una inmensa dulzura en el corazón y viendo delante de mí, confusamente, una cabeza blanca que me parecía enorme, y dos pupilas fijas en las mías que poco a poco iban tomando una expresión de curiosidad y benevolencia. De repente me callé, como si una mano me hubiese agarrado la garganta. Y se me cortó la respiración. Entonces, mi afectuosa admiración de veinte años, la constancia de mi ardiente deseo, mis temblores de aquel día, mis inquietudes de los días anteriores, mis terrores de niño, mis vigilias de joven, mis fiebres de hombre, mis humillaciones de escritor, consiguieron una gran compensación. La mano que escribió Nuestra Señora de París y la Leyenda de los Siglos, estrechó la mía. E inmediatamente después, experimenté un segundo sentimiento, tal vez más grande que el primero. La mano izquierda del gran poeta alcanzó la derecha, y mi mano caliente y temblorosa permaneció durante un momento entre las suyas. (p.179 – 180). Creo que el texto lo dice todo.

Así continuará describiendo y transmitiendo su sentir durante la reunión en la Casa de Victor, y seremos testigos de la atmósfera en ese lugar, de las visitas que estaban allí, de lo que conversaron; es decir, también podremos conocer brevemente a Victor Hugo.

Luego vendrá el capítulo dedicado a su encuentro con Émile Zola. En ese texto, De Amicis se encarga de mostrarnos aspectos de la obra del escritor francés y, sobretodo, la manera en que trabajaba para construir sus novelas y para poder utilizar unas descripciones capaces de plasmar en el papel, aquello que estaba en el ambiente mismo de los sucesos creados y narrados. Era una descripción minuciosa, sin dejar de ser interesante y útil para entender mejor sus obras. Por la descripción de una tienda nos hace entender que acaba de sonar la hora del mediodía, o que falta casi una hora para la puesta del sol. Percibe todas las sombras, todas las manchas de sol, todos los matices de color que se suceden hora tras hora sobre la pared, y da cuenta de cada cosa con tan maravillosa evidencia que, cinco años después de la lectura, nos acordaremos de la apariencia que ofrecía una tapicería, hacia las cinco de la tarde, cuando las cortinas de la ventana estaban corridas, y del efecto que ejercía tal apariencia sobre el ánimo de un personaje que estaba sentado en una esquina de aquella habitación. (p.204).

También nos cuentan acerca de la forma en que fueron consideradas, inicialmente, sus novelas, por lo crudas que eran al retratar diferentes escenas de la vida parisiense. Las revistas teatrales de fin de año lo representaron como un barrendero que iba recogiendo las inmundicias con anzuelo por las calles de París. (p.216). Esto nos da una idea acerca del concepto que había acerca de Émile Zola. Todas las críticas no mellaron el ánimo ni las ideas que el escritor francés tenía por delante. El tiempo le daría la razón. Según refiere De Amicis, en ese entonces Zola tenía treinta y siete años.

Durante sus conversaciones, Zola le cuenta a De Amicis acerca de su forma de trabajo; aquí una pequeña muestra: Esta es mi ocupación más importante: estudiar a la gente con la que este personaje tendrá que vérselas, los lugares en los que se encontrará, el aire que deberá respirar, su profesión, sus hábitos, hasta las más insignificantes ocupaciones a las que dedicará las partes de su jornada. Poniéndome a estudiar estas cosas, me viene enseguida a la mente una serie de descripciones que pueden encontrar su sitio en la novela, y que serán como los miliarios del camino que debo recorrer. (p.226). Frecuento yo aquellos lugares por algún tiempo. Observo, interrogo, percibo, adivino. […] hasta el punto de que estoy seguro de dar a mi novela el color y el perfume propio de ese mundo. (p.227).

En este texto, De Amicis nos informa acerca de obras de Zola, tal vez, muy poco conocidas en nuestro medio, acerca de las cuales nos enteramos, por el mismo escritor francés, la manera en que fue desarrollando las historias convertidas en novelas. Causa curiosidad e interés por leer los textos de Émile Zola.

En el último capítulo que lleva por nombre París, De Amicis se prepara para dejar la Ciudad Luz haciendo una serie de recuentos de las experiencias que, a su criterio, tienen los que visitaban esa ciudad y lo que ella va causando en los visitantes con el correr los días de su estadía: Esa inmensa magnificencia postiza termina por seducirnos como la poesía magistralmente camuflada por un ingenioso seicentista; nuestros pasos comienzan a sonar sobre la acera de los boulevards, como dice Zola, avec des familiarités particuliéres; acostumbramos la mente a la riña, el paladar a las salsas, el ojo a los rostros maquillados, el oído a los cantos en falsete; se va formando en nosotros poco a poco una profunda y deliciosa depravación de los gustos, hasta que un buen día nos damos cuenta de que somos parisinos hasta la médula. (p.254 – 255). El enfoque en esta crónica es muy diferente al primer capítulo El primer día en París.

Estos textos han sido pequeñas muestras de lo que encontraran en Recuerdos de Londres y París y, espero que se animen a buscar este interesante y hermoso libro.

 

Carlos E. Tupiño

(Abril, 2011)

París, la literatura y un café

París es una de las ciudades que se han apoderado de un lugar en la literatura, y han quedado grabadas en la mente de innumerables lectores al haber sido el escenario en donde se desarrollaron las más diversas historias, desde un cuento hasta una gran novela,  sin dejar de lado las crónicas de viaje, ensayos, biografías y memorias de escritores en las que siempre, de una u otra manera, está presente.

Al haberse hecho de un lugar dentro de la literatura, nos ha permitido recorrerla y conocerla a través de los siglos como el escenario de historias dramáticas, heroicas o divertidas; en tiempos de guerra y de paz.

Uno de los escritores que me ayudó a descubrir esta hermosa e interesante ciudad fue Alfredo Bryce Echenique. Encontré que la ciudad de París estaba presente en varias de sus obras; inclusive uno de sus libros de cuentos lleva por título: Guía triste de París. Esta ciudad también se hace presente al leer sus antimemorias, anécdotas y artículos publicados en diarios y revistas.

Cuando visité esa ciudad y mientras recorría sus calles y barrios, venía a mi mente lo que había leído de París en los libros de Bryce o, mejor dicho, lo que Bryce me había contado de París en sus libros.

Fue ahí que escribí las líneas que, a continuación, comparto con ustedes y que titulé:

Un café en París

Fotografía por L. Tupiño

Fotografía: L. Tupiño

Era mi última tarde en París, y estaba haciendo algo que había deseado desde que llegué a la Ciudad Luz… tomar una taza de café en un típico café parisino con mesitas en la vereda. Allí me encontraba, en un café ubicado en la Quai St. Michel, nada menos que frente a la catedral de Notre Dame; también tenía frente a mí los edificios de la Conciergerie–en la que eran recluidos los condenados a la guillotina- y del Palais de Justice.  Además pensaba en la cultura, el arte y  la bohemia que forman parte de la atmósfera de esa ciudad que ha albergado a muchos filósofos, intelectuales, escritores y pintores, y que ha servido de marco para muchas novelas, cuentos y pinturas.

Una joven camarera me trajo un espresso, el cual minutos antes le había pedido. Era un café cargado, muy aromático y, por supuesto, caliente para esa fría tarde de invierno que había sido precedida por una mañana muy soleada.

Desde mi ubicación podía ver también a los tradicionales vendedores de libros usados, entre los que se pueden encontrar verdaderas joyas de la literatura; estos vendedores también forman parte del ambiente parisino que ha servido de inspiración a muchos artistas, el mismo que se puede disfrutar si uno está dispuesto a percibirlo, si uno está en la misma frecuencia. Mientras saboreaba los primeros sorbos de aquel delicioso café, la atmósfera del lugar me invitaba no sólo a observar todo aquello que me rodeaba, sino también a poder gozar de una buena lectura y, por qué no, de poder inspirarme para crear algún relato, de sentirme escritor en un café parisino.

Era el lugar y el momento propicio para recordar todos los escenarios que había conocido hasta ese momento y, uno de los que vino principalmente a mi memoria fue el paseo en el Bateau Parisien. Evoqué el recorrido por el río Sena, en el que se podían apreciar desde la cubierta de la embarcación diferentes lugares de interés de la Ciudad Luz, y mientras eso sucedía se dejaba escuchar La vie en rose cantada por la inolvidable Edith Piaff. ¡Realmente el arte y la historia están en cada lugar de París! Aún en los puentes que cruzan el Sena, como el Pont-Neuf por el que transitaron la señorita Pross y el señor Cruncher, personajes de la novela Historia de dos ciudades del gran Charles Dickens. Luego, casi al terminar el recorrido se podían escuchar las notas del Can Can en honor al pintor Toulouse Lautrec, mientras explicaban aspectos de su vida y la historia de las modelos que posaron para los afiches que él pintó.

Continuaba saboreando ese delicioso espresso y pensaba en la visita al barrio latino –famoso por los sucesos de Mayo del 68–, el cual es mencionado muchas veces en las obras de Bryce Echenique; también pensaba en los ultra pequeños departamentos para estudiantes, uno de los cuales podía ver desde mi habitación en el hotel ubicado en la rue de Strassbourg.

También pasaba por mi mente el paseo a la Tour Eiffel y las notas de El cóndor pasa que se escuchaban en ese lugar y me hacían recordar a

Fotografía: L. Tupiño

Fotografía: L. Tupiño

Bryce cuando escribió en sus Antimemorias 2 (El cóndor sigue pasando): “En fin, que acababa de estallar el boom de la literatura latinoamericana, en París y donde se le pusiera, y acaba también de alzar su vuelo mundial El cóndor pasa.” Definitivamente, esa canción se ha convertido en parte del lugar y es para todos los turistas.

Igualmente desfilaban por mi memoria la avenue des Champs Élisées en uno de cuyos extremos se encuentra la Place de la Concorde en la que se levanta l’Obélisque, y en el extremo opuesto el Arc de Triomphe; el Musée du Louvre que sirvió de residencia a los reyes durante los siglos XVI y XVII; y tantos otros lugares y monumentos que han hecho famosa a la ciudad que influyó al mundo con el siglo de la Ilustración.

Estando en ese momento de tranquilidad en medio de la ciudad y con la segunda tasa de espresso en mi mano, no pudo faltar en mi memoria un texto que escribió Julio Ramón Ribeyro en sus Prosas apátridas: “Hay tardes de primavera en París, como esta de hoy, soleada, dorada, que no se viven, sino que se desgajan y manducan como una mandarina. Y para ello nada mejor que una taza de café, una bebida tonificante, una vacancia de la atención, un dejar que nuestra mirada en reposo reciba las imágenes del mundo, sin preocuparse de encontrar en ellas orden ni sentido ni  prioridad. Ser solamente el cristal a través del cual nos penetra intacta la vida.” (Prosa 113)

En fin, esta fue la ocasión para recordar todo lo conocido, para sentir el espíritu bohemio y artístico que flota en el ambiente; simplemente percibir lo que nos rodea, o como escribió Ribeyro: “Ser solamente el cristal a través del cual nos penetra intacta la vida” mientras se disfruta de un delicioso café.

 

Carlos E. Tupiño

(Enero, 2011)

La Maison de Victor Hugo

Durante el Congreso Internacional “Cartografías del poder en la obra de Mario Vargas Llosa”, tuve la oportunidad de conversar con la profesora Marie-Madeleine Gladieu de la Universidad de Reims (Francia) acerca de su ensayo Vargas Llosa y Victor Hugo, incluido en el libro Mario Vargas Llosa escritor, ensayista, ciudadano y político, editado por Roland Forgues (Librería Editorial “Minerva” Miraflores, Lima, 2001).

Después de cambiar opiniones acerca del ensayo mencionado, continuamos hablando de Victor Hugo y me contó que su abuelita le había enseñado, desde muy niña, a leer los poemas escritos por el personaje francés. Llegó a memorizarlos y dijo que a su profesor de los primeros años de colegio le llamaba la atención que una niña pudiera recitar de memoria los poemas de Victor Hugo. Esas lecturas fueron el inicio de la admiración que empezó a sentir por Victor Hugo y ello la llevó a especializarse en su obra.

Esa conversación con la profesora me hizo recordar la visita a la casa de Victor Hugo en París. Al lugar se le conoce como La maison de Victor Hugo y aquí comparto con ustedes una crónica que escribí luego de recorrer ese fascinante lugar.

La Maison de Victor Hugo
Una ciudad es el reflejo de aquello que la formó y que la convirtió en lo que es, en lo que se puede ver y, en el caso de París, en lo que se puede admirar y sentir al estar en medio de ella.

Como amante de la literatura, no podía dejar de visitar un lugar que encierra el espíritu de uno de los genios literarios del siglo XIX. Hacia ese lugar me dirigía. Luego de unos minutos en el metro, llegué a la estación de Saint Paul. Tomé la salida que da al cruce de la Rue de Saint Antoine con la Rue de Rivoli y, con la ayuda de un plano recorrí las diferentes calles hasta cruzar la rue de Turenne e ingresar a la Place des Vosges, la plaza más antigua de Paris, antiguamente llamada Place Royale. Su construcción, ordenada por Henry IV, se inició en 1605 y finalizó en 1612.

Place des VosgesComo recibiendo a los visitantes que llegan a ese lugar, se encuentra la estatua de Louis XIII, esculpida en mármol. Fue puesta en ese sitio el año 1829 en reemplazo de la que erigió el Cardenal Richelieu en 1639, hecha en bronce y que fue destruida durante los turbulentos años de la Revolución Francesa.

Detrás de ese monumento se levanta la hermosa e impresionante arquitectura de l’Hôtel de Rohan Guéménée, en uno de cuyos extremos, en el segundo piso, se halla La Maison de Victor Hugo, nombre con que se le conoce al departamento en el que residió, desde 1832 hasta 1848, el gran poeta, dramaturgo, novelista, político, académico e intelectual.

La arquitectura del hotel es lo más bello en esa place, la cual, en el transcurso de los años, llegó a ser propiedad de Louis de Rohan, príncipe de Guéménée; de ahí el nombre del hotel que se mantiene hasta la actualidad.

Por iniciativa de Paul Meurice, amigo del escritor, fue creado el museo en el mismo lugar que habitó Victor Hugo. Esto sucedió en el año 1902, en el que se conmemoraba el centenario de su nacimiento, pero, la inauguración se realizó el 30 de Junio de 1903. La casa museo se encuentra bajo la administración de la Ville de Paris.

Luego de cruzar la plaza y observar esos jardines de un verde intenso, que resaltaban al contraste con las figuras invernales de los árboles sin hojas, llegué a la maison. Junto a la puerta de ingreso hay una placa metálica, muy sencilla, en la que se lee: La maison de Vicor Hugo. Me sorprendió ver que la entrada no tiene mayores arreglos. Es sobria y se encuentra en muy buen estado. El hecho de que se conserve la arquitectura original, causó en mí la sensación de estar ingresando en el pasado, en una parte de la historia que se hacía presente en el momento que pisaba ese suelo.

Las escaleras, anchas y de madera, reflejan un desgaste natural sin llegar a parecer viejas. Me daba la impresión de estar viéndolas tal como se veían al ser usadas diariamente por sus habitantes. Parecía que, en cualquier momento, me podría cruzar en las escaleras con las personas que habitaron y frecuentaron esa vivienda.

Victor Hugo residió allí desde 1832 hasta 1848. Sin embargo, es como si su espíritu creador perdurara en el tiempo, impregnando la atmósfera de ese lugar. En el descanso de la escalera que da al segundo piso, se pueden apreciar los afiches de las distintas versiones cinematográficas de Les Misérables. Al verlos vienen a la memoria personajes como el célebre Jean Valjean, que luego cambiaría su nombre por el de Monsieur Madeleine, la pequeña Cosette, el policía Javert y todos aquellos que son parte de esa espectacular creación literaria, que empezó a gestarse en Victor Hugo varios años antes de llegar a ese departamento. Acerca de los inicios de esa obra, Mario Vargas Llosa escribió: “que comienza un día cualquiera de 1824 cuando un joven poeta pide informes a un amigo sobre la prisión de Toulon, y termina en Mayo de 1861, en un albergue de la llanura de Waterloo donde Victor Hugo, exiliado y ya glorioso, pone punto final al manuscrito y escribe a Juliette Drouet: ‘Mañana seré libre’ ” (Artículo: En torno a Los Miserables, París, 1 de setiembre de 1964, incluido en Contra viento y marea (1962-1982), p.43, Seix Barral, 1983, Barcelona, 1ª edición).

Al ingresar en la habitación donde el genio trabajaba, quedé fascinado al contemplar cada uno de los objetos en ese lugar de creación Victor Hugo_literaria; era como si esperara que Victor Hugo entrara, se pusiera a trabajar y pudiera ser testigo de la forma en que él escribía, de los gestos que haría al pensar en sus personajes y en la historia que estuviera desarrollando. Ver cuando escribía: Oh! Paris est la cité mère! / Paris est le lieu solennel / Où le tourbillon éphémère / Tourne sur un centre éternel!, versos que componen el inicio de la segunda parte del poema A l’Arc de triomphe, que forma parte del libro Les Voix intérieures, escrito durante su estadía en ese segundo piso.

El departamento también sirvió como lugar de reunión para los ensayos de la obra de teatro Le Roi s’amuse, censurada por las autoridades de la época. A dichas citas acudían los actores y, también, personajes como Dumas, Mérimée, David d’Angers, Balzac. Éste último no sólo fue un gran amigo de Victor Hugo, sino también una fuerte influencia en su obra novelesca a partir de 1841, la que se percibe especialmente en Les Misérables. Todo ese círculo de amistades estuvo perseguido por las autoridades. Por esos años, Victor Hugo ya había sido nombrado miembro de la Acadèmie Française.

Algo que resulta muy atractivo en la maison es la librería que funciona en el segundo piso. En dicho ambiente se encuentran en exhibición las diferentes ediciones de las obras de ese genio francés. También están a la venta las ediciones actuales de una buena parte de su obra. Realmente es un deleite poder adquirir una novela creada por Victor Hugo, nada menos que en la librería instalada en la casa donde vivió. Al comprar uno de los libros, en medio de esa atmósfera, dan ganas de recorrer los ambientes en busca del escritor para pedirle que nos ponga una dedicatoria.

Durante los años de su residencia en ese departamento, Victor Hugo escribió: Lúcrese Borgia, Marie Tudor, Ruy Blas, Les Chants du Crépuscule, Les Voix intérieures, entre muchas otras obras. El 20 de Octubre de 1832 escribió la nota que fue añadida a la edición definitiva de su novela Notre-Dame de Paris, que incluía los tres capítulos que se habían extraviado y fueron encontrados. En ese segundo piso, Victor Hugo también experimentó momentos terribles: su esposa Adèle lo abandonó y, en el año 1843 sufrió la pérdida de su hija Léopoldine. Murió ahogada en el río Sena a la edad de diecinueve años. A su estado de ánimo se sumó, ese mismo año, el fracaso más grande que tuvo en su faceta de dramaturgo con el drama épico Les Burgraves. Esto causó que dejara de presentar obras de teatro durante algunos años.

Estas paredes también guardan momentos muy especiales en la vida del escritor, como la llegada de Juliette Drouet, joven y hermosa actriz, a quien conoció durante la puesta de la obra Lúcrese Borgia; ella interpretaba el papel de la princesa Négroni. Victor Hugo dedicó incontables poemas a esa mujer que amó y que fue su compañera durante muchos años.
La visita al museo me mostró parte de la vida de un hombre que se dedicó a aquello en lo que podía poner todo su ser, dejando en cada obra producida, una marca indeleble, una porción de su existencia. Es por eso que sus obras se encargan de mantenerlo presente sin importar el tiempo transcurrido.

Al salir de la maison, llevando en mí interior una mezcla de satisfacción y asombro por todo lo que había podido ver y sentir, y nostalgia por estar abandonando ese lugar, crucé la Place des Vosges rumbo a la rue de Turenne por dónde me dirigiría a la estación del metro. Antes de abandonar la plaza, me quedé contemplando unos instantes el segundo piso en que vivió el escritor, y miré las ventanas por las que, tal vez, solía asomarse para admirar ese hermoso lugar. Instintivamente, levanté el brazo con el libro Notre-Dame de Paris en la mano, e hice adiós.

Cuando leí el libro Vie de Shakespeare, una extraordinaria obra de Victor Hugo, encontré en el prefacio las siguientes palabras escritas por el autor: “Todo cuanto se vincula con Shakespeare, todos los problemas que se relacionan con el arte, se hicieron presentes a su espíritu.” Estoy convencido que esas mismas palabras son perfectamente aplicables al genio creador que las escribió. No en vano dijo Jorge Luis Borges, comentando ese libro: “De manera que es la biografía de un genio escrita por otro genio.”

 

Carlos E. Tupiño

(Enero, 2011)