De mi biblioteca: Primer encuentro de narradores peruanos

De mi biblioteca: Primer encuentro de narradores peruanos

En 1965 la Casa de la Cultura de Arequipa organizó el Primer Encuentro de Narradores Peruanos. La trascendencia de este acto, calificado por José María Arguedas como un “milagro dentro de nuestra cultura, pues, en toda la historia de la creación literaria en el Perú, es la primera vez que nos reunimos autores y críticos modernos”, hacía necesario que lo expuesto y dialogado en esa ocasión fuera de conocimiento del gran público.

Por esta razón, y aunque tardíamente, la Casa de la Cultura del Perú edita ahora las Actas del Encuentro. Se han utilizado al efecto las cintas magnetofónicas en las que se grabaron todas las actuaciones. Esta versión ha sido escrupulosamente respetada; de ahí el tono coloquial de todo el texto. Sólo suprimiéronse las narraciones que se leyeron, pues la mayoría de ellas están ya publicadas. Como apéndices se incluyen las intervenciones de Mario Vargas Llosa que, sin hallarse en el evento, visitó Arequipa algunas semanas antes.

La Casa de la Cultura del Perú ha querido dedicar este volumen a tres notables escritores peruanos ya fallecidos, que participaron en el Encuentro: Ciro Alegría, Sebastián Salazar Bondy y Oscar Silva.

Lima, noviembre de 1968. (Texto incluido al inicio de la segunda edición del libro)

 

Primer Encuentro de Narradores Peruanos
Alegría, Arguedas, Hernández, Izquierdo, Meneses, Reynoso, Silva, Salazar Bondy, Vargas Vicuña, Vargas Llosa, Zavaleta
Latinoamericana Editores, segunda edición, Lima, 1986.
272 páginas

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El sentido social y popular de los museos – Sebastián Salazar Bondy

La lectura del libro UNA VOZ LIBRE EN EL CAOS. Ensayo y Crítica de Arte fue mi primer acercamiento a los escritos de Sebastián Salazar Bondy. Un comentario acerca del libro pueden leerlo aquí.

Uno de los artículos que más llamó mi atención fue El sentido social y popular de los museos, publicado el año 1959. En ese texto, se aprecia la preocupación e interés de Salazar Bondy acerca de hacer comprender el significado  de lo que es un museo para una sociedad, lo cual estuvo muy descuidado en esos años y, aún en estos tiempos, no se le da la debida importancia y difusión, la cual debe empezar en los colegios para que, desde la edad escolar, las personas empiecen a percibir la importancia y significado de un museo.

Sin embargo, se puede ver que sí ha habido esfuerzos dedicados a los museos y que han tenido buenos resultados. Tal es el caso del Museo Nacional de Arqueología, Antropología e Historia del Perú, en el que podemos ver expuesta y explicada nuestra historia, nuestro pasado; otro ejemplo es en Museo de Arte de Lima, por citar sólo dos.

El interés que despierta  el mencionado texto, escrito hace varias décadas, nos permite percibir la carencia en la difusión de la importancia de los museos. Creo que esta carencia forma parte del déficit cultural, el cual se centra especialmente en una sociedad que lee muy poco. Resulta raro ver a una persona leyendo un libro en un paradero, en un parque, en un café o en cualquier otro lugar. Estoy convencido que, mediante la lectura, una persona puede ampliar sus horizontes culturales, su conocimiento, su aprecio hacia instituciones que involucran la cultura e historia de la sociedad en que se vive.

Son muchos los artículos que escribió Sebastián Salazar Bondy acerca de su interés por la cultura y la literatura y su preocupación fue que éstas estuviesen al alcance de la sociedad, los cuales fueron publicados en la prensa peruana. Eso nos demuestra lo importante que puede ser la labor periodística/cultural en un medio de comunicación.

A continuación podrán leer el mencionado artículo. Agradezco a la señora Lucrecia Lostaunau de Garreaud y a su hermana por permitirme reproducir este importante texto.

Una voz libre en el caosEl sentido social y popular de los museos

SI ENEL PERÚ –y aún en Lima, capital que se precia de culta  no ha habido hasta hoy un verdadero museo, un museo dinámico y de proyección popular, concebido como cátedra de cultura general, ello no se debe al azar. No podemos desvirtuar el verdadero sentido de dicha carencia, muy grave, en verdad, dada la trascendencia educativa que un centro de dicha índole tiene, atribuyéndola a mera negligencia, a descuido o a olvido. La idea de museo no es antigua: nace con la edad moderna, cuando el hombre occidental toma conciencia de su heredad cultural, de su dimensión histórica, de su realidad en proceso hacia la perfección. El concepto que inspira la noción de museo no es el de guardar, a la manera del avaro, objetos valiosos por su antigüedad, su rareza o el material de que están hechos. Ni siquiera tiene un sentido ceremonial: no se intenta rendir ahí culto a ciertos nombres ilustres como se les rinde en un panteón de huesos famosos o eminentes. No se trata, en suma, de poseer un templo, un depósito o un arca. La esencia de esa institución es otra. Ante todo, más allá de su función aparentemente reverencial, el museo es una casa docente. En él se conserva el utensilio primitivo, el lienzo pictórico bello o representativo, la joya de preciosa factura, etc., para mostrarlos. Se exhibe la pieza notable como un hecho vivo, como una imagen de la existencia pretérita, con la finalidad de que su eterna palpitación en la belleza o en la habilidad artesanal alcancen al individuo presente, lo vinculen con su patrimonio –como ciudadano de un país y como miembro de la comunidad humana– y lo muevan a ser una consecuencia vital del pasado y, por ende, una promesa para el futuro. El propósito didáctico del museo es primordial. Piénsese en el fin de las bibliotecas y se hará más claro este carácter educador de los museos. En el Perú no hemos tenido auténticos museos porque los gobiernos no han poseído esa conciencia de la heredad cultural del país, esa conciencia de la historia espiritual que es la única historia digna de leer y difundir. Por imitación, se han habilitado locales, se han colocado en ellas obras, se ha nombrado un conservador y se ha puesto a la puerta a un funcionario encargado de recabar una limosna. Al cabo de unos años, polvoriento el edificio, desvencijado su mobiliario, muerto el contenido, los museos han terminado por ser una especie de leve pero incómoda carga para los tambaleantes presupuestos de educación.

Educación, oligarquía y museo

No ha habido conciencia cultural porque se ha gobernado “al día”. Salvo contadísimas excepciones, los gobernantes –en el solar de Pizarro o en la Plaza de la Inquisición– han pensado únicamente en la política menuda, sin plan de gobierno, Cuando los ha preocupado la educación, han construido escuelas, no escuelas reales sino edificios pequeños o grandes para alojar niños en determinadas horas del día. A esos niños se les ha enseñado a leer y a escribir, se les ha instruido en las operaciones básicas de las matemáticas, se les ha metido en la cabeza sucesos, guerras, revoluciones del país y del resto del mundo, se les ha obligado a memorizar clasificaciones zoológicas y botánicas de complicada estructura, se les ha convencido de que ser abogado, médico e ingeniero era la más brillante meta de la vida; se les ha atosigado de raíces cuadradas, fórmulas algebraicas, verbos auxiliares, casos gramaticales, compuestos químicos orgánicos e inorgánicos, nombres de reyes de España y Francia, etc. Y no se les ha culturizado. ¿Por qué? Parece que no se hubiera querido, en verdad, que supieran las cosas legítimamente importantes que un hombre, inscrito en la cultura occidental y, al mismo tiempo, sujeto a la influencia de culturas distintas debe conocer. Por ejemplo, que la vida tiene sentido porque es una búsqueda de la verdad y de la belleza, un riesgo que se corre en la aventura de conquistar la libertad, una suerte maravillosa de lucha que cada uno emprende mancomunadamente con los otros por la dicha para todos. Cultura, para casi la mayoría de quienes nos han gobernado, ha sido tener el título profesional, ganar un salario que preserve del hambre y aceptar, conforme el orden económico-social impuesto por los poseedores de la riqueza, que todo está bien. La educación, por ello, se ha reducido a memorizar temas y asuntos que luego podían echarse al canasto.

Así como la Universidad ha sido la cenicienta nacional –para impedirse, consciente o inconscientemente, que de ella salieran los principios científicos y filosóficos que demostraran que el sistema del país era absurdo–, la cultura profunda le fue escamoteada al pueblo peruano por la vieja oligarquía dominante. Esa oligarquía quiso al indio siervo y, por tanto, se ocupó en negar la belleza, la fuerza, la imaginación, la inteligencia, que reflejaba su arte. Sólo el tesón de un hombre empecinado, Julio C. Tello, pudo realizar el milagro de que se abriera un museo arqueológico que todavía se debate en la pobreza por la incuria de su presupuesto. Esa oligarquía quiso al técnico y al profesional como subordinados de su causa, y no les dio los libros que podían esclarecerles su posición en la sociedad y su derecho a manejar el país. La biblioteca, tal como está hoy, ha resucitado, por empeño de Jorge Basadre, de ciertas terribles y misteriosas llamas que la redujeron a cenizas. Esa oligarquía aspiro a que sus privilegios no fueran solamente los del mundo y el dominio económico, y negó al pueblo entero los museos de arte. Porque esa oligarquía fue cerrada como casta, como aristocracia, como grupo hegemónico, y el fundamento social del museo rompe precisamente con la tradición del saber estético exclusivo de los palacios, de las “villas”, de los castillos, aislados e inalcanzables para el hombre del burgo, del campo y de los talleres.

Función docente y liberación

La palabra social es una clave en la idea moderna de museo. El museo actual tiene que ser abierto a todos. Sus puertas no se cierran para proteger la propiedad –que es pública–, sino por rutina de la labor. El hombre de la calle va a él como quien va a un paseo. Pero al que, por ignorancia o descuido, no acude a sus salas, el museo sale a buscarlo, le ofrece conocimientos, le dice en una palabra que eso es suyo y debe aprehenderlo espiritualmente, poseerlo y transmitirlo a los suyos, a sus descendientes, como una herencia inalienable. ¿No es, acaso, el espectáculo más edificante de Europa el contemplar como en el Louvre o en El Prado las familias recorren las amplias salas, empapándose del esplendor de la gran pintura? ¿No es, por supuesto, la mejor lección de educación infantil y popular, en esos y otros museos del viejo continente, verificar que los niños recogen en sus pupilas puras las imágenes más hermosas que ha creado la fantasía humana de todos los tiempos? ¿No es, en fin, maravilloso comprobar que obreros, profesionales, empleados, artesanos, gracias a esta habituación, pueden hablar de pintura o escultura, practicarlas en sus horas de ocio, coleccionar por su cuenta cuadros o piezas singulares, y hasta opinar personalmente, si el caso lo requiere, acerca de un gran artista y su obra? Un individuo así formado tiene las mejores defensas contra la vulgaridad del ambiente contemporáneo, contra la producción en serie de tonterías impresas, filmadas o radiales; contra las mentiras que políticos, traficantes y embusteros lanzan a la circulación para servir sus intereses. El museo no sólo completa una buena instrucción escolar, sino que le da fundamente sólido. Dinámico, logra desenmascarar a aquellos que tuercen la verdad, porque fluye de la obra de arte auténtica una irradiación de certeza y pasión que llega al alma y la sostiene. ¿Goya no denuncia una época de blandura monárquica, de traición gubernativa, de agresión extranjera, contra un pueblo, y no enseña cómo se debe reaccionar contra ella? ¿Leonardo no habla de un tiempo de claridad y emoción, y no manifiesta que la paz proviene del equilibrio íntimo del hombre y la comunidad? ¿Rodin no descubre la dimensión del ser, y no brinda un ejemplo de grandeza que no acepta complicidades con la mezquindad? ¿Picasso no canta a la libertad, y no es su canto una especie de coral que todos entonan al unísono con él? El carácter social del museo se alía al carácter metafísico de las obras que guarda. Así, un elemento con el otro, ejercen una docencia cuyos efectos son siempre los de la verdad: ponen en el corazón popular ciertos gérmenes que, en las sociedades mal organizadas, injustas en su fundamento y sus formas, dispuestas para el goce desbordado de unos pocos y la miseria de los más, resultan explosivos. La rebeldía nace en el hondón de quienes, en contacto con la cegadora luz del arte, descubren que las tinieblas en que subsisten son artificiales, creadas por los explotadores y los usurpadores y que pueden ser desgarradas y liberarlo. He ahí por qué no ha habido hasta hoy museos en el Perú y por qué, también, cuando se ha establecido uno –por la inercia de un fenómeno general, por espíritu de imitación o por acallar un clamor imposible de desoír– nuestros gobernantes han creado el sutil mecanismo que lo reduce a su mínima expresión, para que desfallezca por falta de rentas, para que transcurra en una mediocridad mortecina.

La promesa del nuevo museo

El jueves el Patronato de las Artes –entidad privada– ha puesto en marcha un museo nacional. El estado le ha dado una ayuda relativa. Sin embargo, el esfuerzo, que tantas veces el autor de estas líneas temió que se perdiera, ha llegado a un punto culminante. Se nos promete, tal como debe ser, un museo dinámico, que no se detenga en su labor docente, que enriquezca sus medios y su contenido al ritmo más acelerado, que se abra a la muchedumbre como una universidad libre, que conserve parte de nuestro patrimonio y busque completarlo con expresiones del arte de todos los pueblos de la tierra, que no tenga prejuicios hacia determinada expresión de ayer u hoy, que brinde en sus muros y salas, en su auditórium y sus otras dependencias, cultura gratuita, y que, en substancia, termine con esa terrible ausencia educativa a la que se aludió al comenzar esta nota. Ello será un signo visible de que el Perú cambia, de que hay, por lo menos, una parte de sus dirigentes que piensa que el saber no es un peligro y que, mediante él, las masas verán más claramente cuál es el papel que les toca cumplir en la historia. Sera manifestación, pues, de que el estrecho concepto oligárquico de que lo bello y lo bueno es sólo para unos cuantos ha sido sustituido por otro, de origen social, de origen moderno y progresista, que sostiene que todo es para todos, porque todos somos iguales en la tarea de hacer el mundo mejor.

Suplemente Dominical de El Comercio.

18 de octubre de 1959, p. 3.

Sebastián Salazar Bondy, Una voz libre en el caos. Ensayo y crítica de arte, Jaime Campodónico Editor, Lima, 1990

Dirección, recopilación y selección de textos: Lucrecia Lostaunau de Garreaud.

 

Una voz libre en el caos – Sebastián Salazar Bondy

Una voz libre en el caos – Sebastián Salazar Bondy

Recuerdo que durante mis lecturas acerca de escritores peruanos, siempre encontraba alguna referencia a Sebastián Salazar Bondy y los artículos que escribió. Sin embargo fueron muy pocos los que pude encontrar y leer. Pero, en una reunión con un excelente y reducido grupo de amigos, todos amantes de la literatura, tuve el privilegio de recibir un obsequio muy especial… el libro Una voz libre en el caos. Ensayo y crítica de arte que incluye textos del mencionado escritor.

Fue una magnífica oportunidad para conocer la pluma de aquel escritor, poeta, dramaturgo y periodista, y disfrutar de su prosa limpia y atrayente, que no sólo estaba impregnada de la cultura que defendía y creía necesaria para una mejor sociedad sino, también, de esa convicción que el escritor sabía transmitir en cada frase y que era parte de cada uno de sus textos.

El mencionado libro corresponde a la primera edición de 1990, hecha por Jaime Campodónico/Editor. Dicha edición fue auspiciada por el CONCYTEC y la dirección, recopilación y selección de textos fue hecha por la señora Lucrecia Lostanau de Garreaud.

En la contratapa se lee: Los textos reunidos en este volumen, son un conjunto de comentarios aparecidos en diarios y revistas sobre arte peruano, latinoamericano y universal. Escritos con agudeza y concisión, proponen las bases de una crítica que reflexione y discuta la necesidad de practicar un arte ligado a la vida y al hombre, rescatando no sólo su historia individual sino también la de su sociedad. Fueron publicados entre los años 1952 y 1964.

Desde el inicio me pude dar cuenta del interés de Salazar Bondy hacia la mejora de la sociedad por medio de la cultura. En el prólogo, Alejandro Romualdo escribió: El periodismo en el Perú está sostenido por columnas paradigmáticas. Una de ellas es Racso en su dimensión científica; otra es Sebastián Salazar Bondy en los dominios de la cultura artística. Creo que el periodismo cultural alcanzó con él niveles insuperados, de rara concentración y prosa limpia.

Durante la lectura también descubrí su pasión por la pintura, la cual pone de manifiesto en los textos incluidos y, sobre todo, el estilo en que desempeña la función de crítico, la cual se puede apreciar a lo largo de los textos. Acerca de esto último, escribió: La función del crítico es evidentemente la de orientar, pero de una manera impersonal, sin compromisos. Todo crítico debe poseer una convicción, debe estar arrebatado por una pasión. Sólo así sus palabras pueden entrañar una verdad. (En Respuesta a Szyszlo, p.77)

Es, también, en su faceta de periodista que supo dejar un gran ejemplo de lo que puede ser el periodismo cultural, tan escaso en nuestros días. Él mismo escribió: El artista lucha por mejorar su medio, por sembrar en el alma de la multitud la agitación contra todo lo que es dogma, tinieblas, mentiras, miseria material y espiritual.

El libro está dividido en cuatro partes: Introducción al arte, Arte Peruano, Arte en el mundo y Cómo la pintura ha buscado al Perú.

La primera parte incluye trece textos, como por ejemplo Sobre arte abstracto, El periodismo, la crítica y el arte, La pintura latinoamericana, Rechazar o comprender el arte, Comenzar a comprender, entre otros.

Entre los 39 textos de la segunda parte podemos encontrar: La pintura peruana contemporánea, El caso de Sérvulo, Szyszlo y su pintura, Cinco pintores peruanos, José Sabogal, Visita al salón de arte abstracto, El sentido social y popular de los museos y muchos otros. Mediante la lectura de estos artículos podemos tener un excelente panorama de las artes plásticas en el Perú; encontraremos artículos acerca de los inicios de Fernando Szyszlo, Sérvulo Gutiérrez, José Sabogal, Cristina Gálvez, Alberto Dávila, el escultor Roca Rey, personajes que forman parte de la historia del arte peruano; también hallaremos los nombres de las galerías de la época y de las exposiciones que se dieron en esos años y que fueron de mucha importancia para las artes plásticas en el Perú.

La tercera parte nos ofrece 37 textos acerca del arte en países como Alemania, Holanda, Francia, España, etcétera, así como de África.

Una cuarta parte incluye cinco textos acerca del arte colonial y la represión que significó en el ámbito de la pintura desde la llegada de los españoles.

Finalmente, el apéndice que incluye tres textos acerca de las exposiciones de Ricardo Grau, Enrique Kleiser y Szyszlo, publicados en los años 1951 y 1952 en la revista Caretas; en ellos podemos ver los progresos en las técnicas de los mencionados artistas.

Durante la lectura encontré uno de los textos que más refleja su interés por la cultura como algo necesario para la sociedad; me refiero a El sentido social y popular de los museos (aparecido en el Suplemento Dominical de El Comercio, 18 de octubre de 1959). Aquí algunos fragmentos: […] El concepto que inspira la noción de museo no es el de guardar, a la manera del avaro, objetos valiosos por su antigüedad, su rareza, o el material de que están hechos. […] La esencia de esa institución es otra… el museo es una casa docente. […] Se exhibe la pieza notable como un hecho vivo, como una imagen de la existencia pretérita, con la finalidad de que su eterna palpitación en la belleza o en la habilidad artesanal alcancen al individuo presente, lo vinculen con su patrimonio –como ciudadano de un país y como miembro de la comunidad humana- y lo muevan a ser una consecuencia vital del pasado y, por ende, una promesa para el futuro. […] En el Perú no hemos tenido auténticos museos porque los gobiernos no han poseído esa conciencia de la heredad cultural del país, esa conciencia de la historia espiritual que es la única historia digna de leer y difundir.

[…] Cultura, para casi la mayoría de quienes nos han gobernado, ha sido tener el título profesional, ganar un salario que preserve del hambre y aceptar, conforme el orden económico-social impuesto por los poseedores de la riqueza, que todo está bien. La educación, por ello, se ha reducido a memorizar temas y asuntos que luego podían echarse al canasto. […]  La palabra social es una clave en la idea moderna de museo. […] El hombre de la calle va a él como quien va a un paseo: Pero al que, por ignorancia o descuido, no acude a sus salas, el museo sale a buscarlo, le ofrece conocimientos, le dice en una palabra que eso es suyo y debe aprehenderlo espiritualmente, poseerlo y transmitirlo a los suyos, a sus descendientes, como una herencia inalienable. […] Un individuo así formado tiene las mejores defensas contra la vulgaridad del ambiente contemporáneo, contra la producción en serie de tonterías impresas, filmadas o radiadas; contra las mentiras que políticos, traficantes y embusteros lanzan a la circulación para servir sus intereses. (p.131-134)

Creo que si ese interés por la cultura estuviese presente hoy en día, en medio de nuestra sociedad, los medios de comunicación, incluidos los programas de televisión, diarios y revistas, tendrían mejores cosas que ofrecer en beneficio del desarrollo de la cultura.

Los animo a buscar ese excelente libro.

 

Bibliografía:

Una voz libre en el caos. Ensayo y crítica de arte, Sebastián Salazar Bondy, Jaime Campodónico/Editor, Lima, 1990
Los textos citados han sido tomados del mencionado libro.

 

Carlos E. Tupiño

Lima la horrible – Sebastián Salazar Bondy

Lima la horrible – Sebastián Salazar Bondy

Durante uno de mis recorridos en busca de viejos libros viejos, encontré un texto muy interesante; se trata de la edición de 1974 de Lima la horrible (colección Biblioteca Peruana de PEISA, Lima) de Sebastián Salazar Bondy. En la primera hoja aparece impreso: Con el auspicio del Gobierno Revolucionario del Perú como parte del programa de divulgación cultural. Datos como este, encontraremos en aquellos libros que con el paso de los años, aparte de preservar la obra en sí, llevan algunas señas de lo que fue el tiempo en que fueron editados. Es decir, encontramos algo de historia.

Esta obra, cuya primera edición se dio el año 1964 –tanto en México como en Lima– es un ensayo acerca de una Lima que había experimentado el paso del tiempo y que, en medio de ella surgía la interrogante: ¿Qué es lo que habíamos heredado en la historia?

En la introducción encontramos unas palabras que nos muestran lo que posiblemente motivó al autor a escribir este ensayo: Este libro se debe a Lima. Lima hizo a su autor e hizo su aflicción por ellas.

Al iniciar el primer capítulo podemos leer: Como si el porvenir y aún el presente carecieran de entidad, Lima y los limeños vivimos saturados de pasado. Este nos ha sido impuesto por quienes creyeron desentrañar el enigma de nuestro ser, acerca del cual, para fijarnos un destino, preguntamos perplejos desde siempre. Acerca de esta obra, Manuel Velásquez Castro  escribe: …constituye uno de los más brillantes alegatos morales y estéticos contra la Arcadia Colonial (prácticas e instituciones sociales de la oligarquía hispanista que diseñaron el orden social y simbólico de nuestra ciudad).

Dentro de estas interesantes páginas también encontraremos un ensayo acerca del criollo, fiel reflejo de la viveza criolla y, nos daremos con la ingrata sorpresa que eso sigue vigente en la sociedad de nuestros días y ahí podemos ver el por qué.

Es un libro imprescindible que al leerlo nos permitirá ver, en muchos aspectos, el pasado aún vigente en nuestra sociedad en pleno siglo XXI, y además podremos disfrutar de la pulcra pluma de Sebastián Salazar Bondy.

 

Carlos E. Tupiño

(Enero, 2011)