Recuerdos de París – Edmondo De Amicis

Recuerdos de París – Edmondo De Amicis

Como comenté en el post anterior, el libro Recuerdos de París supera largamente, en mi opinión, los Recuerdos de Londres. Tal vez se deba al hecho que en esa visita a la Ciudad Luz, De Amicis se encontró con la Exposición Universal de París de 1878 y, además, conoció personalmente y visitó a Victor Hugo y, también, a Émile Zola. Todas esas experiencias están magníficamente descritas por el escritor italiano.

Su llegada a París tuvo lugar el 28 de junio de 1878 Resulta interesante que en sus descripciones acerca de la ciudad, deja establecido ese refinamiento que caracterizaba a esa urbe que, en esos años, era el centro de diversos movimientos culturales, entre ellos la literatura. Heme aquí, de regreso a esta inmensa red dorada, en la cual hace falta caer de vez en cuando, se quiera o no. […] Aquí comienza a aparecer París. La calle larguísima, la doble fila de árboles, las casas alegres; todo es nítido y fresco, y por todas partes se respira un aire juvenil. Se reconocen a primera vista mil pequeños refinamientos de confort y de elegancia que revelan un pueblo lleno de necesidades y caprichos, para el cual lo superfluo es más indispensable que lo necesario, y que goza la vida con  un arte ingenioso”. (p.67)

de amicis A lo largo del libro, que está dividido en El primer día en París, Una mirada a la Exposición, Victor Hugo,  Émile ZolaParís, De Amicis incluye muchos nombres y referencias a escritores y sus obras, así como a lugares que se relacionan con los hechos narrados, logrando dar un énfasis que hace más perceptible para el lector, las experiencias que nos cuenta.

Para él, la ciudad de Paris era el hábitat de los personajes creados por los escritores que, en ese entonces, ya gozaban de un reconocimiento. […]…la gente no es nueva. Son todo figuras conocidas, que hacen sonreír. Es Gervaise que se asoma a la puerta de la tienda con el hierro en la mano, y Monsieur Joyeuse que va a la oficina fantaseando una gratificación, es Pipelet que lee ‘La Gaceta’, es Frédéric  que pasa bajo las ventanas de Bernerette, es la sastrecilla de Murger, es la comerciante de Kock, es el gamín de Victor Hugo, es el  Prudhomme de Monnier, el l’homme d’affaire  de Balzac, es el obrero de Zola. (p.68 – 69). Todos los nombres citados pertenecen a personajes de novelas de Zola, Daudet, Murger, Victor Hugo, etc. La gran mayoría de las referencias de este tipo, hechas por De Amicis, están explicadas en las abundantes notas de pie de página de esta edición hecha por Páginas de Espuma, Madrid, 2008.

En sus descripciones nos lleva por las diferentes calles de París, por el río Sena y, no podía faltar, Notre Dame, en donde no pierde oportunidad para hacer una referencia literaria a dicho lugar: Aquí mi compañero no puede resistir la tentación de Nôtre Dame… […] Subimos a lo más alto del tejado de la torre de la izquierda, donde Quasimodo deliraba a caballo de la campana, y nos aferramos a la barra de hierro. (p.83). Es como si París y sus personajes literarios fueran –para el cronista- uno sólo.

Poco a poco el escritor nos va mostrando, sin dejar de lado detalles interesantes, el vaivén de la gente en las calles hasta convertirse en la multitud que visitaría la Exposición Universal de París.

En el capítulo correspondiente a este evento, De Amicis nos ofrece una espectacular descripción de su visita a la Exposición, haciéndonos sentir que estamos a su lado recorriendo cada uno de los ambientes del inmenso recinto que alberga lo más variado de diversos países del mundo. Se puede encontrar exposiciones de perfumes, de vegetales, flechas, figuras de arcilla de países africanos, así como los tapices de Persia (hasta hoy las famosas alfombras persas), cristalería, diversas máquinas que habían empezado a revolucionar la industria, las famosas vajillas de Clichy; también está la exposición de perlas y diamantes y hasta la cabeza de la Estatua de la Libertad, que luego sería armada en su lugar actual, frente a las costas de Manhattan en New York. Los tesoros más preciados de la Exposición están casi todos allí dentro. (p.111).

También podemos encontrar una pequeña referencia a los países Sudamericanos y de El Caribe: Un laberinto de salas y galerías, que os conducen desde Perú a Uruguay, de Uruguay a Venezuela, a Nicaragua, a México, a San Salvador, a Haití, a Bolivia, entre los muebles de Buenos Aires y los vestidos de las mujeres de Lima, entre los sombreros de hojas de sen, las telas de alpaca y los tejidos de lana de llamas, en medio de las cañas de azúcar… […] (p.109).  Es una descripción extensa y amena la que realiza el escritor italiano acerca de ese extraordinario evento.

Uno de los capítulos que más me impresionó, fue el dedicado a Victor Hugo. Nos habla de la fama alcanzada por el escritor francés, de su vasta victor hugoobra, de su orgullo y del momento en que pudo conocerlo personalmente y hablar con él, un escritor ya octogenario y que gozaba de fama y reconocimiento. He aquí al hombre del que me propongo escribir hoy. Después de la Exposición Universal, Victor Hugo. Me parece que un tema vale tanto como el otro. (p.152).  […] cada una de sus obras es un inmenso trabajo de excavación al que se asiste leyendo, y en el que se siente el formidable aliento de su respiración. (p.158). […] Victor Hugo es, ciertamente, uno de esos escritores que inspiran un deseo más ardiente de conocerlos; porque sus cien caras de escritor nos hacen preguntarnos a cada momento a cuál de ellas corresponderá su aspecto de hombre. (p.167).

Acerca de su visita a la casa de Victor Hugo, De Amicis empieza desde el día en que se dirigió para que le dieran una cita. Es impresionante la forma en que trasmite todo su nerviosismo y ansiedad por la cita que tendría, por el momento en que llegaría a conocer a ese gran hombre. En ese entonces, contaba con treinta años. Veamos unas pocas líneas acerca de lo que sucede en el escritor italiano al estar en la casa del literato francés y verlo por primera vez: Alguien me sugería al oído, rápidamente, palabras ardientes que yo repetía con la voz temblorosa y sonora, experimentando una inmensa dulzura en el corazón y viendo delante de mí, confusamente, una cabeza blanca que me parecía enorme, y dos pupilas fijas en las mías que poco a poco iban tomando una expresión de curiosidad y benevolencia. De repente me callé, como si una mano me hubiese agarrado la garganta. Y se me cortó la respiración. Entonces, mi afectuosa admiración de veinte años, la constancia de mi ardiente deseo, mis temblores de aquel día, mis inquietudes de los días anteriores, mis terrores de niño, mis vigilias de joven, mis fiebres de hombre, mis humillaciones de escritor, consiguieron una gran compensación. La mano que escribió Nuestra Señora de París y la Leyenda de los Siglos, estrechó la mía. E inmediatamente después, experimenté un segundo sentimiento, tal vez más grande que el primero. La mano izquierda del gran poeta alcanzó la derecha, y mi mano caliente y temblorosa permaneció durante un momento entre las suyas. (p.179 – 180). Creo que el texto lo dice todo.

Así continuará describiendo y transmitiendo su sentir durante la reunión en la Casa de Victor, y seremos testigos de la atmósfera en ese lugar, de las visitas que estaban allí, de lo que conversaron; es decir, también podremos conocer brevemente a Victor Hugo.

Luego vendrá el capítulo dedicado a su encuentro con Émile Zola. En ese texto, De Amicis se encarga de mostrarnos aspectos de la obra del escritor francés y, sobretodo, la manera en que trabajaba para construir sus novelas y para poder utilizar unas descripciones capaces de plasmar en el papel, aquello que estaba en el ambiente mismo de los sucesos creados y narrados. Era una descripción minuciosa, sin dejar de ser interesante y útil para entender mejor sus obras. Por la descripción de una tienda nos hace entender que acaba de sonar la hora del mediodía, o que falta casi una hora para la puesta del sol. Percibe todas las sombras, todas las manchas de sol, todos los matices de color que se suceden hora tras hora sobre la pared, y da cuenta de cada cosa con tan maravillosa evidencia que, cinco años después de la lectura, nos acordaremos de la apariencia que ofrecía una tapicería, hacia las cinco de la tarde, cuando las cortinas de la ventana estaban corridas, y del efecto que ejercía tal apariencia sobre el ánimo de un personaje que estaba sentado en una esquina de aquella habitación. (p.204).

También nos cuentan acerca de la forma en que fueron consideradas, inicialmente, sus novelas, por lo crudas que eran al retratar diferentes escenas de la vida parisiense. Las revistas teatrales de fin de año lo representaron como un barrendero que iba recogiendo las inmundicias con anzuelo por las calles de París. (p.216). Esto nos da una idea acerca del concepto que había acerca de Émile Zola. Todas las críticas no mellaron el ánimo ni las ideas que el escritor francés tenía por delante. El tiempo le daría la razón. Según refiere De Amicis, en ese entonces Zola tenía treinta y siete años.

Durante sus conversaciones, Zola le cuenta a De Amicis acerca de su forma de trabajo; aquí una pequeña muestra: Esta es mi ocupación más importante: estudiar a la gente con la que este personaje tendrá que vérselas, los lugares en los que se encontrará, el aire que deberá respirar, su profesión, sus hábitos, hasta las más insignificantes ocupaciones a las que dedicará las partes de su jornada. Poniéndome a estudiar estas cosas, me viene enseguida a la mente una serie de descripciones que pueden encontrar su sitio en la novela, y que serán como los miliarios del camino que debo recorrer. (p.226). Frecuento yo aquellos lugares por algún tiempo. Observo, interrogo, percibo, adivino. […] hasta el punto de que estoy seguro de dar a mi novela el color y el perfume propio de ese mundo. (p.227).

En este texto, De Amicis nos informa acerca de obras de Zola, tal vez, muy poco conocidas en nuestro medio, acerca de las cuales nos enteramos, por el mismo escritor francés, la manera en que fue desarrollando las historias convertidas en novelas. Causa curiosidad e interés por leer los textos de Émile Zola.

En el último capítulo que lleva por nombre París, De Amicis se prepara para dejar la Ciudad Luz haciendo una serie de recuentos de las experiencias que, a su criterio, tienen los que visitaban esa ciudad y lo que ella va causando en los visitantes con el correr los días de su estadía: Esa inmensa magnificencia postiza termina por seducirnos como la poesía magistralmente camuflada por un ingenioso seicentista; nuestros pasos comienzan a sonar sobre la acera de los boulevards, como dice Zola, avec des familiarités particuliéres; acostumbramos la mente a la riña, el paladar a las salsas, el ojo a los rostros maquillados, el oído a los cantos en falsete; se va formando en nosotros poco a poco una profunda y deliciosa depravación de los gustos, hasta que un buen día nos damos cuenta de que somos parisinos hasta la médula. (p.254 – 255). El enfoque en esta crónica es muy diferente al primer capítulo El primer día en París.

Estos textos han sido pequeñas muestras de lo que encontraran en Recuerdos de Londres y París y, espero que se animen a buscar este interesante y hermoso libro.

 

Carlos E. Tupiño

(Abril, 2011)

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Recuerdos de Londres – Edmondo De Amicis

recuerdos de parisPor medio de las crónicas de viajes nos transportamos a lugares, sin importar el tiempo o la distancia, en los que podemos ser testigos de descripciones de ciudades y personas tal como eran en los tiempos del escritor de la crónica. Y, si esas crónicas contienen los detalles y el lenguaje preciso, pueden convertirnos en compañeros de viaje del escritor.

He leído un excelente libro de crónicas de viaje; su autor es Edmondo De Amicis, conocido por Corazón, su obra más célebre. Este escritor italiano nacido en Oneglia, el año 1846, también fue ensayista, periodista y un viajero que aprovechaba cada instante para dejar grabado con su pluma todos los detalles de aquellos lugares que tuvo la oportunidad de conocer.

Producto de aquellos viajes, tiene en su producción obras que llevan por nombre: España, Holanda, Constantinopla, Recuerdos de Londres y Recuerdos de París, escritas en 1873, 1874, 1878, 1874 y 1879 respectivamente. Precisamente, el libro a que hago mención lleva por título Recuerdos de Londres y París, Editorial Páginas de Espuma, Madrid, 2008. Esta edición ha incluido los libros que escribiera De Amicis luego de sus viajes a Londres en 1874 y, París en 1878.

A través de las páginas uno se convierte en compañero de viaje del escritor italiano, de sus penurias, alegrías, admiración por los lugares y personas que llega a conocer. La abundante información cultural y literaria que incluye en las descripciones de los lugares y personas, siempre asociándolos con datos culturales, históricos y literarios, ayudan al lector a una mejor comprensión de lo que el escritor desea transmitir.

En Recuerdos de Londres De Amicis nos hace testigos de sus impresiones en la visita que hace a esa ciudad, que empiezan con las incomodidades del viaje, debido a los mareos producidos en la embarcación en que viajaba, el sentirse aislado en un lugar cuyo idioma no habla y los recorridos por las diferentes zonas de la ciudad.

Dentro de sus primeras impresiones el escritor nos cuenta: Por la mañana, bastante antes de salir el sol, salí y me dirigí hacia el Támesis. Estaba a pocos pasos del Puente de Londres, en el corazón de la City. Se veía a poquísima gente, reinaba un gran silencio, el cielo estaba gris, hacía frío, una tenue niebla se cernía sobre todas las cosas sin esconderlas. (p. 14 – 15).

Sin embargo, esa apreciación cambiaría con el correr de los minutos y horas hasta llegar al momento en el que una ciudad se despierta y empieza su vida. Era el año 1874 y ya se percibía el movimiento de las grandes urbes: Cuando llegué a Fleet Street, el gran movimiento ya había comenzado. Entonces vi Londres. Sobre las dos aceras de la calle, la masa de gente era compacta como a la salida de un teatro, y no se veían carruajes ni a nadie que gritara o que gesticulara; iban todos deprisa y en silencio y cada uno aprovechaba cada pequeño hueco que se hacía en medio del gentío para colarse delante de quien lo precedía. (p.20).

De Amicis nos muestra la muchedumbre de personas que se dirigen a sus trabajos; la forma en que describe esa esas escenas, transmite la premura de la gente por llegar a sus centros de trabajo, una premura que actualmente se ha convertido en el stress que forma parte de nuestra sociedad.  También nos permite ver los trenes que, en esos años, ya circulaban por el centro de Londres: Mientras sigo adelante así, arrastrado por la corriente, oigo un pitido agudísimo sobre mi cabeza; levanto los ojos y veo pasar un tranvía sobre un alto puente que se eleva por encima de la calle. Apenas ha pasado, oigo otro pitido por otra parte y veo que otro tren sobrevuela las chimeneas de las casas laterales. (p.21).

Mediante su pluma, el escritor italiano nos permite confirmar que muchos lugares mantienen esas características que los hacen tan especiales aún en nuestros días. Por ejemplo, al referirse a la vista que tiene desde el puente de Westminster dice que supera todas las vistas desde los puentes del Sena, recordando y comparando lo que vio en su viaje a París, hecho unos años antes. En su recorrido por las calles nos describe esa mezcla especial que reina en la ciudad: El aspecto general de las calles de Londres no se puede decir en realidad cuál es exactamente. […] En la misma calle se alterna lo árabe, lo bizantino, lo gótico y lo grecorromano… […] En cada ángulo se ve algo que lleva la imaginación a miles de millas muy lejanas del sitio en el que uno se encuentra. En un determinado punto hay una reminiscencia confusa de Venecia, en otro un aire de la vieja Roma, aquí se te viene Sevilla a la mente, allá, se te ocurre pensar en Colonia… […]. (p.24).

También nos ofrece la descripción del Palacio de Cristal que fue construido en 1851 y, en 1936 fue destruido por un voraz incendio. Lugares como el mencionado, que ya no existen y han quedado registrados en el recuerdo de la historia, nos es posible visitarlos gracias a las descripciones que hace De Amicis.

Al visitar la Abadía de Westminster, en donde se halla el Panteón en el que reposan los restos de personajes de la historia y cultura, De Amicis menciona los nombres de muchos de esos personajes, de manera tal que transmite lo que para él significó estar en ese lugar: Es un panteón divinamente democrático. Los grandes príncipes duermen junto a los grandes poetas. Junto a Shakespeare hay un pedagogo: Andrés Bello. Junto a Newton, un abanderado. […] En medio de una multitud de chambelanes, de abades y de ministros, entre los que uno pasa indiferente, se encuentran las imágenes queridas y gloriosas que hacen latir al corazón, como amigos a los que se encuentra en  país desconocido: Gray, Milton, Goldsmith, Thompson, Thackeray, Addison, y el último, amado y llorado como los más grandes, Charles Dickens. (p.38). Acerca de los personajes mencionados, la presente edición se ha encargado de incluir las notas a pie de página con la información necesaria para su comprensión.

De Amicis también se encargará de transmitirnos sus sensaciones al visitar lugares como el museo de la Torre de Londres: Estos monumentos execrables de la crueldad y de la desventura humanas me causaron siempre una repulsión mucho mayor que mi curiosidad; pero recordando los nombres de aquellos que murieron entre estos muros, me sentí obligado a entrar. […] los instrumentos de tortura todavía intactos, con los que desgarraban los cuerpos y trituraban los huesos, antes de darles muerte. Gritos que se le escapan a una criatura humana junto con la vida, gemidos escalofriantes, ademanes, palabras de súplica que laceran el corazón  y resistencia sobrehumana de gente que no quiere morir se sienten y se oyen con el pensamiento, vivísimamente, al ir recorriendo los rincones de aquel edificio maldito. (p.41 – 42).

Pero también nos encontramos con descripciones muy distintas y lejanas a las de la Torre de Londres. Nos habla y nos describe el aburrimiento en un domingo cualquiera en la ciudad de Londres de esos años: […] ¡Ah! Quien no ha visto Londres un  domingo, no sabe lo que es el aburrimiento. Las puertas cerradas, las ventanas enrejadas, las calles desiertas, las plazas silenciosas; barrios enteros abandonados, en los que se podría uno morir de hambre sin ser ni socorrido ni visto siquiera;… […]. (p.50).

El cronista italiano continúa llevando al lector por los diferentes museos y barrios de la ciudad, inclusive a aquellos barrios peligros en donde reina la violencia. Dentro de sus descripciones se ocupa de la conocida “hora inglesa”: […] Las diversas funciones de su inmensa vida se desarrollan con la puntualidad y el rigor de un reloj. […]. (p.53). Así continuará hasta el momento de abandonar Londres.

El texto referido a Londres resulta muy breve en comparación con el que dedica a París, en el que incluye su visita no sólo a la Ciudad Luz sino, también, la que efectuó a la Exposición Universal de París en 1878. También cuenta de su experiencia al conocer a Victor Hugo y Émile Zola, las descripciones que hace de esos personajes y lo que sintió al conversar con ellos, convirtiendo ese texto en algo espectacular.

De los Recuerdos de París les contaré en el siguiente post.

 

Carlos E. Tupiño

(Abril, 2011)