Iluminación y fulgor nocturno – Carson McCullers

Iluminación y fulgor nocturno – Carson McCullers

Escenas de la vida hasta el final de la vida.

Carson McCullers, para muchos una escritora de culto, murió a la temprana edad de cincuenta años. Durante su vida estuvo aquejada de una enfermedad que, de niña, fue mal diagnosticada. Ese sufrimiento marcaría su producción literaria y, también, le sirvió para demostrar una voluntad de hierro para continuar escribiendo hasta casi el final de sus días.

Meses antes de morir y, al verse impedida de escribir, decidió dictar su autobiografía, la cual, lejos de seguir los patrones de una autobiografía tradicional, escapa a todo ello y deja de lado el aspecto cronológico para dejar como legado un texto que nos muestra, de boca de la misma autora, diferentes sucesos de su vida, en los que resaltan aquellos relacionados a su producción literaria, a los escritores que influenciaron su vida y su obra y aquellos artistas que formaron parte de su grupo de amigos y conocidos, en medio de los cuales desarrolla etapas importantes de su vida. También incluye datos de la relación que tuvo con Reeves McCullers, con quien se casó, tomó el apellido, y luego se divorciaría para volverse a casar con él.

En aquello que cuenta acerca de su creación literaria, resalta lo que ella llamaba la iluminación, palabra que forma parte del título, y describe como en esos momentos se encendía la chispa de la creación y nos comparte cómo nacieron sus obras, como La balada del café triste, El corazón es un cazador solitario, Frankie y la boda, Reflejos en un ojo dorado, etc.

También nos cuenta acerca de su faceta de dramaturga y el reconocimiento que tuvo. En la lectura del libro podemos disfrutar de su estilo literario inclusive cuando dicta su autobiografía, llena de espontaneidad, de sinceridad, de tristeza, de dolor pero, también, de satisfacción por el trabajo realizado.

En la contratapa del libro se lee: Contadas a media voz, casi en un susurro, estas palabras sublimes son la memoria de un tiempo convertido en ficción: su infancia feliz en Georgia, las consecuencias de su precoz éxito como escritora, su curiosa actitud ante la sexualidad masculina, su implícita bisexualidad, sus enfermedades, su amistad con personajes como Tennesse Williams, Arthur Miller, Marilyn Monroe, Isak Dinesen o John Houston, constituyen la más sobrecogedora reflexión sobre la búsqueda obsesiva de la “iluminación” que, nacida a veces de un hecho insignificante, mueve a escribir.

En una excelente introducción, escrita por Carlos L. Dews, se lee: Si Carson McCullers es o no veraz cuando describe las “iluminaciones” y los “fulgores nocturnos” acaecidos en su vida, no tiene, en última instancia, mayor importancia. Más importante que la veracidad de sus recuerdos es su forma de contarlos, cómo los rememora, y la influencia que en ella tuvieron. […]

[…] la autobiografía se puede entender fácilmente como una tentativa de Carson por explicar su vida, tanto sus éxitos como sus fracasos, a las generaciones futuras. […]

En esta biografía, lo realmente importante es, más que su contenido específico, la personalidad de Carson, perceptible bajo la superficie de la narración. […]

El libro contiene, por orden expresa de la escritora, la correspondencia entre ella y Reeves McCullers durante la Segunda Guerra Mundial. Estos textos han sido ubicados luego de la autobiografía.

Al final del libro, se encuentra una detallada cronología de su vida y obra, en la que resalta su producción literaria y de teatro, así como los preparativos para las obras que se exhibirían y aquellas que serían llevadas al cine. Resulta muy útil para ver los diferentes sucesos de la vida de esa extraordinaria escritora norteamericana.

Cierra el libro una bibliografía que nos permite ver, no sólo toda la producción de Carson McCullers sino, también, una relación de obras acerca de la autora, todas ellas de gran utilidad para aquellos que, como sus seguidores, desean leer más acerca de esa extraordinaria escritora que, junto con William Faulkner, supo llevar a la literatura el sur de los Estados Unidos, con sus vivencias, sus problemas, sus habitantes, logrando crear historias que han quedado como un legado literario. En su autobiografía, Carson McCullers cuenta que el escritor sureño Richard Wright refirió estas palabras: De mi trabajo decía que yo era el único escritor del sur capaz de escribir con igual naturalidad sobre negros y blancos.

Iluminación y fulgor nocturno es una muestra de ese deseo que habitó en Carson McCullers de hacer literatura casi hasta el fin de sus días. El quince de agosto de 1967 sufrió un ataque que la dejó en estado de coma y fallece cuarenta y cinco días después.

 

 

Bibliografía.

Iluminación y fulgor nocturno, Carson McCullers, Seix Barral, sello Austral, Barcelona, 2011.

 

La balada del café triste – Carson McCullers

La balada del café triste – Carson McCullers

“En la vida hay amores que nunca pueden olvidarse” dice una canción y, lo mismo podemos decir luego de leer las historias de Carson McCullers; sin embargo, los motivos que inspiraron la canción están muy lejos de parecerse a lo que encierra la historia de La balada del café triste, considerada como su mejor novela corta.

El amor, en sus diferentes manifestaciones, siempre está presente en los personajes que pueblan los trabajos de la escritora; personajes sumidos en su mundo y su entorno, la mayoría de las veces en una atmósfera de rechazo, marginación, racismo, pobreza, abandono, resignación. Todos estos factores se encuentran presentes en esta novela corta, ambientada en un pequeño pueblo apartado o tal vez olvidado. El narrador empieza el relato diciéndole al lector: El pueblo de por sí ya es melancólico. No tiene gran cosa, aparte de la fábrica de hilaturas de algodón, las casas de dos habitaciones donde viven los obreros, […] y una miserable calle principal que no medirá más de cien metros. La historia empieza en el tiempo presente del narrador en el que presenta a la protagonista y de ahí retrocede en el tiempo, a los inicios de aquellos sucesos que condujeron a la situación final, que es la que aparece al inicio de la historia. El narrador hace la primera referencia a Miss Amelia y al lugar en donde vive; un lugar que, como se puede ver en el desarrollo de la historia, tuvo otros tiempos mejores. El edificio más grande, en el centro mismo del pueblo, está cerrado con tablones clavados y se inclina tanto a la derecha que parece que va a derrumbarse de un momento a otro. […] La casa parece abandonada. Sin embargo, en el segundo piso hay una ventana que no está atrancada; a veces, a última hora de la tarde, cuando el calor es más sofocante, aparece una mano que va abriendo despacio los postigos, y asoma una cara que mira a la calle. Es una de esas caras borrosas que se ven en sueños: asexuada, pálida, con unos ojos grises que bizquean hacia adentro tan violentamente que parece que están lanzándose el uno al otro una larga mirada de congoja.

Esto es el inicio de la historia de Miss Amelia que tuvo un matrimonio que duró diez días, con un extraño hombre que iría a prisión para luego salir libre y reincorporarse a la historia. Luego, esta mujer conoce al jorobado primo Lymon, a quien llevó a vivir a su casa, siendo ella una mujer solitaria y dura, más aún después de ese corto matrimonio que marcaría su vida. Esto despertó una serie de habladurías en el pueblo, pero no les importó.

El lugar que ocupa Miss Amelia en el pueblo es de mucha importancia; tiene la única destilería del lugar, la cual es conocida por la excelente calidad del whisky, por sus dotes para preparar pócimas que curaban todos los males que aquejaban al reducido grupo de habitantes del pueblo. También tenía una faceta temida por los pobladores: no perdonaba deudas. A raíz de la relación entre Miss Amelia y el jorobado, un tipo malo y muy extraño, es que empieza a funcionar el café que se convierte en el punto de reunión y distracción en medio de ese pueblo olvidado y aburrido. El carácter de Miss Amelia también cambió. Sin embargo, la reaparición del ex-esposo de Miss Amelia, en el pueblo con el café recién inaugurado, dará un vuelco inesperado a la historia.

Y, para entender mejor esta extraña relación, la narradora nos explica –en medio de la narración– su visión del amor: En primer lugar, el amor es una experiencia común a dos personas. Pero el hecho de ser una experiencia común no quiere decir que sea una experiencia similar para las dos partes afectadas. Hay el amante y hay el amado, y cada uno de ellos proviene de regiones distintas. Con mucha frecuencia, el amado no es más que un estímulo para el amor acumulado durante años en el corazón del amante. […] Y el amado puede presentarse bajo cualquier forma. Las personas más inesperadas pueden ser un estímulo para el amor. Se da por ejemplo el caso de un hombre que es ya un abuelo que chochea, pero sigue enamorado de una chica desconocida que vio una tarde en las calles de Cheehaw, hace veinte años. Un predicador puede estar enamorado de una perdida. El amado podrá ser un traidor, un imbécil o un degenerado; y el amante ve sus defectos como todo el mundo, pero su amor no se altera lo más mínimo por eso. […] Es sólo el amante quien determina la valía y la cualidad de todo amor. Sólo con la explicación del amor que da la narradora es posible entender la historia de Miss Amelia y lo que se atrevió a soportar a cambio de evitar la soledad de la que había salido y, a la que aparentemente, estaba a punto de regresar.

El trabajo que realizó McCullers en esta novela corta es extraordinario; ha cuidado todos los detalles y en la narración menciona detalles que han sido mencionado antes dando la sensación de enlazar todo en relato en una forma circular ya que finaliza donde empieza.

Dentro del excelente desarrollo de la historia, resalta la manera en que despliega sus habilidades para trabajar la escena del desenlace final –precisamente en el local del café– en la que transmite las sensaciones y sentimientos de los personajes presentes en esa escena que, por supuesto, no serán reveladas en estas líneas.

No puedo dejar de mencionar el estilo del lenguaje que emplea Carson McCullers en sus diferentes trabajos y este no es la excepción. Un lenguaje y descripciones que lindan en muchos pasajes con lo poético, hacen un hermoso texto.

Al final de la historia encontramos un breve relato que sirve de cierre y, leyéndolo con atención, podremos ver el hermoso y sutil contraste entre éste la situación de Miss Amelia. Vale mencionar que ese breve relato titulado Los doce mortales lleva impregnado los aires del blues.

Un tiempo después de escribir la novela y luego de una visita a un bar de Brooklyn, McCullers escribió que vio a dos personas, una de ellas era una mujer grande y junto a ella un jorobado; después de una semanas la visión de esas dos personas empezó a dar origen a la novela corta que escribiría. Así apareció la figura de Miss Amelia: una mujer morena, alta, con una musculatura y una osamenta de hombre. Llevaba el pelo muy corto y cepillado hacia atrás, y su cara quemada por el sol tenía un aire duro y ajado. Podría haber resultado guapa si ya entonces no hubiera sido ligeramente bizca. De igual manera apareció la figura del jorobado primo Lymon: …no media más allá de un metro veinte, […] Sus piernecillas torcidas parecían demasiado débiles para soportar el peso de su gran torso deforme y de la joroba posada sobre su espalda. Tenía una cabeza enorme, con unos ojos azules y hundidos y una boquita muy dibujada. Su rostro era a la vez manso e insolente. Pero la creación de esos dos personajes solo sería el inicio de uno de sus mejores trabajos. Para completar la trilogía de los personajes centrales hace falta mencionar a Marvin Macy, un tipo miserable, extraño, violento, que estuvo casado con Miss Amelia durante diez días, luego, después de salir de prisión, regresó al pueblo y se creó una relación muy peculiar entre él y el primo Lymon, lo que se convirtió en la mezcla que llevó a la historia a ese final devastador para Miss Amelia. ¿Qué es lo que ocurrió? Solamente podremos descubrirlo leyendo ese excelente trabajo de Carson McCullers.

 

Bibliografía:

El aliento del cielo, Carson McCullers, Emeceé Editores S.A. / Seix Barral, Buenos Aires, 2008

 

El aliento del cielo – Carson McCullers

El aliento del cielo – Carson McCullers

Llegué a leer la obra de Carson McCullers gracias a la recomendación de un amigo; me dijo: “verás el lenguaje poético en sus relatos y novelas”. Y tuvo razón. Tenía el libro El aliento del cielo en mis manos y recuerdo que empecé por la novela corta La balada del café triste, un extraordinario trabajo de la escritora norteamericana, del que me ocuparé en otro momento. Fue a raíz de esa lectura que continué con el resto del libro.

Los sentimientos humanos, en sus diferentes manifestaciones son una constante en la obra de la escritora nacida en Columbus, Georgia en 1917; en sus textos nos hace testigos de sufrimientos, amor, desamor, discriminación, abandono, resignación,  pero  no como abundan en muchos trabajos literarios, sino que McCullers le imprime una fuerza descriptiva tal, que sumerge al lector en la atmósfera de sus historias y en el corazón de sus personajes.

El relato El aliento del cielo –cuyo título lleva el libro- nos cuenta la historia de Constance, una adolescente afectada por una enfermedad pulmonar y que está a la espera de ser llevada a una casa de salud a casi quinientos kilómetros de su hogar. Podría pensarse que es una historia simple, sin embargo, el estilo de McCullers -que atrapa al lector- nos hará partícipes de los sentimientos y emociones de Constance, producidos por una situación que la vida se encargó de poner en el camino de la protagonista de la misma manera que podría ponerla en el camino de cualquiera.

Al inicio del libro se leen estas palabras de McCullers: Todo lo que sucede en mis relatos, me ha sucedido o me sucederá.  Esto tal vez nos ayuda a entender la manera tan vívida en que nos presenta y describe las situaciones por las que atraviesa la protagonista. Se cree que este relato lo escribió luego de haber pasado una situación muy semejante, ya que a la escritora le habían diagnosticado erróneamente tuberculosis cuando en realidad padeció de fiebre reumática; a raíz de ello, fue enviada a recuperarse a una casa de salud lejos de su hogar. Si leemos la vida de esta escritora y hacemos lo mismo con sus novelas y relatos podremos ver cómo se nutren los trabajos de la autora. No por gusto ha ganado un sitio de importancia en la literatura norteamericana.

En el libro se cita lo que Graham Greene dijo acerca de ella: Miss McCullers y tal vez Mr. Faulkner son los únicos dos escritores desde la muerte de D.H. Lawrence, con una sensibilidad poética original. Por su parte, era consciente de su estilo y la fuerza que imprimía en sus trabajos y no dudaba en declararlo: Yo tengo más que decir que Hemingway, y Dios sabe que lo he dicho mejor que Faulkner. Y, a decir verdad, al recorrer su producción literaria nos damos cuenta que no hablaba por gusto.

El escenario en que desarrolla la historia es el jardín de la casa de Constance, en una atmósfera sofocante producida por el intenso sol del mediodía; en ese lugar se encuentra la protagonista agobiada por sus pensamientos, sentimientos y por la congestión respiratoria que sufre como parte de la enfermedad, la cual le provoca dificultad para respirar y hablar: “…repitió Constance, dejando que la palabra se deslizase con su escasa emisión de aliento”; “Constance la miró con los labios separados, temblorosos, escuchando el ruido que le hacía la respiración”; “El final de la palabra quedó ahogado por el primer estallido de tos”.

La escritora nos hace atentos observadores de los detalles que observa la protagonista en medio de su estado. Resalta mucho el color azul del cielo y lo liga a la percepción que tiene la enferma de su entorno: “Al aire libre otra vez. Bajo el cielo azul. Después de inhalar durante tantas semanas, en febriles respiraciones mezquinas… […] Cielo azul. Frescor azul que se podía absorber hasta que toda ella estuviera empapada en su color”; también encontramos la figura gorda de la señorita Wheland, enfermera a cargo de Constance.

Con su estilo, Carson McCullers nos dice muchas cosas sin necesidad de escribirlas, como aquella mezcla de angustia, cansancio, desesperación y, tal vez, hartazgo de la señora Lane –madre de Constance, quien aparece en el relato y luego sale de él en la misma forma en que llegó– la cual juega un rol esencial en el desarrollo de la historia y, por supuesto, en la vida de Constance.

La lectura de este relato también nos deja la sensación de una Constance invadida por la resignación; una resignación que se encuentra presente en muchos de los personajes creados por McCullers en sus novelas y relatos.

El aliento del cielo y los demás relatos incluidos en el libro del mismo nombre, son una excelente oportunidad para conocer o para releer esos extraordinarios textos de una de las mejores escritoras del sur de los Estados Unidos, que sólo vivió cincuenta años y dejó una producción literaria que no se puede considerar extensa, pero sí de calidad y fuerza narrativas.

Bibliografía:

El aliento del cielo, Carson McCullers, Emecé Editores S.A./Seix Barral, Argentina, 2008