Buenos días, tristeza – Françoise Sagan

Hace poco estuve leyendo una novela publicada en el año 1954; se trata de Buenos días, tristeza de la escritora francesa Françoise Sagan. En ese entonces la autora contaba con dieciocho años y el libro resultó un éxito en ventas e hizo conocida a su autora.

Esta novela corta es una muestra de ese dicho que en la literatura no hay tema bueno ni malo, ya que todo depende de la manera en que se desarrolle, de la forma en que se construya y se cuente la historia; y este es el caso de Buenos días, tristeza. Si bien el tema de la novela, en  un contexto de mediados de los 50’s, generó –a pesar del éxito en ventas– críticas y controversias por su contenido, el mensaje que transmite el narrador a través de toda la historia, se sigue percibiendo en forma nítida, aún hoy, en pleno siglo XXI. Y he ahí el mérito del trabajo.

En la contratapa se lee: En una hermosa mansión a orillas del Mediterráneo, Cécile, una joven de diecisiete años, y su padre, un viudo cuarentón, frívolo y seductor, amante de las relaciones amorosas breves y sin consecuencias, viven despreocupados, entregados a una existencia fácil y placentera, en una ociosa y disipada independencia basada en la complicidad y el respeto mutuo. Sin embargo, la visita de Anne, una mujer inteligente, culta y serena, perturba ese delicioso desorden. A la sombra del pinar que rodea la casa y filtra el sol abrasador del verano, un juego cruel se prepara. ¿Cómo alejar la amenaza que se cierne sobre la extraña pero armónica relación de Cécile con su padre? A partir del momento en que Anne intenta adueñarse de la situación, Cécile, con el perverso maquiavelismo de una adolescente, librará contra ella una lucha que erosionará su vida y la conducirá lentamente al encuentro de la tristeza.

Cécile, la protagonista, es quien nos narra la historia ocurrida en su pasado: Aquel verano yo tenía diecisiete años y era completamente feliz. Acerca de Anne, la mujer que llega a la vida de la adolescente y su padre Raymond, la protagonista nos dice que era una antigua amiga de mi pobre madre y tenía escaso trato con mi padre. Sin embargo, dos años atrás, al salir yo del internado, mi padre me había enviado a vivir con ella. Y ella, en una semana, me había vestido con gusto y me había enseñado a vivir. […] Además, no teníamos las mismas relaciones: ella alternaba con gente fina, inteligente, discreta, y nosotros con gente bulliciosa, sedienta, a quien mi padre sólo exigía que fuese guapa y divertida. Creo que nos despreciaba un poco a mi padre y a mí por nuestra afición a las diversiones y trivialidades, como despreciaba todo exceso. Es la misma Cécile quien se encarga de mostrarnos el mundo en que se había acostumbrado a vivir con su padre y, a lo largo de la historia, nos muestra los contrastes o, mejor dicho, los choques entre ambos estilos de vida y nos transmite su sentir en las luchas internas que afronta con cada situación, luchas que tienen que ver con su rebeldía hacia las reglas, el orden y todo lo que no fuera ocio.

Sus luchas internas se acrecentaban más aún cuando Anne llegaba a su corazón, mostraba un interés hacia ella, como adolescente que era,  lo que provocaba en su interior mezclas de odio y de confianza hacia esa mujer que llegaba como la intrusa que estaba a punto de desbaratar –más que un modo de vida un modo de vida– el mundo en que vivían Cécile y su padre Raymond. Esos sentimientos generados por sus luchas, la pluma de Françoise Sagan se encarga muy bien de transmitirlos por medio de Cécile.

En un momento difícil, Cécile, en los brazos de Anne nos narra: Me invadía un deseo de derrota, de dulzura, y jamás otro sentimiento, ni la ira ni el deseo, se habían apoderado de mí con tal fuerza. Renunciar a la comedia, confiarle mi vida, ponerme en sus manos hasta el fin de mis días. Pero, también, sale a flota su naturaleza humana que quiere imponerse: Pero resultaba tan fácil seguir mis impulsos y luego arrepentirme. La corta historia está llena de estos contrastes y cambios de ánimo que estarán presente en todo ese tiempo que la adolescente va maquinando sus planes.

En el recuento que hace Cécile de esos momentos en los que ideaba la manera de alejar a Anne, no olvida que también fue capaz de influenciar a su padre: ¡Qué fácil me resultaba dirigir sus pensamientos! Me aterraba un poco conocerlo tan bien. Esa narradora adolescente se encarga que el lector tenga presente –a los largo de la historia– el contrate originado por el choque entre dos estilos de vida. Mi padre y yo, para estar interiormente tranquilos, necesitábamos la agitación exterior. Y eso Anne era incapaz de admitirlo. Todo lo veía desde su modo de vida, desde su egoísmo personal o, como lo percibiría ella, desde sus intereses personales, los cuales no consideraban a su padre: Ni pensé en él cuando tracé el plan de apartar a Anne de nuestras vidas. Sabía que se consolaría como se consolaba de todo: una ruptura le costaría menos que una vida ordenada. Sin embargo, todo su plan originaria un giro inesperado en la historia.

Al leer la novela podremos ver que es la naturaleza humana de esos personajes la que protagoniza la historia.

buenos dias tristeza

 

 

Bibliografía:

Buenos días, tristeza, Françoise Sagan, Tusquets, Barcelona, 2009

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