El geranio – Flannery O’Connor

El geranio – Flannery O’Connor

En publicaciones anteriores en este blog hemos podido ver algo de los personajes que pueblan las historias de Carson McCullers; sin embargo, en los cuentos de Flannery O’Connor, también escritora del sur de los Estados Unidos, podemos encontrar a los seres más extraños que conforman un enjambre de personajes repartidos en sus relatos en los que está presente un halo de fatalidad que forma parte de los escenarios en los que se desarrollan historias desgarradoras, de amargura, de crímenes, de fanatismo religioso, de finales violentos y, en medio de ellas a veces se llega a percibir en los personajes el recuerdo de momentos diferentes, alojados en su pasado.

Temas muy difíciles, duros, pero que sin embargo son parte del mundo que nos transmite O’Connor por medio de su literatura, de la literatura. El uso de la ficción por parte de la escritora pone de manifiesto esa habilidad que le ha valido ser considerada una de las mejores cuentistas de Norteamérica. A este uso de la ficción o deformación de la realidad, Claudio Magrís dijo: …a veces se debe deformar la realidad para entender su sentido y la verdad más profunda. Luego añade: …porque en una novela (y creo que también en el cuento) no nos limitamos a juzgar a la vida, la narramos con todas sus contradicciones. Y cuando leemos los relatos de O’Connor, nos saltan encima esas contradicciones en cada uno de sus personajes.

Flannery O’Connor, al igual que Carson McCullers, también sureña, estuvo aquejada de una enfermedad que la postró y la mató bastante joven. En el caso de O’Connor, estuvo aquejada de lupus. Mucho se ha dicho y especulado acerca del sufrimiento y postración que sufrieran estas escritoras haya podido, en alguna manera, influir en la creación de los personajes e historias que están presentes en su literatura y, tal vez, haya también influido en esa fuerza desgarradora que le imprimieron a cada uno de sus relatos.

El cuento El geranio está incluido en los Cuentos completos; en la contratapa de la edición de Debolsillo podemos leer: El genio lúcido y atormentado de Flannery O’Connor alcanza sus más altas cimas en el cuento, género que cultivó ininterrumpidamente desde sus años de estudiante hasta su prematura y trágica muerte. […] Las historias de este libro tienen como escenario los pueblos y las tierras del sur de Estado Unidos, especialmente su Georgia natal, un mundo decrépito y en ruinas cuyo secular abandono y pobreza ancestral aparecen marcados por la violencia y el odio. Pero más allá de la sordidez, los conflictos raciales, el asfixiante peso de la religión y la frustrada lucha por la libertad, hay siempre en estos cuentos una extraña belleza, una íntima exposición moral de la condición humana que trasciende la anécdota. […]

Los personajes centrales de este cuento son gente del campolo podemos leer en los pensamientos que dan vueltas en la cabeza del viejo Dudley–  que van a la gran ciudad, en este caso New York, y no precisamente a la mejor zona, como también se encarga de mostrárnoslo el viejo personaje central. Él es un hombre anciano que siente el peso de los años, aún para subir las escaleras del edificio, en donde vive con su hija que lo hizo venir con ella para no dejarlo sólo.

Ahí, en su nuevo hogar, aparecen las amarguras del viejo Dudley; nos transmite su sentido de desagrado e inutilidad en un mundo al que no pertenece y en el que recurre a sus recuerdos para rememorar los días en su pueblo, con Lutisha y Rabie, dos negros que lo acompañaban y hacían las labores. El relato empieza: El viejo Dudley se dobló en la silla que poco a poco iba amoldando a su cuerpo, miro por la ventana y, unos cuantos metros más allá, vio otra ventana enmarcada en ladrillos rojos manchados de tizne. Esperaba el geranio. Lo sacaban todas la mañanas, a eso de las diez, y lo entraban a las cinco y media. En el pueblo, la señora Carson tenía un geranio en la ventana. Allá en casa había muchos geranios, geranios más bonitos. “Los nuestros sí que son geranios –pensó el viejo Dudley–, no como esta cosa rosa y verde con lazos de papel.” El geranio que ponían en la ventana le recordaba a Grisby, el chico del pueblo que tenía la polio, al que había que sacar todas las mañanas en la silla de ruedas y dejarlo pestañeando al sol.” Al leer el relato podemos pensar que tal vez veía reflejada, en la figura de ese geranio, una condición similar en ese momento de su existencia, que lo lleva en algún momento a renegar de que su hija cumpliera con su maldito deber de hija y llevarlo con ella a la ciudad, a la que, en un momento de súbito e inesperado ánimo, aceptó a ir y que se convertiría en un constante lamento en sus días ya apartado del campo.

En el edificio donde vive, seremos testigos de los rezagos de discriminación racial que aún anidaban en el corazón del viejo Dudley y como todas las sensaciones que lo rodean y le hacen sentir su peso, lo llevan a un llanto calmo pero a la vez desolador al sentir su situación, la que llegamos a percibir gracias a la pluma de O’Connor.

El geranio estará presente en el final de la historia, sirviendo de enlace para mostrarnos la situación del viejo protagonista y el lugar que ocupa en ese departamento en la ciudad de New York. Obviamente, no revelaré el final, pero pueden leer el cuento (no la traducción de la edición Debolsillo) aquí e internarse en la historia del geranio y el viejo Dudley y, así, conocer algo del estilo de Flannery O’Connor.

 

Bibliografía:

Cuentos completos, Flannery O’Connor, Debolsillo, Buenos Aires, 2007

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