Colinas como elefantes blancos – Ernest Hemingway

Colinas como elefantes blancos – Ernest Hemingway

En una entrevista con Plinio Apuleyo Mendoza, el escritor Gabriel García Márquez dijo –en referencia a la técnica de Hemingway: […] el consejo aquel de que un cuento, como el iceberg, debe estar sustentado en la parte que no se ve: en el estudio, la reflexión, el material reunido y no utilizado directamente en la historia. (El Olor de la guayaba, Grupo Editorial Norma, Bogotá, 2005).

En la entrada de la semana pasada pudimos ver cómo el escritor utilizó esa técnica en el cuento Gato bajo la lluvia. En esta oportunidad veremos otra muestra del iceberg o del dato escondido que, con toda maestría, utilizó Ernest Hemingway en el relato Colinas como elefantes blancos.

Esta historia se centra en el diálogo que sostienen “el americano y la chica que iba con él” mientras esperan el tren en el bar de una estación. Sólo se sabe que el tren venía de Barcelona para continuar hacia Madrid. En el primer párrafo, Hemingway se encarga de presentarnos la atmósfera en la que se encuentran, la cual se irá cargando mientras se desarrolla el diálogo entre la pareja.

Aparte de los dos personajes mencionados, en la historia también aparece la mujer que atiende en el bar. Se hace presente solamente tres veces y en cada una de sus apariciones marca el cambio del tono en el diálogo que sostiene la pareja. Viniendo de Hemingway, esto no es una coincidencia.

Volviendo al americano y a la chica, al leer el desarrollo del diálogo nos preguntamos: ¿De qué están hablando? ¿A qué se refieren? Para poder pensar en posibles respuestas no debemos olvidar que el cuento estuvo escrito en 1938, año en que el escritor efectuó la recopilación de sus cuentos. La conversación, en un inicio aparentemente intrascendente, transcurre mientras beben unas cervezas y un anís en medio de ese ambiente caluroso y, de pronto, el americano dice:

–La verdad es que se trata de una operación de lo más simple, Jig –dijo el hombre–. Ni siquiera puede decirse que sea una operación.

La chica miró al suelo, sonde se apoyaban las patas de la mesa.

–Sé que no te afectará, Jig. No es nada, de verdad. Es solo para dejar que entre el aire.

La chica no dijo nada.

–Iré contigo y estaré todo el tiempo a tu lado. Tan solo dejan que entre el aire y luego todo es perfectamente natural.

–¿Y qué haremos luego?

–Luego estaremos bien. Igual que estábamos antes.

–¿Qué te hace pensar eso?

–Eso es lo único que nos preocupa. Es lo único que nos hace infelices

La chica miró la cortina de tiras, extendió la mano y cogió dos de las tiras.

–¿Y crees que luego todo irá bien y seremos felices?

–Sé que lo seremos. No debes tener miedo. Conozco a muchas personas que lo han hecho.

–Y yo –dijo la chica–. Y luego han sido muy felices. (Ernest Hemingway, Cuentos, Lumen, Argentina, 2007, p.332 – 333).

En ese cambio que se da en la conversación, vemos al americano “animando” o “convenciendo” a la chica para hacer algo que, aparentemente, eliminaría aquello que les preocupa y les impide ser felices. Pero, ¿a qué se refieren? ¿Qué es eso que han hecho esas “muchas personas” y que “luego han sido muy felices”. Es algo que genera dudas y temores en el americano y la chica. Se percibe algo que no es aceptado, ya sea por sus allegados o por la sociedad.

Sin embargo, el sentir en el diálogo cambia de bando; ahora es el hombre quien, aparentemente, no quiere que la chica haga “eso” y es ella quien quiere hacerlo para complacerlo y estar bien.

–Bueno –dijo el hombre–, si no quieres no tienes que hacerlo. No te obligaría a hacerlo si no quisieras. Pero sé que es algo de lo más sencillo.

–¿Y lo quieres de verdad?

–Creo que es lo mejor. Pero no quiero que lo hagas si realmente no quieres hacerlo.

–¿Y si lo hago serás feliz y las cosas serán como antes y me querrás?

–Te quiero ahora. Sabes que te quiero. (Ibid., p.333)

¿A qué se referirá la chica al preguntarse …y las cosas serán como antes…? Entonces podemos preguntarnos ¿Antes de qué? Más adelante, en el transcurrir del diálogo, el americano dirá a la chica:

–Claro que significa algo para mí. Pero no quiero a nadie más que a tí. No quiero a nadie más. Y sé que es de lo más sencillo. (Ibid., p.335)

A estas alturas del relato (no necesariamente en la primera lectura), creo que tenemos en mente alguna o algunas respuestas tratando de encontrar ese dato que el escritor no nos ha revelado y, que nos llevará de la mano hasta el final de la historia sin permitir que perdamos el interés. Nos pone como testigos de una conversación ya comenzada –de suma importancia para esa pareja–, cuyo motivo principal tendremos que encontrar en nuestra imaginación porque, como ya lo dijo Hemingway: Lea usted cualquier cosa que yo escriba por el placer de leerla. Todo lo demás que usted encuentre, será la medida de lo que usted mismo aportó a la lectura. Entonces, disfrutemos de ese texto y saquemos nuestras conclusiones.

 

Bibliografía:

Cuentos, Ernest Hemingway, Editorial Sudamericana, S.A., sello Lumen, Buenos Aires, 2007

El Olor de la guayaba, Grupo Editorial Norma, Bogotá, 2005

 

Carlos E. Tupiño

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