12 formas de mentir

12 formas de mentir

En mis lecturas he podido disfrutar de los más diverso géneros literarios, pero fue el género del cuento que llamó mi atención. Fue así que empecé a descubrir los cuentos de algunos escritores peruanos como Alfredo Bryce Echenique, Julio Ramón Ribeyro, Alonso Cueto; de los norteamericanos Raymond Carver, Ernest Hemingway, William Faulkner, Carson McCullers, Edgar Allan Poe, y otros; así como los infaltables relatos de los escritores argentinos Julio Cortázar y Jorge Luis Borges.

Luego aparecerían los cuentos de Guy de Maupassant, Horacio Quiroga, Antón Chejov y muchos más.

Era el tiempo de empezar a escribir y así lo hice. Luego vendrían los talleres de creación literaria en donde recibí –directamente de los escritores–muchos consejos acerca de las técnicas para escribir cuentos y qué es lo que se debe y lo que no se debe hacer para que un cuento funcione. Recuerdo que el primer cuento lo escribí en marzo del 2007.

Uno puede participar en muchos talleres, pero lo que más ayuda es leer cuentos no sólo de los autores que preferimos sino, también, de todos aquellos que están bien considerados dentro de ese género.  Todas esas lecturas se convierten en los maestros que necesitamos. Es algo que sucede con muchos escritores. Siempre tienen un escritor o algunos escritores que mediante la lectura de sus libros, se han convertido en sus maestros y, de ellos, han aprendido muchas de las técnicas que utilizan en sus creaciones literarias.

En uno de los últimos talleres a los que asistí, tuve el privilegio de conocer un lindo grupo de personas, todas amantes de la literatura, de las buenas obras literarias, siempre dispuestos a dar un comentario o crítica a alguno de los libros que habían leído y a compartir sus experiencias con esas lecturas; también recuerdo el intercambio de autores y títulos que se daba entre nosotros; hasta llegamos a formar un grupo literario en el que compartimos nuestras lecturas, nuestros pensamientos literarios y comentarios acerca de obras y escritores, siempre manteniendo nuestra opinión personal. Fue un tiempo muy enriquecedor el que pase con ese excelente grupo. Citaré los nombres de esas personas a quienes aprecio y recuerdo: Carmen, Christian, Divya, Lucrecia, Rossina, Teresa y un servidor. Recuerdo que entre los escritores favoritos de los integrantes del grupo estaban: Julio Ramón Ribeyro, Gabriel García Márquez, Antonio Gala, Jorge Luis Borges.

En el taller que nos conocimos se dio la oportunidad de publicar un libro que incluiría 12 de las creaciones hechas por los participantes. De esos doce cuentos, cinco fueron del grupo literario al que he hecho referencia y llevaron por título: sólo participamos cinco con nuestros cuentos. Estas cinco creaciones literarias fueron: La llave  (Lucrecia Garreaud), El último aniversario (Carmen Rhor), La pared rosada (Christian Arista), No olvides no quitarte los zapatos (Rossina Winder) y Llamada telefónica (Carlos Tupiño). La alegría de esa primera publicación la compartimos todos. En el caso de Rossina, ya había publicado anteriormente. El libro fue editado por Bizarro Ediciones y llevó por título 12 Formas de mentir. Antología del Taller de Narrativa, 2008 – 2009.

Cada vez que veo la carátula del libro me trae a la memoria la imagen de Julio Ramón Ribeyro, tal vez sea por la máquina de escribir, muy parecida a la que aparece en una foto de Ribeyro  y, también, por el cenicero lleno de colillas de cigarrillos, tal vez como los ceniceros de Ribeyro.

El cuento que escribí en ese taller fue breve y me dejó satisfecho. Desarrollé la historia dejando el final abierto, es decir, permitiendo que el lector pueda sacar su conclusión. A ese texto puse por título Llamada telefónica y fue el primer cuento que publiqué en un libro. Aquí comparto con ustedes la historia:

Llamada telefónica

Por: Carlos Tupiño

Julio estaba recostado en la pared; junto a él todavía estaba el vaso de whisky del que no había bebido ni un sorbo. A la falta de sueño que reflejaba su rostro, se unían la angustia, el dolor y la pena que se habían instalado en su ser. Parecía estar mirando algo distante, no sólo en el espacio, sino en el tiempo que había pasado por su vida.

Miraba cada parte del departamento y se dio cuenta que cada lugar se hallaba marcado por los recuerdos, por esas vivencias pasadas que dejaron sus huellas, huellas sobre las que hubiera querido volver a caminar para traerlas nuevamente al presente y no dejarlas escapar, no permitir que se fueran nuevamente al pasado, a ese cofre de la memoria que la vida se encarga de llenar con lo que arranca de nuestro presente; y, aún en ese estado, podía percibir el desorden reinante, veía la ropa sin lavar que estaba amontonada, los víveres que había comprado aún estaban en las bolsas, su cuarto con la cama sin tender, quién sabe desde cuándo; solamente el velador de ella permanecía ordenado, como ajeno a todo ese caos. El cuarto de Mateo no escapaba a ese desorden, con sus útiles del colegio regados por el suelo. Era como si en algún momento el orden hubiese desaparecido de aquel lugar; esto se unía a los sentimientos y recuerdos que habían tomado la vida de Julio, sumergiéndolo en un mar de desesperación que aprisionaba toda su alma, angustiándolo, entristeciéndolo, deprimiéndolo. Todo eso formaba la atmósfera en la que se hallaba inmerso.

De pronto,  el sonido del teléfono lo estremeció abruptamente y lo sacó de los pensamientos en que se encontraba.

-Sí, soy yo –respondió con una voz temblorosa, al igual que su mano que sostenía el teléfono. Era como si los sentimientos que lo embargaban y la atmósfera reinante hubieran tomado el control de su vida, de su existencia, atormentándolo cada vez más. En pleno día, la noche más oscura y densa había invadido su ser. Luego de escuchar lo que decía la persona, al otro lado de la línea, se quedó sin decir palabra. Con el rostro desencajado y respirando muy hondo, como si quisiera gritar tan fuerte para expulsar de su interior esa desolación que en algún momento puede entregarnos la vida, colgó el teléfono.

En ese preciso instante, la movilidad había traído a Mateo desde el colegio. Cuando él abrió la puerta, su hijo lo abrazó fuertemente de las piernas, y con su voz fuerte y chillona de niño, le dijo: ¡Te quiero mucho! e inmediatamente le preguntó: ¿Veremos hoy día a mamá? Julio sólo atinó a abrazarlo más fuerte; sus lágrimas caían sobre el niño que tenía abrazado.

 

Bibliografía:

12 Formas de mentir. Antología del taller de narrativa, 2008-2009. Max Palacios (compilador), Bizarro Ediciones, Lima, 2009.

 

Carlos E. Tupiño

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