Recuerdos de Londres – Edmondo De Amicis

recuerdos de parisPor medio de las crónicas de viajes nos transportamos a lugares, sin importar el tiempo o la distancia, en los que podemos ser testigos de descripciones de ciudades y personas tal como eran en los tiempos del escritor de la crónica. Y, si esas crónicas contienen los detalles y el lenguaje preciso, pueden convertirnos en compañeros de viaje del escritor.

He leído un excelente libro de crónicas de viaje; su autor es Edmondo De Amicis, conocido por Corazón, su obra más célebre. Este escritor italiano nacido en Oneglia, el año 1846, también fue ensayista, periodista y un viajero que aprovechaba cada instante para dejar grabado con su pluma todos los detalles de aquellos lugares que tuvo la oportunidad de conocer.

Producto de aquellos viajes, tiene en su producción obras que llevan por nombre: España, Holanda, Constantinopla, Recuerdos de Londres y Recuerdos de París, escritas en 1873, 1874, 1878, 1874 y 1879 respectivamente. Precisamente, el libro a que hago mención lleva por título Recuerdos de Londres y París, Editorial Páginas de Espuma, Madrid, 2008. Esta edición ha incluido los libros que escribiera De Amicis luego de sus viajes a Londres en 1874 y, París en 1878.

A través de las páginas uno se convierte en compañero de viaje del escritor italiano, de sus penurias, alegrías, admiración por los lugares y personas que llega a conocer. La abundante información cultural y literaria que incluye en las descripciones de los lugares y personas, siempre asociándolos con datos culturales, históricos y literarios, ayudan al lector a una mejor comprensión de lo que el escritor desea transmitir.

En Recuerdos de Londres De Amicis nos hace testigos de sus impresiones en la visita que hace a esa ciudad, que empiezan con las incomodidades del viaje, debido a los mareos producidos en la embarcación en que viajaba, el sentirse aislado en un lugar cuyo idioma no habla y los recorridos por las diferentes zonas de la ciudad.

Dentro de sus primeras impresiones el escritor nos cuenta: Por la mañana, bastante antes de salir el sol, salí y me dirigí hacia el Támesis. Estaba a pocos pasos del Puente de Londres, en el corazón de la City. Se veía a poquísima gente, reinaba un gran silencio, el cielo estaba gris, hacía frío, una tenue niebla se cernía sobre todas las cosas sin esconderlas. (p. 14 – 15).

Sin embargo, esa apreciación cambiaría con el correr de los minutos y horas hasta llegar al momento en el que una ciudad se despierta y empieza su vida. Era el año 1874 y ya se percibía el movimiento de las grandes urbes: Cuando llegué a Fleet Street, el gran movimiento ya había comenzado. Entonces vi Londres. Sobre las dos aceras de la calle, la masa de gente era compacta como a la salida de un teatro, y no se veían carruajes ni a nadie que gritara o que gesticulara; iban todos deprisa y en silencio y cada uno aprovechaba cada pequeño hueco que se hacía en medio del gentío para colarse delante de quien lo precedía. (p.20).

De Amicis nos muestra la muchedumbre de personas que se dirigen a sus trabajos; la forma en que describe esa esas escenas, transmite la premura de la gente por llegar a sus centros de trabajo, una premura que actualmente se ha convertido en el stress que forma parte de nuestra sociedad.  También nos permite ver los trenes que, en esos años, ya circulaban por el centro de Londres: Mientras sigo adelante así, arrastrado por la corriente, oigo un pitido agudísimo sobre mi cabeza; levanto los ojos y veo pasar un tranvía sobre un alto puente que se eleva por encima de la calle. Apenas ha pasado, oigo otro pitido por otra parte y veo que otro tren sobrevuela las chimeneas de las casas laterales. (p.21).

Mediante su pluma, el escritor italiano nos permite confirmar que muchos lugares mantienen esas características que los hacen tan especiales aún en nuestros días. Por ejemplo, al referirse a la vista que tiene desde el puente de Westminster dice que supera todas las vistas desde los puentes del Sena, recordando y comparando lo que vio en su viaje a París, hecho unos años antes. En su recorrido por las calles nos describe esa mezcla especial que reina en la ciudad: El aspecto general de las calles de Londres no se puede decir en realidad cuál es exactamente. […] En la misma calle se alterna lo árabe, lo bizantino, lo gótico y lo grecorromano… […] En cada ángulo se ve algo que lleva la imaginación a miles de millas muy lejanas del sitio en el que uno se encuentra. En un determinado punto hay una reminiscencia confusa de Venecia, en otro un aire de la vieja Roma, aquí se te viene Sevilla a la mente, allá, se te ocurre pensar en Colonia… […]. (p.24).

También nos ofrece la descripción del Palacio de Cristal que fue construido en 1851 y, en 1936 fue destruido por un voraz incendio. Lugares como el mencionado, que ya no existen y han quedado registrados en el recuerdo de la historia, nos es posible visitarlos gracias a las descripciones que hace De Amicis.

Al visitar la Abadía de Westminster, en donde se halla el Panteón en el que reposan los restos de personajes de la historia y cultura, De Amicis menciona los nombres de muchos de esos personajes, de manera tal que transmite lo que para él significó estar en ese lugar: Es un panteón divinamente democrático. Los grandes príncipes duermen junto a los grandes poetas. Junto a Shakespeare hay un pedagogo: Andrés Bello. Junto a Newton, un abanderado. […] En medio de una multitud de chambelanes, de abades y de ministros, entre los que uno pasa indiferente, se encuentran las imágenes queridas y gloriosas que hacen latir al corazón, como amigos a los que se encuentra en  país desconocido: Gray, Milton, Goldsmith, Thompson, Thackeray, Addison, y el último, amado y llorado como los más grandes, Charles Dickens. (p.38). Acerca de los personajes mencionados, la presente edición se ha encargado de incluir las notas a pie de página con la información necesaria para su comprensión.

De Amicis también se encargará de transmitirnos sus sensaciones al visitar lugares como el museo de la Torre de Londres: Estos monumentos execrables de la crueldad y de la desventura humanas me causaron siempre una repulsión mucho mayor que mi curiosidad; pero recordando los nombres de aquellos que murieron entre estos muros, me sentí obligado a entrar. […] los instrumentos de tortura todavía intactos, con los que desgarraban los cuerpos y trituraban los huesos, antes de darles muerte. Gritos que se le escapan a una criatura humana junto con la vida, gemidos escalofriantes, ademanes, palabras de súplica que laceran el corazón  y resistencia sobrehumana de gente que no quiere morir se sienten y se oyen con el pensamiento, vivísimamente, al ir recorriendo los rincones de aquel edificio maldito. (p.41 – 42).

Pero también nos encontramos con descripciones muy distintas y lejanas a las de la Torre de Londres. Nos habla y nos describe el aburrimiento en un domingo cualquiera en la ciudad de Londres de esos años: […] ¡Ah! Quien no ha visto Londres un  domingo, no sabe lo que es el aburrimiento. Las puertas cerradas, las ventanas enrejadas, las calles desiertas, las plazas silenciosas; barrios enteros abandonados, en los que se podría uno morir de hambre sin ser ni socorrido ni visto siquiera;… […]. (p.50).

El cronista italiano continúa llevando al lector por los diferentes museos y barrios de la ciudad, inclusive a aquellos barrios peligros en donde reina la violencia. Dentro de sus descripciones se ocupa de la conocida “hora inglesa”: […] Las diversas funciones de su inmensa vida se desarrollan con la puntualidad y el rigor de un reloj. […]. (p.53). Así continuará hasta el momento de abandonar Londres.

El texto referido a Londres resulta muy breve en comparación con el que dedica a París, en el que incluye su visita no sólo a la Ciudad Luz sino, también, la que efectuó a la Exposición Universal de París en 1878. También cuenta de su experiencia al conocer a Victor Hugo y Émile Zola, las descripciones que hace de esos personajes y lo que sintió al conversar con ellos, convirtiendo ese texto en algo espectacular.

De los Recuerdos de París les contaré en el siguiente post.

 

Carlos E. Tupiño

(Abril, 2011)

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