París, la literatura y un café

París es una de las ciudades que se han apoderado de un lugar en la literatura, y han quedado grabadas en la mente de innumerables lectores al haber sido el escenario en donde se desarrollaron las más diversas historias, desde un cuento hasta una gran novela,  sin dejar de lado las crónicas de viaje, ensayos, biografías y memorias de escritores en las que siempre, de una u otra manera, está presente.

Al haberse hecho de un lugar dentro de la literatura, nos ha permitido recorrerla y conocerla a través de los siglos como el escenario de historias dramáticas, heroicas o divertidas; en tiempos de guerra y de paz.

Uno de los escritores que me ayudó a descubrir esta hermosa e interesante ciudad fue Alfredo Bryce Echenique. Encontré que la ciudad de París estaba presente en varias de sus obras; inclusive uno de sus libros de cuentos lleva por título: Guía triste de París. Esta ciudad también se hace presente al leer sus antimemorias, anécdotas y artículos publicados en diarios y revistas.

Cuando visité esa ciudad y mientras recorría sus calles y barrios, venía a mi mente lo que había leído de París en los libros de Bryce o, mejor dicho, lo que Bryce me había contado de París en sus libros.

Fue ahí que escribí las líneas que, a continuación, comparto con ustedes y que titulé:

Un café en París

Fotografía por L. Tupiño

Fotografía: L. Tupiño

Era mi última tarde en París, y estaba haciendo algo que había deseado desde que llegué a la Ciudad Luz… tomar una taza de café en un típico café parisino con mesitas en la vereda. Allí me encontraba, en un café ubicado en la Quai St. Michel, nada menos que frente a la catedral de Notre Dame; también tenía frente a mí los edificios de la Conciergerie–en la que eran recluidos los condenados a la guillotina- y del Palais de Justice.  Además pensaba en la cultura, el arte y  la bohemia que forman parte de la atmósfera de esa ciudad que ha albergado a muchos filósofos, intelectuales, escritores y pintores, y que ha servido de marco para muchas novelas, cuentos y pinturas.

Una joven camarera me trajo un espresso, el cual minutos antes le había pedido. Era un café cargado, muy aromático y, por supuesto, caliente para esa fría tarde de invierno que había sido precedida por una mañana muy soleada.

Desde mi ubicación podía ver también a los tradicionales vendedores de libros usados, entre los que se pueden encontrar verdaderas joyas de la literatura; estos vendedores también forman parte del ambiente parisino que ha servido de inspiración a muchos artistas, el mismo que se puede disfrutar si uno está dispuesto a percibirlo, si uno está en la misma frecuencia. Mientras saboreaba los primeros sorbos de aquel delicioso café, la atmósfera del lugar me invitaba no sólo a observar todo aquello que me rodeaba, sino también a poder gozar de una buena lectura y, por qué no, de poder inspirarme para crear algún relato, de sentirme escritor en un café parisino.

Era el lugar y el momento propicio para recordar todos los escenarios que había conocido hasta ese momento y, uno de los que vino principalmente a mi memoria fue el paseo en el Bateau Parisien. Evoqué el recorrido por el río Sena, en el que se podían apreciar desde la cubierta de la embarcación diferentes lugares de interés de la Ciudad Luz, y mientras eso sucedía se dejaba escuchar La vie en rose cantada por la inolvidable Edith Piaff. ¡Realmente el arte y la historia están en cada lugar de París! Aún en los puentes que cruzan el Sena, como el Pont-Neuf por el que transitaron la señorita Pross y el señor Cruncher, personajes de la novela Historia de dos ciudades del gran Charles Dickens. Luego, casi al terminar el recorrido se podían escuchar las notas del Can Can en honor al pintor Toulouse Lautrec, mientras explicaban aspectos de su vida y la historia de las modelos que posaron para los afiches que él pintó.

Continuaba saboreando ese delicioso espresso y pensaba en la visita al barrio latino –famoso por los sucesos de Mayo del 68–, el cual es mencionado muchas veces en las obras de Bryce Echenique; también pensaba en los ultra pequeños departamentos para estudiantes, uno de los cuales podía ver desde mi habitación en el hotel ubicado en la rue de Strassbourg.

También pasaba por mi mente el paseo a la Tour Eiffel y las notas de El cóndor pasa que se escuchaban en ese lugar y me hacían recordar a

Fotografía: L. Tupiño

Fotografía: L. Tupiño

Bryce cuando escribió en sus Antimemorias 2 (El cóndor sigue pasando): “En fin, que acababa de estallar el boom de la literatura latinoamericana, en París y donde se le pusiera, y acaba también de alzar su vuelo mundial El cóndor pasa.” Definitivamente, esa canción se ha convertido en parte del lugar y es para todos los turistas.

Igualmente desfilaban por mi memoria la avenue des Champs Élisées en uno de cuyos extremos se encuentra la Place de la Concorde en la que se levanta l’Obélisque, y en el extremo opuesto el Arc de Triomphe; el Musée du Louvre que sirvió de residencia a los reyes durante los siglos XVI y XVII; y tantos otros lugares y monumentos que han hecho famosa a la ciudad que influyó al mundo con el siglo de la Ilustración.

Estando en ese momento de tranquilidad en medio de la ciudad y con la segunda tasa de espresso en mi mano, no pudo faltar en mi memoria un texto que escribió Julio Ramón Ribeyro en sus Prosas apátridas: “Hay tardes de primavera en París, como esta de hoy, soleada, dorada, que no se viven, sino que se desgajan y manducan como una mandarina. Y para ello nada mejor que una taza de café, una bebida tonificante, una vacancia de la atención, un dejar que nuestra mirada en reposo reciba las imágenes del mundo, sin preocuparse de encontrar en ellas orden ni sentido ni  prioridad. Ser solamente el cristal a través del cual nos penetra intacta la vida.” (Prosa 113)

En fin, esta fue la ocasión para recordar todo lo conocido, para sentir el espíritu bohemio y artístico que flota en el ambiente; simplemente percibir lo que nos rodea, o como escribió Ribeyro: “Ser solamente el cristal a través del cual nos penetra intacta la vida” mientras se disfruta de un delicioso café.

 

Carlos E. Tupiño

(Enero, 2011)

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